La historia comenzó de un modo imprevisto. Adriana Bignagni Lesca llegó a Francia desde Gabón con el deseo de estudiar piano. En Libreville había creado un coro infantil y quería perfeccionarse. Se presentó en el Conservatorio de Bordeaux y tocó una canción gabonesa. El director le dijo que ya era muy tarde para ella: tenía 19 años. Pero le llamó la atención la fuerza de su voz y le sugirió presentarse a una audición de canto lírico. Fue su primer contacto con el ambiente de la ópera. Hoy lo recuerda con humor.
-La gente cantaba gritando. ¡Dios mío! ¿Qué es esto? Me dije: “¡Entré a un manicomio!”. Porque nunca había escuchado a la gente gritar así -dice entre risas.
Adriana Bignani subió al escenario. Cantó con los ojos cerrados. Cuando terminó y volvió a abrirlos, los profesores sonreían. Otro postulante le había advertido que aquello que hacía “era cualquier cosa” y que jamás la aceptarían: “Esto no es Star Academy”, le dijo. El conservatorio aceptó a Bignagni Lesca y rechazó al muchacho.
-El destino. La vida también -dice.
Desde entonces, la mezzosoprano ha desarrollado una trayectoria premiada y reconocida que la ha llevado a los principales escenarios europeos, desde la Ópera de París al Liceu de Barcelona o la Ópera de Hamburgo. La crítica ha destacado la amplitud y profundidad de su voz, así como su gran presencia escénica.

Alta y de ojos expresivos, Adriana Bignani Lesca camina por el pasillo alfombrado de la gran sala del Teatro Municipal de Santiago. El próximo martes 6 debutará en ese escenario como protagonista de Carmen, la célebre ópera de Georges Bizet, en una producción dirigida escénicamente por Rodrigo Navarrete, con una estética de tintes almodovarianos. José Miguel Pérez-Sierra, director musical del Teatro de la Zarzuela de Madrid, y el chileno Christian Lorca compartirán la dirección de la Orquesta Filarmónica de Santiago.
Carmen es uno de los personajes más populares y queridos por las mezzosopranos. ¿Qué representa para usted?
Carmen representa para mí, como mujer, la libertad. Carmen define realmente lo que es la libertad, y es la vida. La definición misma de Carmen es la vida, si realmente hubiera que reducirlo a unas palabras.
En la historia de Carmen hay también una enorme violencia. ¿Cómo la interpreta usted?
Lamentablemente, es una historia trágica que todavía vivimos en nuestra sociedad. La violencia que vive Carmen es una historia que se repite hasta el infinito: el feminicidio, si podemos decirlo así, mujeres que son golpeadas por hombres.
Pienso, sobre todo, que esta violencia se debe al hecho de que, en el caso de Carmen, Don José no supo domarla. No supo controlarla ni comprender quién es realmente Carmen. Y como no puede comprenderla, se vuelve violento.
En cambio, Micaela es tan sumisa que él se cansa rápidamente de ella. Es un poco paradójico, porque consiguió domarla, sabe quién es ella en todas sus dimensiones. En cambio, a Carmen no consigue atraparla. Es una flor que no se puede atrapar.
La mezzosoprano destaca especialmente una escena:
-Me gusta mucho el momento en que Carmen le dice a Don José que todo terminó entre ellos y él le muestra la flor que ha guardado. Es otra forma de posesión. Él quiere poseer aquello que ella le ofreció, es decir, una flor. Pero esa flor no se puede atrapar. Esa flor es Carmen. Carmen es la vida. Y la vida no se puede atrapar. No nos pertenece. Pertenece a los cielos.

Carmen es una mujer gitana. ¿Su propia historia le proporciona una manera particular de acercarse al personaje?
Forzosamente. En mi vida como mujer, afortunadamente —y le doy gracias a Dios— nunca he vivido violencia en una relación de pareja. Sin embargo, las experiencias nos permiten comprender, más o menos, quién es Carmen. Desde mi propia experiencia, esa era la visión que tenía de Carmen: la libertad. Y a veces estoy también un poco celosa de Carmen. Ella tiene una confianza en sí misma que a veces yo no tengo. Y eso permite, precisamente, reconciliarse con una misma.
Carmen posee ese lado sutil, pícaro, vital y, al mismo tiempo, majestuoso. Permite reunir todos los elementos de la vida de una mujer en una sola. Y permite construir en una misma esa confianza, esa vitalidad, esa picardía, y no tomarse realmente nada de manera dramática. Ella relativiza muchísimo las cosas y he aprendido mucho de eso, precisamente con Rodrigo: a tener esa ligereza con Carmen.
Incluso hay frases como, por ejemplo, cuando José vuelve y le dice: “Sí, quisiera salvarte y quisiera que volviéramos a estar juntos”. Y ella responde: “Pides lo imposible, pides lo imposible”. Carmen jamás ha mentido. Su alma permanece inflexible.
¿Cómo ve su relación?
Ella tuvo un flechazo, se enamoró, pero también se cuenta, en la anécdota de Carmen, que Carmen jamás tuvo una relación de más de seis meses, porque siempre busca descubrir aquello que tiene fuego, aquello que tiene pasión, aquello que tiene alegría.
Pero creo, sobre todo, que su relación con Don José fue muy tóxica. Ella intentó todo el tiempo tranquilizarlo, porque él tenía una falta de confianza en sí mismo. Hizo de todo para que dejara su trabajo. Y él se convierte en bandido, en un delincuente junto a ella, para vivir más bien la libertad.
Entre Europa y África
En la trayectoria de Adriana Bignani Lesca se encuentran las tradiciones africanas y la música clásica. Ella fue la primera cantante de África Central en presentarse en la Ópera de París. Su historia habla de pasión por la música y de una gran vocación que se sobrepuso a dificultades e incomprensiones.
Antes de descubrir a Bizet y a los grandes compositores de la música clásica, descubrió la música en casa. Literalmente, dio sus primeros pasos bailando.
-Aprendí a caminar gracias a la música. Mi bisabuela cantaba una canción que llamábamos Ta Kili. Ella cantaba Ta Kili y yo empecé a dar mis primeros pasos con la música. Siempre me gustó bailar, siempre me gustó la música. Pero es cierto que mi primera experiencia al escuchar voces polifónicas, varias voces juntas en un coro, simplemente despertó aquello que estaba escondido dentro de mí. Y me dije: “Quiero hacer eso, pero para los niños”.
Armó un coro en la escuela que dirigía su padre en Libreville. Ella tocaba el piano y decidió especializarse, impulsada también por una mala experiencia.
-Viví un período de racismo en mi país. Había trabajado en una escuela francesa y hubo comentarios racistas. Eso me hizo daño y me dije: “Quiero tener mi diploma para que nunca más me traten de esa manera”.
De ese modo llegó a Francia, gracias al esfuerzo de su padre, dice.
-Mi padre hizo todo lo posible para que pudiera viajar. En esa época no había becas. Y cuando fui, mi padre sacrificó su sueldo para que pudiera estar en Francia al menos dos o tres años.

Tras audicionar como cantante, comenzó a descubrir un mundo nuevo para ella.
—Entré al departamento de canto en iniciación. Tenía que aprender a cantar. Lo que más me gustó de las explicaciones del director fue, sobre todo: “Aprende a conocer tu voz”. Por lo tanto, cuando aprendemos a conocer nuestra voz, aprendemos a conocernos a nosotros mismos. Y eso, para mí, era espiritual. Fue ahí cuando comenzó a interesarme. Hice dos años de iniciación y después ocho años de formación, hasta obtener mi diploma.
Cuando entró al mundo de la ópera, ¿tuvo la sensación de estar entrando en un espacio esencialmente europeo y blanco?
Sí. Cuando entré al mundo de la ópera, efectivamente, era muy europeo, muy blanco. Ya durante mi formación me sentía sola. Las únicas referencias que tenía eran las mujeres negras estadounidenses. Y muchas veces las mujeres negras estadounidenses tienen una tipología de voz completamente diferente de la tipología de las voces africanas.
Digamos que son afroamericanas, pero no son totalmente africanas, porque hay un cambio: se han adaptado al lugar donde viven, que es completamente diferente del lugar donde vivimos nosotros en África. Es también una manera de ver las cosas completamente diferente.
La cantante agrega:
-Eso también me frustró mucho. Me sentía realmente sola. Y cuando comencé mi carrera, lamentablemente, al principio mi país me rechazaba. Porque hacía algo que no se parecía a ellos. Para ellos era “la música de los blancos”. Y en Occidente también fue difícil, porque soy africana. Y a veces tuve confrontaciones poco gloriosas. A veces no me gusta hablar demasiado de eso, porque es bastante triste. Porque el ser humano olvida que somos hermanos y hermanas, que tenemos la misma sangre. Y a veces solo se queda con el color de la piel.
¿Cómo salió de esa situación?
Salí de eso porque comprendí que somos seres humanos, que cometemos errores y que no comprendemos. Se trata de educación, de continuar dialogando. Es el único medio. Eso lo aprendí de Mandela. Y a través de todo eso continué luchando, trabajando dos veces más, porque mi padre siempre me dijo: “Estás aprendiendo la cultura de los demás. Dite a ti misma que siempre estarás un paso atrás. Por lo tanto, trabaja dos veces más. Mucho más. Incluso en aquello que no te pidan, ve más allá”.
¿Ser una cantante africana ha influido en los papeles que le ofrecen?
No lo creo. Pienso más bien que es mi carácter lo que puede influir en que me propongan determinado papel, o también la potencia de mi voz. Como individuo, creo que eso es lo que puede influir en determinado papel, que alguien diga: “Ella tiene un carácter así, la quiero en este papel”.
Su trabajo suele presentarse como un encuentro entre sus raíces africanas y la música clásica occidental. ¿Cómo conviven esos dos mundos?
Cuando hago recitales mezclo mucho mi cultura africana. Lo hago en dos partes. Primero hago una primera parte de música clásica occidental. Mezclo también un poco de jazz. Y, a partir de ahí, voy hacia el blues africano y entro en el blues típico de nuestra tierra. Tradicionalmente, con cantos pigmeos.
¿Cómo es hoy su relación con Gabón?
Muy, muy buena. Este año tuve el honor de cantar en el Elíseo ante el presidente Macron y ante mi presidente, Brice Clotaire Oligui Nguema. Fue más que un orgullo. Fue el reconocimiento de todos estos años de trabajo, de todos esos años de rechazo también. Y fue una reconciliación entre los dos países: el país que me adoptó y el país que me trajo al mundo.
Una ópera diferente
Hoy se habla mucho de descolonización del arte. ¿Cree que también hay que descolonizar la ópera?
Yo no diría que hay que descolonizar la ópera. Diría simplemente que hay que adaptarla según nuestros países, según nuestras tradiciones. Precisamente, a propósito de eso escribí una ópera. Mi mayor deseo es encontrar mecenas, ya sea en mi país o en otros lugares, para poder realizarla, porque habla de mi país, habla también de Occidente, pero habla de una mezcla cultural en la que vemos nuestras tradiciones puestas en primer plano, cantadas tanto con el estilo de la ópera como con nuestras tradiciones africanas.
Sin desnaturalizar la ópera y sin desnaturalizar la tradición. Se trata realmente de mezclar ambas y ofrecer algo nuevo, contemporáneo.

Entonces, ¿no le acomoda la idea de “descolonizar” la ópera?
No es que no me guste. Yo soy una persona… quiero decir, soy un ave migratoria. Adoro todo lo que es nuevo, adoro todo lo que implica cambio, pero sin olvidar por ello los valores fundamentales.
¿Qué hizo que la ópera llegara hasta aquí? ¿Qué hizo que determinada cultura llegara hasta aquí? Como ocurre en mi país: hablamos francés, pero sin olvidar nuestros valores, nuestras lenguas.
Nuestras lenguas deben estar exactamente a la misma altura que la lengua francesa. Eso es, en realidad, lo que yo valoro: no desnaturalizar el valor mismo de cada país.
¿Desvalorizar la ópera? No. Digamos: ¿Construir la ópera de una manera diferente? ¿Por qué no? ¿Llevarla hacia temas actuales? Sí, porque eso es lo que vivimos.
Para mí, cada ópera cuenta una historia y esa historia nos edifica, nos enseña. Eso es lo que me enseñó mi cultura. Y por eso me vinculé con la ópera.
¿Qué piensa del conflicto que vive actualmente Europa en torno a la inmigración?
Es un tema difícil. Es un gran problema. Quizá van a decir que soy ingenua o sentimental, pero cuando pensamos en la inmigración hay que pensar de dónde viene. No debemos mirar solamente el problema tal como se presenta ahora. Debemos preguntarnos quién creó el problema. Es lo único que puedo decir respecto de la inmigración. Hoy vemos la inmigración como un mal, cuando nosotros hemos creado ese mal.
Usted se ha definido como migrante.
Un ave migratoria: parto hacia donde me lleva el viento.





