La Ciudad de México sufre una fortísima amnesia literaria. ¿A qué me refiero? A diferencia de otras urbes (paradigmáticamente, París) la capital de México no señala ningún sitio en que haya ocurrido algún acontecimiento relevante para las letras, para las artes en general, para la cultura, para las ciencias. Por ejemplo, no señala los edificios de la colonia Cuauhtémoc donde se escribieron Pedro Páramo y la mayoría de los cuentos de El Llano en llamas.
La única excepción (que José Emilio Pacheco celebraba) son las calles y la placita en Chimalistac conmemorativas de una ficción: Santa (1903) de Federico Gamboa. El extraño nombre de Hipo para una callecita allí solamente se comprende si se sabe que Hipo es hipocorístico de Hipólito y que Hipólito fue el pianista ciego enamorado en silencio de la prostituta Santa; alguna vez lo encarnó Agustín Lara.
Don Miguel Hidalgo, don José María Morelos y Pavón, don Ignacio Allende y otros "héroes que nos dieron patria y libertad" ya deben sentirse abochornados por tantas calles con sus respectivos nombres. El natural pudor ha de subírseles a la cara cada cuatro cuadras o al menos cada cuatro barrios y colonias, alcaldías, villas y villorrios.
En cambio, hace unas semanas se pretendió quitarle el nombre de Amado Nervo al aeropuerto de Tepic. No aspiro aquí a acercarme siquiera a los buenos renglones que Juan Villoro escribió sobre el tema. Añado a ellos que justo aquel viernes 28 de agosto en que el asunto saltó a los noticieros radiofónicos yo acababa de anunciarles a mis estudiantes del séptimo semestre de la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM):
—El próximo martes veremos poemas y prosas de Nervo.
Mi libro Quince hipótesis sobre géneros (México / Bogotá: Universidad Nacional Autónoma de México / Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2012) postula que toda persona necesita de lírica, de narrativa, de drama y de crítica cada día. Y de un modo u otro realiza tales requerimientos; es más: no solamente es consumidora, sino productora, así sea de un modo cotidiano, fugaz, inconsciente y sin mayores consecuencias para la historia de la literatura. Todo mundo hace un poco de narrativa, de lírica, de teatro, de crítica.
Pues bien: cuando Amado Nervo se volvió muy popular, la cultura mediática prácticamente no existía, a excepción hecha del periodismo, al cual el nayarita se acercó más de una vez; de hecho, la cultura mediática de masas nació en vida del autor de aquel célebre "En paz" que es un himno al individualismo secular y finisecular. Nació por lo menos en cuanto se refiere al cine; faltaban el radio, la televisión y desde luego las redes digitales.
La cultura mediática ha venido a colonizar amplísimos espacios que antes eran dominios casi exclusivos de la literatura, del teatro, de la ópera, de la zarzuela. Numerosos poemas de Nervo son letras de canción sin música, y así fueron recibidos: en una transición desde la cultura letrada hasta la mediática. Ante sociedades abrumadas por el secularismo y por el finisecularismo, por las guerras y por las bajas expectativas en los niveles de vida y sobrevivencia, los aspectos consoladores de la escritura nerviana fueron un alivio, un escape.
Decía Alaíde Foppa: "Solamente nos quedan las palabras." Hay épocas en que este principio se agudiza, si bien ella misma, guatemalteca y mexicana, fue ejemplo de activismo y entereza hasta el último día de su vida. Las palabras son, sí, un último o penúltimo recurso para la inmensa mayoría de los seres humanos, y Nervo lo explotó de tal modo que sus obras completas necesitan antologarse una y otra vez, según lo requiera cada época: se trata de una obra muy desigual, aunque por fortuna ofrece un repertorio misceláneo de tópicos, de personajes, de registros, de situaciones; hay para muchos gustos y para muchos estados de ánimo.
La sola pretensión de quitarle el nombre al aeropuerto fue un paso más en el borrado colectivo de la poesía letrada, la cultura asimismo letrada, las humanidades. México lleva buen ritmo al respecto; por eso hablo de amnesia literaria. Poesía, en todo caso, se sigue consumiendo en las letras de canciones, ahora sí con "líneas melódicas", es decir, con música, y el vuelco es notorio: "Hasta que te conocí", de Juan Gabriel (en vivo en Bellas Artes, 1990 o 1991), se ha visto casi 700 millones de veces en YouTube; el otro día conseguimos que la brillante musicalización de "Tardes", de Ramón López Velarde, a cargo de Guillermo Briseño, llegara a las mil vistas o visitas; al menos unas 30 de tales vistas, o visitas han sido mías.
Contra la amnesia literaria trabajé cuando fui coordinador de Humanidades de la UNAM. Creamos la colección Letra en Imagen–Imagen en Letra. Sacamos cuatro libros sobre la presencia de las letras y la historia en la Ciudad de México y el país. Y es así como pueden verse fotos de la casa infantil de Jaime Torres Bodet enfrente del antiguo Congreso de los Diputados en Donceles y Bolívar, así como un fragmento de las memorias del secretario de Educación Pública con Manuel Ávila Camacho (1943–1946) y Adolfo López Mateos (1958–1964). También se ve la casa infantil del recién desaparecido Vicente Quirarte en Perú 48; el fotógrafo Omar Reyes se esperó hasta que el semáforo peatonal marcara luminosos 48 segundos y entonces hizo el clic. Otras fotos de Omar y de Clara Araujo son asimismo memorables y establecen un diálogo con el texto respectivo. Desde luego, no podía faltar la colonia Roma, donde Carlitos se enamora de Mariana en Las batallas en el desierto, de José Emilio Pacheco, ni la presencia de Tina Modotti por allí mismo (texto de Fernando Curiel). Y hay renglones de Juan Villoro sobre el Estadio Azteca y de Sandra Lorenzano sobre Ciudad Universitaria.
También hay libros sobre el 1968 en la Ciudad, sobre la literatura en las 32 entidades federativas y sobre voces de historiadores otra vez en la Ciudad.
La colección no pudo sobrevivir a mi salida de Humanidades a fines de 2019.
Queda allí el intento de tender un puente entre la cultura letrada y la cultura mediática y de contribuir a secar el espeso pantano de la amnesia literaria en México.
Y la odonimia, esto es, el conjunto de nombres de calles, avenidas, plazas, parques, autopistas, aeropuertos, etcétera, y la rama de la onomástica que estudia estos nombres, podría ser un buen termómetro de hacia dónde se dirigen las sociedades.





