La madrugada del 30 de julio de 1968, en los días que marcarían el rumbo del movimiento estudiantil hacia la Plaza de las Tres Culturas, la puerta del Antiguo Colegio de San Ildefonso recibió un bazucazo del Ejército mexicano, que buscaba detener a los jóvenes que se habían resguardado en su interior. La puerta, que se creería perdida por semejante impacto, en realidad sobrevivió y sigue de pie, como pieza de museo, pero también como evidencia de un pasado represor.

A más de cinco décadas de aquellos acontecimientos, y mientras cada 2 de octubre la mirada vuelve a Tlatelolco, también conviene recordar la antigua sede de la Escuela Nacional Preparatoria, donde el Ejército dejó una de las huellas más visibles de la represión que marcaría a varias generaciones.

Entre quienes conservan esa memoria está Rosario Jiménez, quien vivía en los alrededores de San Ildefonso en 1968 y que, años después, se convirtió en egresada de la Preparatoria 1. Hoy, al ser voluntaria en los recorridos del Antiguo Colegio de San Ildefonso, mantiene una relación cercana con el lugar que conoció desde niña.

Jiménez recuerda haber visto la puerta poco después del ataque, mientras caminaba por la calle de Justo Sierra junto a su padre.

"Íbamos caminando por la calle de Justo Sierra. Mi papá me dijo: 'Espérame. Sí lo hicieron. Ven, vamos a atravesar'. Y cuando atravesamos y la vimos... ¿Qué digo? Sí me impresioné. La puerta estaba cubierta de sangre, pero además cabellos en esa sangre. Esa fotografía que está allí yo la vi como en tiempo real", dice.

Para Jiménez, aquella imagen quedó grabada en su memoria. Para la puerta, aquella madrugada marcó el inicio de un largo recorrido.

Exposición en el Memorial 68 que explica el ataque con bazuca contra la puerta del Antiguo Colegio de San Ildefonso. Foto: Rafael Mendoza

Los días posteriores

De acuerdo con Jonatan Chávez, coordinador de Voluntariado y Servicios al Público de San Ildefonso, en los días posteriores al bazucazo, la puerta fue retirada debido a los graves daños que había sufrido.

En un primer momento, la puerta permaneció arrumbada bajo la escalera situada a un costado de la entrada principal del recinto. Más tarde, fue trasladada a otro lugar, aunque no se tiene certeza de cuál fue su destino. De esa parte de la historia, sólo hay relatos, recuerdos, nada en papel. Parte de esa información proviene de las anécdotas que Chávez ha escuchado durante los recorridos y visitas guiadas por el acervo de San Ildefonso.

Según explica, en aquella época la Universidad todavía no contaba con una estructura dedicada a la conservación de su patrimonio. En su opinión, la memoria histórica del recinto, un antiguo colegio jesuita y edificio virreinal, contribuyó a que surgiera el interés por preservar la puerta, pese a los daños que había sufrido.

Un detalle que suele pasar desapercibido es que aunque la puerta retoma el diseño barroco del antiguo colegio jesuita, no pertenece al siglo XVIII. Según Chávez, fue construida a principios del siglo XX como parte del anexo diseñado por Samuel Chávez, quien se inspiró en la arquitectura original del recinto.

40 años sin ser vista

Cuando San Ildefonso dejó de funcionar como preparatoria, hacia 1982, la puerta ya había pasado por distintos lugares y, aunque no se sabe con precisión dónde estuvo durante esos años, en 1992, cuando el recinto se convirtió en museo, ya se habían integrado dos hojas en la entrada del antiguo colegio, como pueden verse hasta hoy.

Ese mismo año, San Ildefonso fue habilitado como recinto museístico y varios de sus espacios y elementos arquitectónicos fueron restaurados. El proyecto estuvo a cargo del arquitecto Ricardo Legorreta, quien fue responsable de adaptar el inmueble a su nueva función sin perder aquellos elementos que daban cuenta de su historia.

Injertos de madera reconstruyen las partes afectadas de la hoja izquierda de la puerta. Foto: Rafael Mendoza

Chávez explica que la hoja derecha de la puerta de entrada al recinto fue la que recibió directamente el impacto del bazucazo y, con el tiempo, se perdió su rastro. La izquierda, aunque también resultó afectada, permaneció en San Ildefonso y tuvo que ser reconstruida mediante injertos de madera para recuperar las partes que se habían perdido, "como si se hubiera hecho un relleno de un rompecabezas".

Además, enfatiza que se trata de la puerta ubicada sobre la calle de Justo Sierra, donde ocurrió el ataque, y no de la entrada en San Ildefonso, como suele confundirse.

En 2010, durante las labores de restauración realizadas con motivo del Bicentenario de la Independencia de México, también se quiso intervenir la cantera de San Ildefonso, donde aún podían observarse las marcas de las balas de aquella madrugada de 1968. Chávez recuerda que, cuando comenzaron los trabajos, hicieron un señalamiento para evitar que esas huellas se borraran y se perdiera la evidencia del ataque.

"Si nosotros no hacemos el señalamiento, borran todo. Y entonces después, ¿con qué dices tú, cómo evidencias que pasó esto aquí?", dice.

A pesar de ello, parte de la cantera del lado derecho sí fue intervenida, por lo que algunas de esas huellas se perdieron.

Cantera del Antiguo Colegio de San Ildefonso. 
La parte superior conserva las huellas de las balas; la inferior fue intervenida. Foto: Rafael Mendoza

De una bodega al Memorial del 68

En 2005, la vieja sede de la Secretaría de Relaciones Exteriores, en Tlatelolco, fue cedida a la UNAM para crear un espacio dedicado a preservar la memoria del movimiento estudiantil de 1968. Así nació el Museo Memorial del 68, un proyecto que, desde el principio, buscó contar lo ocurrido a través de las voces de quienes lo vivieron o, años después, analizaron sus consecuencias para la sociedad mexicana.

De acuerdo con Sergio Arroyo, quien fue director general del Centro Universitario Tlatelolco (CCUT), para construir el memorial se reunieron testimonios de personas que vivieron el 68 desde perspectivas distintas: integrantes del movimiento estudiantil, miembros de las brigadas del Consejo Nacional de Huelga, estudiantes, figuras de la cultura y personas dedicadas al análisis político. Incluso se contempló a integrantes del Ejército. En total, se grabaron alrededor de 150 horas de entrevistas con cerca de 54 testimonios.

El plan no era construir un museo lleno de objetos, sino uno centrado en las voces de quienes estuvieron cerca en aquel momento. Arroyo explica en entrevista que "en realidad nos propusimos hacer un proyecto museológico que no tuviera demasiados objetos, sino que estuviera sobre todo centrado en lo que era la memoria, el testimonio de las personas que vivieron, conocían o habían analizado el 68".

Para Arroyo, doctor en antropología y arte, esa idea también implicaba que el memorial pudiera cambiar con el tiempo. "El memorial no podía quedarse tal como lo habíamos concebido, sino con el paso del tiempo ir haciendo algunas modificaciones", señala.

Curiosamente, la puerta terminó convirtiéndose en el único objeto emblemático del memorial, al menos en su concepción original. Su llegada al recinto ocurrió después de que el proyecto comenzó a funcionar y de una manera que Arroyo todavía recuerda como inesperada.

En ese entonces, el memorial ya estaba en marcha cuando Arroyo cuenta que un trabajador de la Dirección General de Obras y Conservación de la UNAM le comentó que la puerta de San Ildefonso se encontraba guardada en una bodega de la Preparatoria 7. La noticia llamó su atención y decidió ir a comprobarlo.

"Me llamó desde luego la atención y me puse en contacto con las autoridades de la Preparatoria 7, que está en La Viga. Hicimos una cita y fuimos y efectivamente nos encontramos con que la puerta estaba en la bodega". Arroyo esperaba encontrarla mucho más dañada, pero por sorpresa la puerta se encontraba en buen estado.

"Uno pensaría que uno iba a encontrar astillas, lo que yo me imaginaba cuando supe cuando alguien me avisó de que estaba en la bodega, pues pensé que ya se trataba de una pieza prácticamente perdida, pero no, me encontré que estaba, digamos, como vestigio, rota, fragmentada, pero estaba en un buen estado de conservación".

Fue entonces que la puerta dejó la Preparatoria 7 y llegó al CCUT para incorporarse al Memorial del 68, "Me parecía una pieza importante porque era muy significativa de algo que se había de hacer visible, algo que simplemente había sido narrado".

Entre quienes ayudaron a conservarla estuvo Fernando Sánchez Torres, quien había sido estudiante de la Preparatoria 1 en 1968 y años después trabajó en el área de mantenimiento de la UNAM. Ya en la Prepa 7, junto con el profesor José Castillo Ferrara, pidió a las autoridades que la puerta se conservara y fuera restaurada. Más adelante, dos trabajadores de la Universidad, los carpinteros Antonio Hernández y Roberto Amelco, se encargaron de restaurar la pieza.

Arroyo considera importante reconocer a quienes participaron en este proceso, aunque señala que, después de más de 40 años, es difícil saber cuántas personas estuvieron involucradas en el rescate de la puerta.

"Digamos que esa es una historia bastante notable porque fueron los mismos trabajadores de la universidad los que le dieron importancia a esta pieza como emblema de la brutalidad del ejército en el 68".

Una vez en el Memorial, la puerta fue colocada originalmente a nivel de piso, como parte de una decisión estética que también se había aplicado a otras instalaciones del recinto.

Cintia Velázquez, quien fue asistente curatorial del Memorial del 68, explica que, con el tiempo, el uso cotidiano y las labores de limpieza comenzaron a afectar su conservación, por lo que se decidió colocarla sobre una base. Velázquez recuerda además que, en 2009, la puerta fue exhibida en el lobby del CCUT, como una manera de darle un lugar especial dentro del Memorial y mostrarla como un objeto importante.

Pero la puerta era solo una parte de un proyecto construido a partir de distintas voces. Cintia Velázquez recuerda que entró como asistente curatorial de Álvaro, uno de los pilares del proyecto, mientras que Alejandro García estuvo a cargo de la museografía, ayudando a integrar imágenes, videos, piezas y textos en un mismo recorrido.

En 2009, la puerta fue exhibida en el vestíbulo del CCUT.
Foto: Cintia Velázquez

Más allá de objetos

Durante mucho tiempo, la puerta fue el único objeto original de la época que se exhibía en el Memorial del 68. Este 2026 se incorporó temporalmente la chamarra de Lucy Castillo, activista y veterana del movimiento, quien la usó durante las marchas y volvió a ponérsela años después, el día de su titulación como veterinaria, un 2 de octubre.

Para Jimena Jaso, directora del Museo de Memoria del 68, la chamarra permite acercarse a una parte más personal de la experiencia de Lucy y de quienes participaron en el movimiento:

"Es un objeto que puede parecer más un fetiche, pero que también nos permite vincularnos con las emociones y con las experiencias de las y los participantes del movimiento estudiantil".

Jaso explicó que el pasado no está en los objetos, sino en las historias que hay detrás. "Creo que lo más importante de un espacio de memoria no son los objetos, sino el pasado, las narraciones, memorias, que la gente comparte, que son sus recuerdos".

Para ella, el valor de la chamarra o de la puerta está justamente en esas historias y en las experiencias de quienes las vivieron. "Más allá de invitar a la gente a ver objetos al museo, creo que nosotros invitamos a la gente a escuchar historias y a conocer personas y sus experiencias".

Una prueba indiscutible

La puerta no solo sirve hoy para recordar. En 1968, también fue una evidencia que ayudó a los estudiantes a demostrar lo ocurrido aquella madrugada.

En un contexto en el que los medios buscaban deslegitimar la protesta y presentar a los jóvenes como manipulados por influencias extranjeras, el entonces rector Javier Barros Sierra facilitó que el Consejo Nacional de Huelga (CNH) tuviera un programa en Radio UNAM para que los jóvenes informaran directamente de sus acciones.

El programa se transmitió entre agosto y octubre de aquel año, bajo la supervisión del escritor Carlos Monsiváis. En su segundo programa, los estudiantes tocaron el tema de la puerta de San Ildefonso:

Voz de hombre: Madrugada del 30 de julio, a partir de las 2:30 de la madrugada, calle de San Ildefonso.

Voz de mujer: El Ejército, previo ejercicio de la bazuca y apoyado en una amplia demostración de su fuerza, invade la Escuela Preparatoria Nacional, arrestando a los estudiantes ahí guarecidos.

Voz de hombre: Madrugada del 30 de julio, 3:45 a.m.

Voz de mujer: Reunidos en el Departamento Central, el jefe del departamento, el secretario de Gobernación y los procuradores de la República y del Distrito y Territorios Federales declaran: La intervención de las Fuerzas Armadas se hizo necesaria por la violencia injustificada de una minoría mezquina que quiere desviar el camino a sendero de la Revolución Mexicana.

Voz de hombre: 30 de julio, mediodía.

Voz de mujer: : Reunidos en una vasta, gigantesca asamblea en la explanada de Ciudad Universitaria, los estudiantes deciden poner la bandera nacional a media asta y considerar día de luto universitario por la violación de la autonomía. El rector Barros Sierra exige que se desalojen los planteles ocupados por el ejército. Continúa la detención de los supuestamente responsables de la así llamada conjura.

El propio Monsiváis, en su programa El cine y la crítica, que se transmitía en la misma radio universitaria, también abordó el bazucazo, aunque muy a su estilo: el programa inicia con el sonido de un disparo, tal vez podría ser una bazuca. Y tras una breve introducción musical en inglés, comienza una melodía infantil, la Marcha de las letras, de Cri-Cri: ¡Qué dejen toditos los libros abiertos!, ha sido la orden que dió el General. Y de nuevo, un sonido que recuerda un disparo. Conforme avanza la ronda infantil, las detonaciones se intercalan con la letra. No había que decir más.

Elementos de las fuerzas del orden después del ataque al plantel universitario, la madrugada del 30 de julio de 1968.  Fotografía de Armando Lenin Salgado, exhibida en el Antiguo Colegio de San Ildefonso.

En ese contexto, la puerta de San Ildefonso era una prueba material que contradecía la versión de que los estudiantes la habían destruido.

"Cuando tú ves una puerta de este calibre, te das cuenta de que es bastante absurdo pensar que una bomba molotov o alguna cosa que pudieran traer los estudiantes... se necesitaba un arma muy poderosa para poder destruir una puerta así", comenta Jaso.

"Es clave para demostrar que quienes están ejerciendo la violencia, una violencia desmedida y un abuso de la violencia, son los militares en contra de los estudiantes", agrega.

Así que todas las personas que contribuyeron a que la puerta sobreviviera al paso de los años también ayudaron a preservar una evidencia de lo ocurrido y un símbolo que permite, y permitirá, a las futuras generaciones volver sobre la memoria del movimiento estudiantil de 1968.

Al final, como comenta Jaso, ese es el objetivo del Memorial del 68: "Porque la memoria no es solamente mirar hacia el pasado. La memoria también es pensar en el futuro. Por eso, este es un espacio que se piensa hacia allá".

Placa conmemorativa de “La Noche del Bazucazo” , exhibida en el Antiguo Colegio de San Ildefonso. Foto: Rafael Mendoza

*Con Mentoría de Rafael Cabrera, Este trabajo fue realizado sin fines de lucro para la Unidad de Investigaciones Periodísticas (UIP) de la Coordinación de Difusión Cultural UNAM, y publicado originalmente en la plataforma Corriente Alterna. Queda prohibida su reproducción total o parcial sin autorización previa de la UIP. La publicación original la puedes consultar en corrientealterna.unam.mx.