Las encuestas anticipaban que en los comicios presidenciales del domingo pasado el actual Mandatario, Luiz Inácio Lula da Silva -quien busca un cuarto mandato-, pasaría al balotaje con la primera mayoría, imponiéndose con una leve ventaja sobre su rival, el senador del Partido Liberal (PL) Flávio Bolsonaro. Los resultados, sin embargo, arrojaron un escenario muy diferente: Bolsonaro se impuso por casi dos puntos sobre Lula, con un sorprendente 47% de los sufragios, en tanto que en el Congreso el PL se constituyó como la principal fuerza política, obteniendo también importantes triunfos a nivel de gobernadores. A la luz de este cuadro, Bolsonaro -hijo del expresidente Jair Bolsonaro, condenado a pena de cárcel por conspiración- es quien aparece mejor posicionado para hacerse del triunfo el próximo 25 de octubre, pero tomando en cuenta que en esta primera vuelta la abstención alcanzó al 21%, no cabe dar por zanjada la elección.

Con todo, es evidente que estos resultados ya representan un duro golpe para Lula y para el Partido de los Trabajadores (PT), un voto de castigo que ha llevado a varios a plantear que asistimos al fin del “petismo” y del “lulismo”, actores dominantes de la política brasileña en las últimas décadas. Incluso ha sido llamativo cómo el Mandatario retrocedió en bastiones que tradicionalmente votaron por Lula, como la zona del noreste de Brasil.

La enorme fuerza electoral mostrada por el PL y por Bolsonaro sugiere que detrás de ello hay mucho más que un castigo al PT. Desde luego, hay un giro hacia fuerzas marcadamente de derecha, tal como ya ha ocurrido en buena parte de la región, y como por lo demás ya se venía anticipando en el propio Brasil con la elección de Jair Bolsonaro en 2019. Las implicancias de este giro aún deben ser aquilatadas, pero parece claro que van en sintonía con el movimiento MAGA, liderado por el Presidente Donald Trump, lo que ha despertado inquietud ante la posibilidad de que el estilo autoritario de estos sectores sea también replicado en la política brasileña.

Como contrapartida, la contundente representación que el PL tendrá en el Congreso allana el camino para que Bolsonaro pueda eventualmente concretar su ambicioso programa de reformas económicas -que entre otros aspectos supone enfrentar de manera directa el abultado déficit fiscal y las altas tasas de interés-, lo que ha despertado la euforia de los mercados.

Los sectores de la izquierda han seguido insistiendo en que estos resultados son la consecuencia del intervencionismo o de campañas de manipulación a través de redes sociales, sin capacidad para asumir los problemas de fondo que han llevado a su derrota en distintos lugares del mundo. Ciertamente que uno de los legados que Lula puede ostentar es haber sacado a millones de brasileños de la pobreza y el haber instalado masivos planes de asistencia social, como “Bolsa Familia”. Sin embargo, hay también enormes descontentos, tanto por la inseguridad en que vive la población, los escándalos de corrupción y por los altos índices de endeudamiento en que viven las familias, las que deben destinar en torno a un tercio de sus ingresos para servir el pago de deudas.

Lo cierto es que cualquiera que resulte triunfador tendrá que inevitablemente abordar estos acuciantes problemas, lo que anticipa una compleja presidencia y un país que seguirá muy polarizado.