En los últimos años, ha habido numerosos casos de personas muy jóvenes y cada vez más adolescentes implicadas en asesinatos brutales, cometidos sin un motivo evidente o, al menos, no asociado a la venganza y la codicia.
Esta nueva violencia juvenil se da como en un escenario de violencia en la selva: ya no se dirige solo a sus pares —solos o en grupo—; se practica con fría premeditación; se cometen atentados sin tener a nadie en particular como objeto de la violencia; se anudan delitos y masacres escolares.
Estos episodios graves encarnan emociones que no nacieron súbitamente.
La perturbación social, de tomadores de decisión, gobiernos, profesionales y científicos en la materia no debe ser menor.
¿Estamos educando adecuadamente?
¿Debemos educar con amor ciego?
¿El amor maternal/paternal es la solución a todos los problemas?
¿El mundo adulto opta por rendirse ante posibles comportamientos de hijas e hijos que pueden derivar en riesgos extremos para sus vidas y las de otros?
¿Tenemos el coraje de decirles no en los momentos adecuados de crianza, formación y desarrollo de sus personalidades desde temprana edad?
¿Podemos, sabemos resistir sus episodios de ira y enseñarles a encauzarlos?
¿Debemos desarrollar nuevas mentorías y habilidades parentales y sociales para acompañar a nuestras adolescencias y juventudes hacia una cultura de afrontamiento y dominio de la frustración, el estrés y la ansiedad?
¿Cómo deben enseñarles padres, madres y tutores a enfrentar y resistir la frustración sin huir de ellos, sin negar lo que están afrontando, sin ignorarlos ni rechazarlos?
¿Se les teme a las hijas e hijos?
¿Cuál es el daño social y familiar que se hace cuando se apuesta por ser amados por las hijas e hijos a como dé lugar, erosionando todo papel de autoridad, control y supervisión?
¿Cuáles son las reglas de amor flexible que coadyuvan con mayor eficacia a detener el tiempo de sus cegueras y abismal adentramiento al mundo de la ira mortal?
¿Hay procesos implícitos o explícitos que se propician en el hogar y por docentes que humillan o lastiman la autoestima de hijos y estudiantes por malas notas en la escuela?
¿Hay procesos de diálogo, comprensión y transmisión del porqué y cómo se llegó a esas notas, cuáles fueron los criterios, conocimientos, habilidades o conductas implicados y cómo habrán de superarse esas dificultades palmo a palmo?
¿Debemos asumir que lo saben hacer solos o que podrán superar esas dificultades solas?
¿Los docentes en realidad deben ser vistos sin autoridad para educar a nuestros hijos e hijas e incluso asumir que son una fuente de peligro y tienen una predisposición a dañarlos durante su formación educativa?
¿Cómo se abordan y se regeneran esos vacíos de vitalidad compartida en el interior de los hogares y las aulas, o cómo se degradan y se pudren?
¿Cómo abordar y atender los conflictos que siguen a un no parental, a la frustración, la ira y el duelo?
¿Padres y madres deben, o debemos, jugar a ser amigas y amigos de nuestros hijos e hijas?
¿No se dan cuenta, no nos damos cuenta de cuándo se están transformando para mal, cuándo están rebasando fronteras y entrando en una zona maliciosa extrema?
¿Hemos cedido cómodamente a la IA el espacio vital para que procesen sus frustraciones, dudas, emociones, experiencias y problemáticas existenciales?
¿Cómo reaccionar cuando hijas e hijos están insertos en consumo de drogas y alcohol, a riesgo de sus vidas, salud física, mental y bienestar?
¿Por qué las palabras de padres y madres —en los momentos de clímax de mayor violencia mortal— llegan a parecerse a las de los perpetradores?
¿Estamos ante nuevas generaciones que han perdido el sentido y la cultura del progreso y del futuro?
Seguramente el listado de preguntas y cuestiones vitales que podemos compartir es inmenso.
Lo que podemos reconocer es que el caldo de cultivo de este nuevo mal ha sido albergado en las vidas privadas, no como un acontecimiento, como una sorpresa, como algo que nació de la noche a la mañana.
Se trata de adolescencias y juventudes que —¿por ahora, por excepción?— están siendo educadas en el empoderamiento irreflexivo, en saber desafiarse para demostrarse, hasta el absurdo, sus poderes; que se solazan y se complacen en sus capacidades, habilidades y talentos para realizar y presumir su capacidad de hacer daño a los demás; no siempre solos, por supuesto, también en connivencia con bandas criminales, grupúsculos ideológicamente adoctrinados y depredadores profesionales adultos.
En realidad, en privado parecen haber incubado su tiempo de pulsión en un nudo creciente de experiencias oscuras, de acumulación de energía e imaginación desalmada, en sentido inversamente proporcional a un tiempo de orfandad social, afectiva, ética, moral, paternal, de atención, cuidado y protección de las instituciones, que a la postre se cristaliza en orfandades de Estado.
¿Se trata del nacimiento de una nueva generación de hijas e hijos, nietas y nietos, que aparecen como los nuevos asesinos, las nuevas almas desalmadas, cuyas vidas entraron en una espiral en la que, en la cima de su ceguera, se asumieron en la necesidad de demostrarse a sí mismos la autoría, personal o mimética, de experimentar la cúspide de la violencia espectacular de su propio poder?
Ello en efecto queda exponenciado con el embrujo de las redes sociales digitales a las que tienen acceso irrefrenado.
La forma en que se experimentan socialmente experiencias trágicas y atroces, con las nuevas mentes malignas juveniles y a edades cada vez más tempranas, evidencia que es importante cerciorarnos de los nuevos cursos de vida con los que se está educando a los adolescentes y jóvenes en hogares y escuelas.
En esos abismos, al parecer se arde de ira, angustia, frustración, de una autoestima exagerada, de un narcisismo cuyas patologías se manifiestan o disimulan por doquier, pero que padres, madres, abuelas, amistades y docentes advierten sin observarlas a tiempo; llegan a ser negadas o subestimadas desde el seno del hogar.
De modo que cada vez más se están nutriendo de experiencias de empoderamiento, autonomía, valores y conductas permisivas para que asuman que no necesitan de padres, madres, tutores, mentores ni autoridad alguna; se descubren y actúan ante los nuevos desafíos con lábil fragilidad, sin brújula, sin empeño más allá del afecto, el amor y los dones de crianza que profesan.
Los estudios clínicos, psicopatológicos, forenses, sociológicos, de trabajo social multidisciplinar en el ámbito de la justicia, deberán cada vez más dar cuenta de la ruta de contextos educativos, familiares, relacionales, que confluyeron en la transformación de las personalidades que llevaron a los perpetradores adolescentes y jóvenes a estos escenarios de implosión/explosión mortal.
Por ahora acudamos al texto Las orfandades infantiles y adolescentes formuladas con edificante previsión por José Sánchez Parga. La comprensión edificante de Massimo Recalcati es clave para dilucidar el malestar cultural contemporáneo que atraviesan adolescentes y jóvenes, sin implicar la dimensión más amplia de la disputa política o incluso prepolítica e individualista del sistema social dominante en nuestras sociedades.
Recalcati nos insistirá en el conflicto entre el impulso vital del deseo y el obstáculo de un principio de realidad que las generaciones anteriores hicieron coincidir con el orden existente.
Una variante analítica más provocadora, pero no menos rigurosa, está en la perspectiva criminológica, psicológica y forense que nos ofrece la italiana Roberta Bruzzone, sobre su estudio publicado en 2025 L'epoca della rabbia: Ragazzi che uccidono all’ombra di Narciso.
Todo indica que hay una acumulación de procesos, experiencias, adversidades, frustraciones y episodios que acompasan la creación de nuevas personalidades juveniles que devienen en fechorías mortales.
Los vacíos de atención, acompañamiento, autoridad, mentoría y capacidad de transmitir saberes, experiencias y habilidades de gestión de vidas implicadas en dinámicas inmanejables de ira, frustraciones y ansiedades parecen apuntar a vorágines de episodios de violencia mortal y serial en hogares y escuelas que estamos lamentando y atestiguando.
Podemos advertir la importancia progresiva de la conciencia y la actuación vital y parental, del papel vocacional auténtico de docentes —desde la infancia y el desarrollo— para saber transmitir, en los contextos hogareños y escolares, cómo vivir en el mundo.
No solo donarse en la esfera de la querencia y el cumplimiento instrumental de la docencia, sino también afrontar las conductas inadecuadas: cuando no dan su lugar a los demás o han lastimado a un par, no convencerles de que los demás no les comprenden; ni negarse a asumir que la hija o el hijo es capaz de cometer tal o cual conducta contraria a la ética o protodelictiva.
Es necesario saber pulsar, responder y tomar decisiones ante los nuevos procesos sociales mortales juveniles y construir nuevos y dialogados niveles de corresponsabilidad sociofamiliar, multidisciplinarios y de Estado.
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