Hay palabras que no deberían pronunciarse con ligereza. Fascismo es una de ellas. Andrés Manuel López Obrador reapareció este 30 de septiembre después de dos años de retiro político. Lo hizo desde Palenque, para presentar su nuevo libro, Pueblo, y para recordar que, según su propia concepción de la democracia, “el soberano” es precisamente el pueblo. Pero entre la historia de México, la defensa de su legado y los elogios a Claudia Sheinbaum apareció una palabra mucho más pesada: neofascismo.
“No es derecha, no es ultraderecha, es neofascismo”, dijo el expresidente al referirse a sus adversarios. En su relato, esa transformación estaría acompañada por medios de comunicación y periodistas que, desde su perspectiva, participan de una ofensiva contra la Cuarta Transformación.
La cuestión no es si López Obrador tiene derecho a utilizar la palabra. Por supuesto que lo tiene, es un extraordinario politólogo y un mejor ideólogo, gran comunicador.
La duda, más bien, se trata de pensar en ¿qué estamos diciendo exactamente cuando llamamos neofascista a un adversario político? La prensa, Carmen Aristegui y columnistas o periodistas que disienten se acercan más a ser pueblo que a ser élite fascista. Son pueblo que informa.
El fascismo no nació como un simple insulto contra quien piensa distinto. Hay personas que han perdido la vida por el exterminio del pensamiento intolerante y fascista, también fue una corriente política e ideológica históricamente asociada con el nacionalismo radical, el autoritarismo, el rechazo de la democracia liberal, la exaltación de una comunidad nacional homogénea y, en sus expresiones históricas, la violencia política y la subordinación del individuo a una idea totalizante de nación y Estado. El neofascismo, por su parte, se utiliza para describir movimientos posteriores a la Segunda Guerra Mundial que retoman algunos de esos elementos en contextos políticos distintos. La palabra exige algo más que indignación, más bien, exige criterios en el ciudadano de a pie.
López Obrador ha construido durante décadas una narrativa política en la que el pueblo ocupa el lugar central. Su nuevo libro se llama precisamente Pueblo. En su presentación explicó que originalmente había pensado llamarlo Gloria, pero decidió cambiarlo porque, dijo, algunos olvidan que en una auténtica democracia el soberano es el pueblo.
El problema es que cuando la palabra “pueblo” deja de describir al conjunto plural de ciudadanos, empieza a funcionar como una frontera política que excluye a unos mientras otros son de un lado, el pueblo, del otro, quienes supuestamente están contra él.
No es una particularidad exclusiva del obradorismo. El populismo, tanto de izquierda como de derecha, ha utilizado con frecuencia una operación discursiva semejante que se basa en construir una oposición entre un pueblo concebido como moralmente legítimo y una élite presentada como corrupta, traidora o enemiga. En México, efectivamente existe una élite que es así pero generalizar la política hace que deje de ser solamente una disputa entre proyectos distintos y comience a adquirir una dimensión moral en la que los nuestros representan al pueblo; los otros representan aquello que amenaza al pueblo.
La palabra neofascismo se vuelve especialmente delicada cuando se usa emparejando a periodistas con la clase política, pues los que han sido gobernantes gozan de una cantidad infinita de recursos, incomparable con la crisis económica que enfrentan los medios de comunicación. Después de todo, los periodistas de a pie no tienen dinero para financiar guaruras o seguridad. Neofascismo puede describir un fenómeno político real, una tendencia en Europa, pero también puede convertirse en una herramienta para descalificar al adversario sin necesidad de demostrar exactamente qué rasgos fascistas posee. La prensa no es adversaria, al menos, no la de a pie. La corporativa sí que podría serlo.
El fascismo histórico no fue simplemente “la derecha que no me gusta”. Tampoco fue simplemente una prensa hostil, una oposición agresiva o una élite económica poderosa. Sus características fueron mucho más severas como el autoritarismo, nacionalismo radical, el catolicismo de Franco, la exclusión, antipluralismo, violencia política y una concepción de la sociedad en la que la disidencia deja de ser una parte legítima de la democracia para convertirse en una amenaza que debe ser eliminada.
Si existe un neofascismo contemporáneo mexicano habrá que demostrarlo a partir de sus prácticas, sus organizaciones, sus discursos y sus proyectos de poder. Nombrarlo en particular. No basta con señalar que alguien es conservador. No basta con que un medio critique al gobierno. No basta con que una persona rechace a Morena. No basta siquiera con que exista una ultraderecha o el famoso “yunque”.
La ultraderecha y el neofascismo pueden relacionarse históricamente, pero no son palabras intercambiables. Convertirlas en sinónimos empobrece la discusión pues también hay fascistas de la izquierda histórica.
Paradójicamente, el propio López Obrador ha planteado durante años una defensa de la política como confrontación entre proyectos históricos. Su mensaje este miércoles volvió a recorrer la Independencia, la Reforma, la Revolución y la llamada Cuarta Transformación, colocando su movimiento dentro de una narrativa histórica de transformación nacional. La Cuarta Transformación. Eso explica también la potencia de la palabra pueblo y su esfuerzo por reescribir la historia moderna como una fuente de legitimidad.
Quien habla en nombre del pueblo adquiere una autoridad política distinta de quien simplemente habla en nombre de un partido, una institución o un grupo de interés pues resulta imposible que una sola persona represente absolutamente a toda una masa popular. El problema democrático entonces, es que cuando esa representación deja de ser una aspiración, se convierte en una apropiación y quien gobierna o quien lidera un movimiento comienza a sugerir que su proyecto encarna al pueblo y que, por consecuencia, quienes lo cuestionan están fuera de él.
La democracia necesita exactamente lo contrario. Necesita asumir que el pueblo no habla con una sola voz, que todos caben y tienen espacio para disentir. El pueblo también es quien votó por Morena y quien votó por otro partido. Es quien celebra al presidente y quien lo critica. Es quien defiende la Cuarta Transformación y quien considera que fue un error. Es periodista, empresario, trabajadora, estudiante, campesino, feminista, conservador, indígena, joven, anciano, creyente, ateo. Son las mujeres. El pueblo no es una persona y tampoco pertenece a un movimiento exclusivamente, por eso hay algo esencialmente democrático en exigir que la palabra neofascismo no sea utilizada como una contraseña emocional. Es una categoría política que pueda ser discutida, comprobada y refutada.
Si existen fuerzas neofascistas en México, hay que identificarlas. Hay que estudiar sus discursos y nombrarlos. Hay que observar sus formas de organización. Hay que documentar sus propuestas. Hay que analizar su relación con la violencia, el autoritarismo, el nacionalismo excluyente y el rechazo al pluralismo.
Si llamamos neofascista a todo aquel que cuestiona a un gobierno, entonces ocurre algo todavía más peligroso porque la palabra pierde su capacidad de advertir sobre el fascismo real. Banalizar conceptos implica quitarles el contenido que cargan.
Después de dos años de silencio público, el hombre que hizo de “el pueblo” una de las palabras centrales de su lenguaje político volvió precisamente para hablar del pueblo y de sus enemigos. Presentó un libro, defendió su legado, elogió a la presidenta y advirtió sobre un supuesto avance del neofascismo pero una democracia no se mide solamente por quién dice representar al pueblo.
Se mide también por la capacidad de aceptar que el pueblo son muchos pueblos y que algunos puedne estar en desacuerdo con la voz del pueblo, entonces, la mejor defensa contra cualquier forma de fascismo, viejo o nuevo, no es encontrar una palabra suficientemente poderosa para nombrar al enemigo.
Más bien, conservar la posibilidad de que el enemigo político siga siendo, precisamente, un ciudadano con derecho a existir, disentir y responder… que pueda dejar de ser solamente un enemigo para ser un integrante que disiente.
Entonces: ¿quién decidió quién es el pueblo?





