Bruno Bichir ha crecido entre luces, sets y bambalinas. Ha habitado en el escenario, primero viendo trabajar a sus padres, después a sus hermanos y ahora a su sobrino, y él con todos desde los cinco años.

Nunca se aleja mucho y siempre que es necesario defiende el espacio que considera no sólo esencial en su vida, sino vital para acercar el arte y la cultura a la gente.

Desde los años 70, ha explorado el teatro y el cine, donde acumula más de 60 películas y una docena de cortometrajes, más una veintena de telenovelas y series. Pero Bruno siempre vuelve al mismo lugar: el teatro, donde sus padres, el actor y director Alejandro Bichir y su madre, la actriz Maricruz Nájera, también han pasado la mayor parte del tiempo.

Ahora, Bichir retoma su lugar como director, ese al que le tomó 35 años llegar, no sin antes haber dejado huella frente a las cámaras a lo largo de 53 años en historias recordadas y consideradas hoy referentes como Rojo amanecer (1989) y El callejón de los milagros (1995), así como Crónica de un desayuno (2000), telenovelas como Morir para vivir (1989) y series como Narcos (2015) y Las Azules, actualmente en streaming.

Dirige a Paulina Soto y Cecilia Tamayo en El canto de los grillos. Foto: EN SU TINTA PRODUCCIONES

El actor se puso al mando de la obra El canto de los grillos, una historia que, confiesa, no le daba certeza sino miedo por una razón.

“Cuando digo: ‘¡Wow! no sé cómo voy a resolver esto, como actor o como director’, entonces sé que ahí tengo que estar”.

Pero no se trata de un miedo que paralice por buscar la perfección, sino es ese miedo creativo que hace que, como artista, experimente y se arriesgue por diversos caminos y percepciones de la historia, situación que lo reta y estimula.

“Porque me mueve a la intriga, a resolver el problema, a enfrentar mis miedos, cualquiera que estos sean”, comenta.

Le gusta la dirección, expresa, porque puede ver el universo completo y plasmar su visión.

“Como actor estoy al servicio de una historia, de un director, y me gusta, pero me encuentro más cómodo siendo director”.

Pero Bruno sabe que esta posición conlleva la mayor responsabilidad en un montaje porque, como dice, si la obra no queda o algo hace falta, sólo hay alguien a quién echarle la culpa: él.

Aun así, con la experiencia que le han dado los años, comenta, ha aprendido a moderar su tendencia al control, pero también ha aprendido a soltar y permitir que los demás creadores involucrados en un proyecto propongan y exploren, incluso si se llegan a equivocar.

“Celebro el error, la inspiración, el riesgo, la búsqueda constante. El error humano hoy por hoy cómo lo celebro, porque la era de la inteligencia artificial nos está alejando de esa de esa bella imperfección humana”.

Admiración, no competencia

Su regreso a la dirección también lo lleva inevitablemente a hablar de sus referentes.

Bruno creció en una familia profundamente ligada al teatro, y reconoce en su padre una de sus grandes influencias, sin embargo, asegura que nunca ha sentido la necesidad de competir o parecerse a él en su oficio.

“Jamás, yo admiro enormemente a mi padre, quizá por eso quise ser director para emularlo, para entenderlo, para seguirlo, mi padre es un es un grande de la dirección, y pues no le llego”.

Tampoco le preocupa que pueda ser comparado con sus hermanos mayores, Odiseo y Demian Bichir, quienes también son grandes referentes en el escenario no sólo en el teatro, sino también en el cine y la televisión, porque él cree que cada uno tiene su propia esencia y talento que los hace diferentes.

“Amo a mi padre y amo a mis hermanos, sus trabajos me inspiran, no nada más los emulo sino me inspiran, pero tampoco he escuchado que alguien diga: ‘tú eres mejor que tus hermanos’ o ‘tu trabajo es menor porque no es como el de tus hermanos’.

“La verdad, los comentarios de esa naturaleza no me interesan porque no me aportan, no me hacen crecer como creador, ni como ser humano, entonces para qué”.

Hablar de la realidad

Para Bruno, obras como El canto de los grillos le permiten abordar temas de la vida real del país, como la desaparición forzada, la violencia y la búsqueda de justicia.

“Esta obra es como un retrato de lo que está pasando en México actualmente. Lo que busco con esta historia es que el público empatice con el tema y que no lo suelte, porque de repente es tan abrumadora la cantidad de malas noticias que se escuchan a diario, que uno ya le da la vuelta”.

En la obra escrita por Jaime Chabaud, que se presenta en el Foro Shakespeare, lleva a las actrices Cecilia Tamayo, Paulina Soto Oliver, Susi Estrada, Jimena Guerra y a Adriana Hernández por la historia de Catalina, una mujer que sufre la desaparición de su hija, pero sabe exactamente quién se la llevó y que las autoridades lo dejaron libre. Y surge la pregunta: ¿qué se hace con un monstruo cuando la ley lo protege?

Si bien Bruno se dice feliz con su rol de director, recuerda con humor el lugar al que soñaba llegar.

“Quería ser Peter Brook y terminé como el Pato Lucas, vuelto loco tratando de dirigir la orquesta”.

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