Existe un debate muy interesante respecto al feminicidio de la joven Claudia Tacoronte, de nacionalidad española, en Morelos.

Un ala del feminismo jurídico identifica que el ataque fue causado exclusivamente por un asalto, es decir que la motivación del agresor se limitó a querer apropiarse del celular que utilizaba la joven durante el momento en que salió de la Casa de Cultura de Cuautla. En ese momento, ella fumaba según la reconstrucción de hechos. Se dice que al resistirse, el agresor enfureció y la atacó directamente con un arma punzocortante en el abdomen. A eso, se suma la negligencia criminal del servicio de emergencias que hizo esperar cerca de 40 minutos a la víctima por una ambulancia y atención médica.

Las abogadas feministas partidarias de que no debemos clasificar este crimen como un feminicidio identifican que, al ser un asalto motivado por razones económicas o patrimoniales, esa condición no cumple con los motivos de género que exige el tipo penal de feminicidio.

Particularmente, en la primera mención que hizo la presidenta Claudia Sheinbaum sobre el tema, llamó mi atención que lo nombrara como un “homicidio”, aunque posteriormente cuando fue detenido el agresor, efectivamente nombró el hecho como es que la Fiscalía de Morelos lo investiga, es decir, como feminicidio.

Sin tener la última palabra, me interesa aportar las razones por las que considero que efectivamente se trata de un feminicidio.

Primero por cumplir estrictamente con el criterio del tipo del Código Penal Federal que establece que existe una razón de género cuando concurra cualquiera de las siguientes circunstancias: la segunda fracción dice que es feminicidio si “a la víctima se le han infligido lesiones o mutilaciones infamantes o degradantes, previas o posteriores a la privación de la vida…”, la quinta dice que lo es si “existen datos que establezcan que hubo amenazas directas o indirectas relacionadas con el hecho delictuoso, acoso o lesiones del sujeto activo en contra de la víctima” y finalmente, como dice en la fracción séptima, la muerte violenta de una mujer se considera feminicidio si es que “el cuerpo de la víctima sea expuesto, arrojado, depositado o exhibido en un lugar público”.

Claudia Tacoronte fue apuñalada e increpada verbalmente, la cantidad de veces y la severidad con que el objeto punzocortante fue utilizado en su contra, le provocaron salida de vísceras y según el dictamen forense, una hemorragia masiva y aguda provocada por un corte completo de la arteria ilíaca izquierda. Pensando que únicamente era intención un simple asalto, arrancar un celular de las manos implica un nivel de violencia que no se compara con lo que a Claudia le hicieron. La Fiscalía clasificó estas lesiones como “infamantes y degradantes”.

Ella intentó correr hacia dentro de la Casa de Cultura pues cuando todo ocurrió, estaba en una de las banquetas del estacionamiento. Las cámaras muestran que el sujeto la persiguió y con saña la lesionó. Su cuerpo quedó expuesto en un lugar público, pues aún la Casa de Cultura de Cuautla, sede del evento al que Claudia acudía, es considerado un sitio público, de propiedad gubernamental y asistencia abierta. Perseguir a una joven, increparla para robarle el móvil y el conjunto de agresiones verbales durante el ataque son suficientes para actualizar la quinta y séptima fracción de lo que el tipo penal de feminicidio exige para que la muerte violenta de una mujer sea considerada como tal.

Pensando en la criminalidad y victimización con perspectiva de género, si nos preguntamos ¿los hechos habrían ocurrido de la misma forma si se tratara de un hombre? encontramos que encima, ser mujer, joven, de complexión delgada, en la noche y en un momento solitario es un factor clave para que el agresor haya decidido finalmente cometer el crimen que cometió.

No solo eso, la revictimización en contra de Claudia y su familia desde la opinión pública y las redes sociales han incluído todo tipo de comentarios que la responsabilizan de lo ocurrido. Justamente, he leído comentarios de quienes culpan a su familia por permitirle viajar a México siendo mujer y en el contexto de seguridad que flagela al país. Otros, tanto españoles como mexicanos, han sugerido que la culpa es de la víctima por haber salido de noche, por viajar sola, los más miserables han dicho que el contexto de la Feria sobre plantas medicinales es un eufemismo sobre sustancias psicoactivas y que eso sería suficiente para que el riesgo de morir fuese ignorado… la realidad es que ninguna mujer tendría por qué morir por viajar, por tener un celular, por estudiar y mucho menos por querer conocer una cultura distinta.

Todas y cada una de las partes del debate están cargadas de estereotipos de género que refuerzan el argumento de que se trató de un feminicidio. Un agresor supuestamente alcoholizado o drogado habría evitado asaltar a un grupo de hombres por el riesgo de ser golpeado, probablemente habría evitado asaltar a un sólo hombre si lo hubiera considerado más fuerte. Si se tratara de un hombre, el agresor habría consumado el asalto al llevarse objetos valiosos, sin la misoginia y la saña para perseguir y herir a la víctima, como lo hizo con Claudia. Si el asesinado hubiese sido un hombre, nadie en redes sociales habría cuestionado que estuviera fumando solo en la banqueta o que hubiera acudido a un encuentro cultural de plantas medicinales, tampoco le habrían cuestionado un intercambio académico desde Europa. Además de tratarse de un feminicidio, creo que el crimen contra Claudia Tacoronte demuestra que a España y México aún les une el machismo.

Al final, el problema no es solamente cómo llamamos jurídicamente a la muerte de Claudia Tacoronte. El problema es qué estamos dispuestos a reconocer cuando una mujer es asesinada. Si reducimos su muerte al robo de un teléfono, corremos el riesgo de mirar únicamente el objeto que el agresor quiso llevarse y dejar de mirar el cuerpo sobre el que descargó una violencia desproporcionada contextualmente grave por los prejuicios sobre ser mujer y poder ocupar el espacio público. Un celular explica el inicio del ataque, pero no necesariamente explica la persecución, las lesiones, la saña, la violencia verbal, la exposición de su cuerpo ni, sobre todo, la forma en que después de muerta una mujer vuelve a ser juzgada por la sociedad.

Claudia no murió por fumar en una banqueta, por caminar de noche, por viajar sola, por venir a México, por acudir a una actividad cultural ni por tener un teléfono celular. Murió porque un hombre decidió ejercer violencia contra ella y porque, después de esa violencia, un sistema de emergencia tardó cerca de 40 minutos en responder cuando todavía podía existir una posibilidad de salvarle la vida. Y después de su muerte, otro sistema, el de la opinión pública, volvió a colocarla en el banquillo de los acusados.

Por eso la discusión sobre el feminicidio no puede agotarse en preguntar qué quería robar el agresor. También tenemos que preguntarnos qué condiciones hicieron posible que una mujer fuera perseguida, apuñalada y abandonada en un espacio público, y por qué después de su muerte fueron nuevamente sus decisiones, su comportamiento y su familia los que terminaron bajo escrutinio.

España y México podrán discutir la prudencia de intercambios académicos, la responsabilidad institucional, la clasificación jurídica de los hechos o incluso las circunstancias exactas que rodearon su muerte. Pero hay algo que trasciende las fronteras: cuando una mujer muere violentamente, todavía encontramos demasiadas voces dispuestas a cuestionar primero qué hizo ella antes que condenar qué hizo el hombre que la mató.

A Claudia no la mató la noche, ni México, ni un teléfono celular. La mató un hombre que supo que podría hacerlo. Y si además de esclarecer quién la mató queremos comprender por qué su muerte provoca este debate, tendremos que mirar de frente una realidad mucho más dolorosa que es que el machismo no necesita pasaporte. También viaja en el dispositivo interiorizado de los ojos al juzgar. Y esta vez, como tantas otras, cruzó el Atlántico para encontrarse con todas y decirnos desde las redes sociales que una y otra vez, nuestra muerte es y será nuestra culpa.

Reducir el caso de Claudia a un homicidio cometido durante un asalto es insuficiente. Que existiera una intención patrimonial no elimina la posibilidad de que el ataque haya estado atravesado por razones de género. El feminicidio no exige demostrar que el único móvil del agresor haya sido el odio hacia las mujeres. El análisis consiste en identificar si, en las circunstancias concretas del crimen, existen elementos que permitan advertir que la violencia ejercida contra una mujer estuvo acompañada de condiciones o manifestaciones vinculadas con su género. La violencia patrimonial y la violencia feminicida, por tanto, no son categorías necesariamente excluyentes.

Por eso considero que este caso sí puede ser leído como un feminicidio, no porque toda mujer asesinada sea automáticamente víctima de feminicidio, ni porque todo robo cometido contra una mujer deba convertirse en feminicidio, sino porque aquí existen elementos concretos de violencia, persecución, lesiones infamantes y exposición pública que deben analizarse desde la perspectiva de género y no desaparecer detrás de la explicación aparentemente sencilla de que “solo fue un asalto”. A la luz de las otras muertes violentas de mujeres ocurridas en contra de estudiantes, también mujeres, de la Universidad de Morelos, el caso adquiere mayor complejidad. Justamente, que todas sean mujeres interrumpe ese dato como simple indicio para convertirlo en un patrón que hasta el momento, ha sido ignorado por las autoridades. La responsabilidad, entonces, además de recaer en el agresor, recae en las instituciones que no pudieron prevenir ni atender a Claudia. También la indolencia, la negligencia y la revictimización le han hecho un daño irreversible. ¿Cuantas otras deben morir para que se tomen medidas?