Siete años después de octubre de 2019, un periodo que auguraba un cambio completo del orden vigente, vale la pena preguntarse qué cambió, qué y cuánto del Chile actual tiene raíces en aquel acontecimiento. La tentación de apresurarse en señalar que todo sigue igual puede ser grande, pero, si observamos con detención, encontraremos en este episodio una explicación a varios fenómenos de nuestro presente.

El pesimismo, el ánimo general de nuestra sociedad, fue antecedido por la decepción con el proceso de cambio que se inauguró con el estallido social. Aquel truncado proyecto que prometía una profunda redistribución del poder económico y político, partía de la base de que existían recursos abundantes, pero injustamente repartidos. En ese contexto, por ejemplo, el crecimiento económico parecía un reproductor de desigualdades. La educación, en cambio, era objeto de una alta prioridad ciudadana, simbolizaba la esperanza en el futuro. El actual ciclo conservador es su contracara. Representa un acortamiento de los horizontes, un retorno a las necesidades inmediatas en un contexto en que pocos se atreven a afirmar que el crecimiento carezca de virtud. Ahora el futuro es llegar a fin de mes, porque mientras los grupos dominantes de la Convención Constitucional intentaban mantener la ilusión de que era posible el progreso por decreto, el capital salía de nuestro país por montones y el crimen organizado transnacional entraba. El desorden y el desprestigio institucional que se intensificó con estallido, fue amenaza para los inversionistas y oportunidad para los delincuentes. Ambos efectos se sienten hasta hoy.

El reordenamiento político también nace en buena medida del ciclo electoral post estallido. Particularmente, la elección del órgano constituyente de 2021, una con sillas vacías, sin incumbentes, en pandemia, pero con los vientos de cambio del estallido aún soplando, abrió la puerta al desplazamiento de las fuerzas políticas tradicionales por las nuevas. Los partidos del Chile post gobierno militar habían perdido tracción, pero aquella elección abrió las puertas del cambio. Es difícil explicar a Boric en La Moneda sin esa apertura de los electores a la novedad. También lo es explicar a Kast, por contraste. La rígida nitidez de las convicciones y la retórica se impuso al lenguaje matizado de las décadas anteriores. La comunicación política se impuso a la política.

Como suele ocurrir con hechos de esta intensidad, sus resultados fueron profundos, pero distintos de los que pretendían sus promotores. La principal conclusión es que el legado de octubre del 2019 está más asociado a sus externalidades que a sus ideas. El pesimismo de la sociedad respecto del futuro, el reordenamiento de las fuerzas políticas y el fortalecimiento de la derecha, la diversificación del riesgo por parte de los inversionistas y la instalación del crimen transnacional se explican, en buena parte, por los acontecimientos a los que asistimos siete octubres atrás.

Por Rafael Sousa, socio en ICC Crisis, profesor de la Facultad de Comunicación y Letras UDP