La afirmación la hizo el presidente Kast en Naciones Unidas. Una imagen que intentó convencernos de que bastaba un nuevo gobierno para que los problemas empiecen a solucionarse. Pero no, el país que ahora se echa de menos no aparece aún y lo observado en estos meses sólo confirma la magnitud del deterioro vivido desde hace más de una década. Ningún gobierno, de ningún signo, va a restituir lo perdido de la noche a la mañana por arte de magia.
A veces pareciera que no somos conscientes del daño hecho en estos años. Qué no tenemos claro que son decisiones políticas las que explican que nuestra economía lleve largo tiempo creciendo menos que el promedio mundial, el aumento del desempleo, la inseguridad y el avance del crimen organizado, la polarización y la fractura de la convivencia. Pero no se puede tapar el sol con un dedo: la apuesta por la desestabilización refundacional, la validación de la violencia, la horadación de la certeza jurídica, la fragmentación del sistema político y, finalmente, el sueño del proceso constituyente, que terminó en dos estruendosos fracasos, no fueron ‘desastres naturales’ sino el resultado de una voluntad colectiva.
El camino ha sido largo y las consecuencias, profundas. Los chilenos hoy están más pesimistas que nunca; desconfían y tienen poca paciencia con los gobiernos que escogen. En realidad, lo honesto sería que los ciudadanos desconfiáramos de nuestras propias decisiones, de nuestra inocencia y capacidad para entusiasmarnos con cantos de sirena, de dejarnos arrastrar de un lado a otro. El actual gobierno no es ajeno a todo esto, también es parte del proceso. Una muestra: después de una larga campaña electoral donde su principal oferta fue una nueva política de seguridad, descubrimos a partir de marzo que en realidad no había ninguna. La exministra Steinert fue sacada del cargo por reconocerlo abiertamente. Llegó un nuevo ministro, ahora sí con conocimientos y competencias para el cargo, se dijo. El gobierno presentó entonces una nueva agenda, con reforma constitucional y estado de excepción incluidos. Ahora debe retirarla, por inviable y por falta de respaldo en el propio oficialismo.
En fin, al menos en estos meses el gobierno ha tenido un mérito: no ha caído en la tentación del populismo. Al contrario, ha dejado claro que no hay recursos para subsidiar el precio de la bencina a los particulares y ni para un aumento del presupuesto mayor al 1.5%. Realismo puro y a la vena en un país que llegó a creer que el dinero caía del cielo y era sólo cuestión de voluntad política. El gobierno actual decidió no seguir aumentando el déficit fiscal ni la deuda pública, y pagar el precio de la impopularidad. En las actuales circunstancias, no es poco.
No, Chile no está de vuelta. Se va a requerir mucho esfuerzo y mucho tiempo para volver a generar las confianzas y los acuerdos necesarios. Hay una oportunidad, pero también hay desafíos y riesgos enormes.
Por Max Colodro, filósofo y analista político.





