A pocos días del Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemora este 10 de octubre, las cifras muestran un escenario con avances, pero también con problemas que siguen afectando a los chilenos.

Según el Termómetro de la Salud Mental Achs-UC, el 12,7% de los adultos de zonas urbanas presenta problemas generales de salud mental, la cifra más baja desde que comenzó esta medición en 2020. Sin embargo, la ansiedad continúa siendo el principal indicador de preocupación: alcanza al 25,8% de los adultos.

La situación es particularmente marcada entre las mujeres, donde los síntomas de ansiedad llegan al 35,5%, frente al 13,4% registrado entre los hombres. Para Viviana Tartakowsky, directora de la Escuela de Psicología de la Universidad Bernardo O’Higgins (UBO), estos datos muestran que no se puede hablar simplemente de un deterioro generalizado de la salud mental.

“Estamos frente a una situación con luces y sombras. No sería correcto afirmar simplemente que la salud mental de los chilenos está cada vez peor. Sin embargo, persisten indicadores que requieren atención”, explicó.

De acuerdo con la especialista, el escenario cotidiano está marcado por múltiples fuentes de presión, entre ellas las preocupaciones económicas, laborales y familiares, la inseguridad, la sobrecarga de responsabilidades y la hiperconectividad. “La ansiedad es una respuesta humana normal y necesaria; el problema aparece cuando se vuelve excesiva, persistente y comienza a interferir con nuestra vida”, advirtió Tartakowsky.

La soledad también aparece como una señal relevante. Un 19% de los adultos encuestados afirmó sentirse frecuentemente solo o excluido, porcentaje que sube al 26,6% entre las personas de 30 a 39 años. La académica llamó a mirar más allá de la cantidad de relaciones sociales. “Una persona puede tener familia, compañeros de trabajo, cientos de contactos en redes sociales e incluso una vida social activa y, aun así, sentir que no tiene con quién compartir genuinamente lo que le ocurre”, sostuvo.

A estas señales se suma una importante brecha para acceder a tratamiento. Según el estudio, el 69,7% de quienes han tenido o tienen problemas de salud mental no buscó ayuda o no pudo acceder a un especialista. Entre las razones aparecen tanto factores culturales, como el estigma y la idea de resolver los problemas por cuenta propia, como obstáculos concretos relacionados con los costos, la disponibilidad de horas, los tiempos de espera y la cobertura.

La especialista también llamó a no normalizar determinados cambios en la vida cotidiana, como dormir mal durante semanas, levantarse cansado, permanecer irritable, perder interés por actividades que antes generaban satisfacción, tener problemas de concentración, aislarse o sentir que es imposible desconectarse. “Una señal aislada no significa necesariamente que exista un trastorno. Lo relevante es observar la intensidad, la persistencia y la interferencia”, explicó, poniendo el foco en cuánto tiempo se mantienen estas situaciones y cuánto afectan la vida diaria.

Frente a este escenario, Tartakowsky planteó que el cuidado de la salud mental también requiere acciones cotidianas, como dormir adecuadamente, realizar actividad física, establecer momentos de desconexión digital, mantener vínculos presenciales y conversar sobre lo que ocurre. “No necesitamos estar disponibles, productivos ni conectados permanentemente”, sostuvo. Y agregó: “No debemos patologizar todas las emociones difíciles, pero tampoco normalizar un sufrimiento que se vuelve persistente y empieza a interferir con nuestra vida”.