El periodista Luis Hernández puede declararse un afortunado. Cuando era niño y vivía con sus padres en Conchalí, Zalo Reyes llegó a residir justo al lado de su casa, por lo que fue testigo en tiempo real de una de las hazañas más extraordinarias de la música chilena, aquella que sitúa a un artista autodidacta de una comuna popular de Santiago convertirse en un fenómeno de masas que tumbó barreras en un país plomizo y clasista, copando desde el Festival de Viña hasta debates de intelectuales, para luego quedar atrapado en un espiral donde nunca más recuperó la gloria pasada.

En el barrio, saliendo por la puerta a mirar, lo vio sorprender a sus vecinos al comprar su primer auto o generar el descontrol colectivo tras alcanzar la gloria en la Quinta Vergara en 1983.

Con el tiempo, se hizo amigo del hijo del intérprete, Boris González, en una experiencia completa que décadas más tarde le serviría para su primer libro: Hernández -de amplio y destacado recorrido radial y hoy conductor de Radio Activa- presenta por estos días Una lágrima y un recuerdo. La biografía de Zalo Reyes (Editorial Abejorros), la primera investigación consagrada al hombre de Un ramito de violetas. Un texto basado en abundante material de archivo, entrevistas a familiares, amigos, excolaboradores y figuras que han profesado admiración por su obra -como Mon Laferte, Cristóbal Briceño o Los Vásquez- y las propias memorias inconclusas del cantante, las que empezó a escribir de puño y letra, pero que nunca concluyó.

“Tuve la inquietud de hacer esto desde hace diez o doce años, porque conocía su historia desde niño”, puntualiza el autor. Luego sigue: “En el camino, me entero por la familia que él siempre quiso tener un libro, que era una forma de trascender, que él quería estar más allá, que no quería descansar en paz, quería que la gente lo siguiera recordando y escuchando, y una posibilidad era que él escribiera su propio libro. Ese era su gran proyecto. Lo empezó a escribir de puño y letra, porque el computador se le iba en collera. Entonces, su nieto me entrega este material y me pareció que era oro puro, porque escribía de sus orígenes, de su nacimiento, que es algo que muchas veces las estrellas no tocan cuando están ya consagrados”.

Palabra de gorrión

En esos escritos, Reyes recuerda que llegó al mundo un 3 de noviembre de 1952, justo para el cambio de mando de Gabriel González Videla a Carlos Ibáñez del Campo, y que el parto lo atendió su abuela, en su propia casa. Su padre, Fernando González Labbé, quien era taxista, no salió ese día a trabajar ante una ciudad tomada por la contingencia.

“Cuando empecé a darme cuenta del lugar donde vivían mis padres y mi abuela en su casa de barro, todo lo que nos rodeaba eran puros potreros”, apunta el cantante.

Crédito: Archivo Histórico / Cedoc Copesa.

Su niñez y adolescencia se desenvolvió jugando pichanga, escuchando canciones de Lucho Gatica, Paul Anka y la Nueva Ola, y descubriendo de forma casi fortuita su pasión por el canto: en un principio, Zalo quería ser cura, luego veterinario y hasta hizo el servicio militar en la Armada. “Pensaba que a través de un barco iba a recorrer el mundo, algo que finalmente no sucede”, comenta Hernández.

Zalo Reyes

Luego de ganar festivales municipales y facturar un nombre en la escena de la balada, el intérprete hace sus primeras grabaciones -algunas versiones de temas de Luisito Rey, el padre de Luis Miguel-, pero tropieza con un obstáculo: sus temas se parecen en demasía a Los Ángeles Negros. No logra mayor resonancia, incluso rebautizándose como Nahum, lo que resulta aún menos efectivo. Hasta que el guitarrista de Congreso, Fernando González, produce el long play de 1978 donde venía Una lágrima y un recuerdo, su primer hit.

Eso sí, el gran golpe a la cátedra del intérprete sucede cuando empieza a aparecer en TV; ahí no sólo demuestra su identidad artística, sino que también un humor espontáneo y casi disruptivo para un país en plena dictadura, donde la pantalla apenas toleraba mostrar a gente más común.

Hernández sigue: “Si hoy Chile parece clasista, en ese entonces era peor, sobre todo en TV. Era brutal. La cumbia, por ejemplo, era considerada sólo música de parrilladas. La gente popular sólo tenía espacio en El Festival de la una. Pero la frescura y el humor de Zalo, el hecho de que podía contar historias, le permite hacerse un espacio. Fue un artista súper necesario para esos años. Un país más pobre y más temeroso, necesitaba distraerse. No era un tipo puntudo que hablara de política, aunque sí lo hacía, porque antes de estar en Viña 83, imitó a Pinochet en un show en el casino, por lo que le sugirieron no hacerlo en el Festival”.

Hay dos apariciones claves del cantante para acercarlo a otros públicos: en Permitido, de TVN -donde se reía de los “rubiecitos” que estaban en el público- y en Noche de gigantes, de Canal 13. Pero el antecedente más rotundo de su vínculo con las masas llegó en 1981, cuando fue invitado por el periodista Lucho Fuenzalida a conducir el programa El festival en bote, de Teleonce (hoy Chilevisión).

Archivo Histórico / Cedoc Copesa

En ese certamen, Zalo estuvo involucrado en la legendaria trifulca a golpes que enfrentó a Harry Wayne Casey de KC and the Sunshine Band con Fuenzalida, cuando este último deslizó en su columna en La Tercera que el estadounidense era bisexual. “Zalo metió un par de combos a los acompañantes de KC, para salvar en algo la honra de su compañero”, cuenta el libro.

¿Otra historia incluso mejor? Mientras conducían el espacio que efectivamente se hacía dese un bote, uno de los invitados, el cantante argentino Ricardo Ceratto, se mareó y debió ser sacado en una lancha. Pero la nave se empezó a hundir. Como Ceratto no sabía nadar, Zalo Reyes se arrojó al mar, lo sacó del agua, lo cacheteó en la cara y lo tomó del pelo: lamentablemente el cantante tenía un frondoso peluquín que quedó en las manos del chileno. Todo salió en vivo y en directo.

Luego desfilan el fenomenal suceso en el Festival de Viña de 1983, un concierto masivo en el Estadio Santa Laura, una internacionalización que despega bien pero que luego se torna fallida y un difícil tránsito a partir de los 90 entre drogas, enfermedades y la distancia con la TV. “Pero en su período de mayor crisis personal, desde 1992 en adelante, la droga fue también un doloroso refugio, cuando Zalo superó los 40 años”, se lee en el texto.

Archivo Histórico / Cedoc Copesa

Hernández acota: “El año 91, cuando EMI termina su contrato, fue muy doloroso para él. Le cortan el contrato y empieza un espiral de malas situaciones y decisiones: se separa de su señora, se va de la casa, deja Conchalí, tiene una hermana que muere, una hermana que se mete en problemas judiciales. Entra un poco en una decadencia; producto de lo mismo sube de peso, eso lo acompleja, se aleja de la televisión porque siente que se va a ver más gordo. Es un período muy malo. Vuelve a la TV en situaciones que lo ponen en ridículo, como la cebolla. ¿Por qué no se lo hicieron a Raphael y se lo hacen a Zalo Reyes? Aún había un clasismo muy presente en la TV”.

Sin embargo, el periodista dice que Reyes se fue en paz al morir en 2022: “En los 2000 es reconocido por un nuevo público y la gente lo seguía queriendo. Eso quedó demostrado en su funeral. O en que sigamos hablando de él hasta hoy”.

*El libro Una lágrima y un recuerdo. La biografía de Zalo Reyes está a la venta en La Tienda Nacional (Barrio Lastarria) y a través del Instagram @colectivoabejorros con despachos a todo Chile.