Cada vez que el ómnibus nocturno que la llevaba de visita a la casa de sus padres se detenía a mitad de camino, en una estación de servicio perdida de la pampa argentina, Amina Helmi (Bahía Blanca, 1970) bajaba y miraba al cielo. En medio de la llanura, sin luces que intervinieran en la visión, la joven estudiante de astronomia admiraba ese manto estrellado, la nebulosa brillante que rajaba el negro sobre su cabeza, y se maravillaba tanto de la inmensidad del universo como de la posibilidad de que ella, desde ese rincón ínfimo de la Tierra, pudiera entender algo de lo que pasaba allá afuera.

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