El establishment de la izquierda tiene una característica muy particular, para ellos -aunque solo respecto de ellos- la discrepancia es agravio. Están tan convencidos de que la justicia, y por ende el bien, está de su lado que no pueden evitar confundir sus posiciones con la verdad, así como pretender que sus líderes estén por sobre el juicio de la sociedad y de la historia. El siglo XX no conoció un gobierno más desastroso que el del expresidente Allende, pero su figura se ha romantizado e idealizado al punto que sólo recordar sus desaciertos da lugar a reacciones destempladas. Incapaces de analizar los horrores que antecedieron y sucedieron al colapso de nuestra democracia, con la responsabilidad que a él le cupo en todo aquello, exigen a los demás aceptar en silencio su interpretación maniquea de la historia.
Tras el fracaso de la expresidenta Bachelet en su postulación a la Secretaría General de la ONU, sus partidarios y amigos tenían todo el derecho de expresarle su apoyo y su consuelo. Renovar públicamente, en este momento adverso, la adhesión que sienten por su figura y por la gestión de sus gobiernos habría sido una actitud respetable y digna. Pero eso les resultó insuficiente, su conducta expresó la necesidad de revestir el acto como la reparación de un agravio.
Es que, a la hora de decidir la presentación de su candidatura, el entonces Presidente de la República Gabriel Boric no pensó que era razonable consultarlo con el presidente electo. Es fácil imaginar que, para él, esa eventual consulta era superflua e innecesaria ¿quién podría estar en desacuerdo? Inconcebible, absurdo. Que el presidente electo hubiera obtenido casi el sesenta por ciento de los votos y que representara la posición más contraria a su gobierno era simplemente un detalle, a lo más una nueva constatación de la influencia que tiene el dinero de los poderosos en la política, como gusta decir a un ex convencional para justificar la derrota de su proyecto constitucional.
La decisión de postularla fue, como se suele afirmar, “de Estado”; la del Presidente Kast, de retirar el apoyo es, en cambio, una ofensa, un agravio. Eso hace toda la diferencia. Entre hacer un acto a favor de alguien que admiran y aprecian o uno en contra de aquellos que los ofenden con su discrepancia, no pueden evitar preferir lo segundo. Hacer política así es electoralmente rentable, pero es muy difícil tener una democracia sólida y una sociedad exitosa cuando, en un sector relevante de la dirigencia política, predomina esa actitud.
También esta semana “las divisiones juveniles” de la izquierda volvieron a la calle, esa que durante los cuatro años recién pasados sugerentemente abandonaron. Cuando iban frente a la Casa Central de la PUC se encontraron con un grupo reducido de estudiantes de esa universidad cuya presencia, seguramente, los “provocaba”, por lo que procedieron a agredirlos con palos, lanzarles bencina y otros elementos, en “defensa propia”.
Bueno, ojalá esta columna no haya ofendido a nadie. Así estamos.
Por Gonzalo Cordero, abogado.





