Las películas de sobrevivencia en medio de bosques no son nuevas. Hace casi 30 años Anthony Hopkins enfrentó a un oso en Al filo del peligro, Liam Neeson hizo lo propio con lobos en Un día para sobrevivir y Leonardo DiCaprio ganó su Oscar por un drama que tenía un segmento no menor en ese estilo. Y ahora Brad Pitt tiene un mal día que lo lleva por el mismo sendero.
La gracia de El Corazón de la Bestia es que Pitt no está solo. A su lado está Odin, un perro fiel y altamente entrenado con quien comparte un pasado militar. Ambos deben cruzar montañas, ríos y bosques de Alaska durante decenas de kilómetros para intentar regresar a la civilización.
El camino, obviamente, no es sencillo. El estado físico del personaje de Pitt, responsable del accidente aéreo que los deja varados, es solo el primer problema. Luego están el clima, el terreno y la fauna completando una lista de amenazas que convierte cada nuevo tramo del recorrido en un desafío.
En ese entorno, la película toca todas las teclas esperables del género. Hay hermosos parajes capturados por Mauro Fiore, ganador del Oscar por Avatar, acción y riesgos constantes. Especialmente para Odin, interpretado por Uber, un encantador perro cuyas escenas están diseñadas para quitarle el aliento a la audiencia.
Por lo mismo, todo se siente bastante familiar. En mi caso, fue difícil no recordar aquellas clásicas tardes de cine de los noventa y películas como Lejos de casa, donde un niño perdido intentaba sobrevivir acompañado por su perro. Aquí cambian los protagonistas, los peligros y el trasfondo, junto al dinero de presupuesto, pero el molde es similar.

La gran diferencia es que esta es una película de David Ayer. El director sirvió en la Armada de Estados Unidos y lo militar ha cruzado buena parte de su carrera, desde los submarinos de U-571 y los tanques de Fury hasta sus historias policiales y de superhéroes, las que habitualmente han estado marcadas por una mirada bélica.
Aquí Pitt interpreta a un exmilitar perseguido por pesadillas y ráfagas de recuerdos sobre sus días en las guerras de Medio Oriente. En paralelo, Odin carga con sus propias secuelas, ya que también sufre estrés postraumático y los combates lo dejaron sin una pata, además de obligarlo a vivir con piezas metálicas en su cabeza.
Al mismo tiempo, tal y como ocurría con el Joker de Suicide Squad, Ayer vuelve a una de sus fijaciones visuales. El cuerpo de Pitt está cubierto de vistosos tatuajes que la cámara exhibe continuamente, incluso durante un viaje donde el frío, las heridas y la posibilidad de morir de hipotermia son amenazas permanentes.
Basta agregar que El Corazón de la Bestia es competente en prácticamente todo lo que hace, pero su excesiva familiaridad termina restándole fuerza. Algo parecido ocurre con los flashbacks militares: buscan entregar profundidad, pero se sienten a destiempo e inclusive reiterativas en medio de las pausas y silencios que acompañan la lucha contra la naturaleza.
Así, la película consigue construir una buena aventura de supervivencia, tiene momentos de tensión efectivos y sabe aprovechar el vínculo entre Pitt y un Odin que se roba la película. El problema es que resulta demasiado fácil imaginarla no en el cine, sino como parte de una tarde de sábado en Canal 13 durante los noventa.
Lo anterior no significa para nada que el viaje sea malo. Ayer entrega una película directa, técnicamente sólida y sostenida por el carisma de Pitt y, especialmente, por un perro imposible de no querer. Pero entre tanta nieve, bosque y peligro, El Corazón de la Bestia nunca consigue escapar de la sensación de que ya recorrimos este camino antes.
El Corazón de la Bestia ya está en cines.





