Un viaje de ensueño al Ártico, llevó a dos científicos mexicanos, Lorena Viloria Gómora y Sergio Martínez Aguilar, a los sitios más recónditos de alimentación de la ballena gris (Eschrichtius robustus), especie “Sujeta a Protección Especial”, que desde hace décadas monitorean sin descanso en los santuarios de Bahía Magdalena y Laguna San Ignacio, en Baja California Sur, a donde llegan cada invierno a procrear y tener a sus crías.
A bordo del velero con bandera de México “Diablesse”, surcaron más de mil 600 kilómetros, en 17 días, del 22 de julio al 7 de agosto, recorriendo desde Nome, al sur del estrecho de Bering hasta Kaktovik, en el extremo noroeste más remoto de Alaska, tocando la frontera con Canadá.
La Expedición “Navegando hacia la Prosperidad” (Sailing for Prosperity), brindó todas las facilidades a los reconocidos biólogos del Programa de Investigación de Mamíferos Marinos (PRIMMA), de la Universidad Autónoma de Baja California Sur (UABCS), para estudiar parte de la ruta migratoria de cerca de 10 mil kilómetros que la ballena gris recorre de norte a sur, buscando aguas cálidas y someras en la costa occidental de la Península de Baja California en el Pacífico Mexicano.
Además, pudieron corroborar los efectos del cambio climático en las modificaciones de los patrones de deshielo y sus impactos en la disponibilidad del alimento para las ballenas grises que provoca el llamado Evento de Mortalidad Inusual (UME, por sus siglas en inglés), que inició en diciembre de 2018, y que ha ocasionado, hasta agosto de este año, el deceso de mil 190 ejemplares, por baja condición corporal, así como una crítica caída en la tasa de natalidad de este gigante de los mares, mexicano por nacimiento, con apenas 85 crías en la temporada 2025-2026.
Ballenas a la vista
Durante la travesía, en la que tuvieron que enfrentar bajas temperaturas, neblina que no permitía ver más allá de 20 metros, y el temor de toparse en cualquier momento con un témpano de hielo, los profesores-investigadores de la UABCS lograron documentar dos avistamientos de ballena gris en coordenadas cercanas al mar de Chukchi y el mar de Beaufort.
El primer encuentro que causó una gran felicidad en toda la tripulación ocurrió el 30 de julio a las 23:00 horas, en pleno verano en el Ártico, donde no existe diferencia entre el día y la noche porque siempre hay luz, cuando un grupo de siete ejemplares apareció alimentándose frente a ellos en una condición corporal de buena a regular.
Tras tomar una serie de imágenes de las ballenas, se pudo confirmar que existe un match con una de ellas en su catálogo de foto-identificación en coloración, patrones dorsales y aleta caudal, cuando migró a México.
“Una de estas ballenas fue vista en 2024 en San Ignacio; es algo que nos emocionó muchísimo. La conocimos en México y ahora la observamos alimentándose en el Ártico”, celebró la doctora Lorena Viloria Gómora.
El segundo avistamiento se registró el 2 de agosto también a las 23:00 horas, cuando encontraron una ballena gris solitaria, sin registros previos, en un sitio que aprovecharon para recolectar organismos que eran parte de su comida, unos pequeños crustáceos, invertebrados sin caparazón conocidos como anfípedos, que posteriormente serán analizados a detalle en el laboratorio.
Durante sus días en el Ártico, Lorena y Sergio también pudieron apreciar ballenas jorobadas, osos grizzly y morsas en estado salvaje, lo que generó una gran alegría a los exploradores.
Menos alimento
A lo largo de esta gran aventura, que dejó una huella imborrable en la memoria de los expertos mexicanos, se presentó el deshielo tardío de enormes bloques sobre el mar, por la modificación en los patrones de las temperaturas, que al igual que impidieron por varios días el avance del velero que permaneció anclado, no permitieron que las ballenas grises arribaran a tiempo a sus zonas tradicionales de alimentación.
“Llegan tarde a los sitios donde se alimentan y comen poco, porque ya van tarde de regreso hacia el sur; probablemente hay ballenas que incluso deciden no esperarse a que abra el hielo, y comienzan a bajar sin haber comido”, explicó Lorena Viloria Gómora.
Detalló que el segundo efecto del cambio climático es la reducción de las áreas de formación del hielo marino, que es una plataforma y refugio para la producción primaria de microalgas (diatomeas).
Al disminuir la capa congelada, escasean estas microalgas altamente nutritivas y ricas en grasas esenciales, organismos de los que dependen el krill y los pequeños crustáceos que sirven de alimento para las ballenas, lo que genera su desnutrición crónica y alta mortalidad.
La doctora en Ciencias Marinas y Costeras reconoció que hay muy poca investigación en el Ártico, en las zonas de alimentación de la ballena gris, por la lejanía y las condiciones ambientales extremas, pero es necesario regresar para hacer un monitoreo y catálogo de ejemplares.
“Quién sabe si nosotros, pero si hay que volver al Ártico a buscar a las ballenas y saber dónde están comiendo”, precisó.
La encargada del monitoreo de la ballena gris en Bahía Magdalena por parte del PRIMMA, agregó que con esta expedición al Ártico cumplió uno de sus sueños de vida y profesionales, al conocer la problemática de la especie de manera directa, ya que es un sitio inalcanzable, “porque por más que llegues en avión a la región, no puedes navegar, porque no hay tours, ni investigación”.
Según datos del Servicio Nacional de Pesca Marina (NMFS), de la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de los Estados Unidos (NOAA), de enero a agosto de este año van 181 ballenas grises varadas por bajo peso corporal a lo largo del Océano Pacífico en México, EU y Canadá, con lo que 2026 podría romper el récord de mortandad, al superar en diciembre las cifras de 2025 con 185 ejemplares y 2019 con 216 ejemplares que perdieron la vida.



