Pedro Sánchez, presidente del gobierno de España, concedió ayer lo que tanto le exigían sus opositores desde hace dos años: disolver el Congreso, lo que, en este sistema parlamentario, implica la convocatoria inmediata de elecciones. Hundido en una crisis tras otra, no tuvo más remedio ante la indignación masiva por los problemas de la vivienda, que prometió resolver y no pudo. España irá a las urnas el 29 de noviembre. Y Pedro Sánchez también. Disolverá su gobierno y pronto podría estar celebrando la victoria electoral. Las encuestas lo estiman poco probable; imposible, no. De ahí que darlo por muerto no deje de ser temerario. “Ignoro a quién pueda beneficiar la convocatoria anticipada, pero España necesita poner fin al periodo más negro de nuestra democracia”, me dice Antonio Caño, exdirector de El País y hoy pluma esencial de The Objective. Le pregunto si su afirmación no es excesiva. Se sostiene: “Y lo más desafortunado es que el protagonista de ese periodo sea un partido de izquierda (PSOE) que tanto hizo por la modernización y estabilidad de nuestro sistema. Pero Sánchez lo condujo a la degeneración. Pasamos por un periodo oscuro de nuestra democracia. Necesitamos una regeneración”. Como sea, Sánchez y la izquierda se jugarán el resto para seducir a millones de españoles. Dice que ahora necesita gobernar con una mayoría progresista más amplia. Así es esta democracia apasionante. Nadie muere en la víspera.