LA POLÍTICA ES DE BRONCE
La Buena Estrella, Citlaltépetl núm. 36 en el Edificio La Fayette, la tiendita de barrio más antigua de la colonia Ex Hipódromo, cerró sus puertas el pasado fin de semana después de casi medio siglo de funcionamiento. Mario, su propietario y vecino, no pudo con el exponencial aumento en las rentas. Fue una víctima más de la brutal gentrificación que vivimos en esta colonia y en otras zonas de la Ciudad de México.
Junto, o mejor dicho, anexo a La Buena Estrella, pues formaba parte de ésta, se encontraba El Rinconcito. Los nómadas digitales, turistas, hípsters y mirreyes ya no podrán probar las mejores enchiladas verdes y de mole de toda la colonia. Lástima, se las perdieron. Ellos importan un cacahuate. Nosotros, los vecinos que cada sábado iniciábamos el día en El Rinconcito, ¿qué vamos a hacer ahora? ¿Dónde compraremos esas tortas, sopes y enchiladas, con salsa que pique y buena sazón?
En La Buena Estrella compramos que una vela, que unos cerillos, que un jitomate o una cebolla. A una cuadra, sobre la calle de Nuevo León, está un 7-Eleven; a dos cuadras hay dos Oxxos; si caminas a la calle de Michoacán, un Walmart; si atraviesas el Parque México, hay un 3B, pero no es igual. Obviamente, hay varios negocios que se llaman gourmet o panadería de “autor”. Todo es impersonal, es franquicia, es efímero. No sabes el nombre de quien te atiende, ni te interesa saber, pues quizá mañana otro ocupe su lugar.
Apenas te asomabas a La Buena Estrella, Mario, con su voz fuerte, detrás del mostrador, te preguntaba qué querías, te indicaba dónde tomarlo o bien él lo agarraba de alguna parte del mostrador y te lo entregaba. Después te preguntaba si querías precio de estudiante o de cliente frecuente. Eso sí, el pago era en riguroso efectivo. A mí siempre me preguntaba mi opinión sobre el tema del momento. La conclusión siempre fue la misma: vamos de mal en peor. No nos equivocamos. Este ritual de compra lo repetí por 26 años. Conocí a Mario y a su mamá, que entonces lo acompañaba en la tienda, el primer día que me mudé a esta colonia.
El cierre de La Buena Estrella y de El Rinconcito fue sorpresivo. Me enteré por el chat de vecinos un día antes de su mudanza. Me encontraba fuera de la ciudad y me fue imposible despedirme de Mario y desearle buena suerte en donde esté; darle las gracias no sólo por ser buen tendero —sus kilos eran de a kilo—, sino por ser buen vecino. ¡Carajo! La maldita gentrificación está expulsando a gente buena de mi calle, sin que las autoridades de la alcaldía Cuauhtémoc o del Gobierno de la Ciudad de México hagan algo para evitarlo.

Ahí va una idea. Si en la Ciudad de México un automóvil puede ser considerado como antiguo después de 30 años y tener una placa especial para su circulación, debería crearse una categoría especial —30 años, igual que un automóvil—, lo que le daría derecho a tener una placa de funcionamiento que lo acredite como un negocio tradicional y, por lo tanto, que no se le pueda aumentar la renta como si fuera un inquilino nuevo o dejarlo a merced de las reglas del voraz mercado inmobiliario.

Eso pienso yo. ¿Usted qué opina? La política es de bronce.





