A lo largo de estas semanas he leído y escuchado cómo se construye día con día la opinión pública en torno a temas interesantes, por no decir relevantes para todos. Antes de escribir esta semana pensé seriamente en cómo abordar el tema en cuestión que se reduce al desarrollo crítico del pensamiento porque, así como el sentido común, las ideas que el pensamiento congrega divergen entre personas, intereses, regiones e inteligencia. Me alarma, lo digo sin reparos, nuestro momento histórico plagado de mediocridad de la que muy probablemente también soy partícipe en su justa medida. Me alarma, sobre todo, que la gran mayoría de las personas renuncie a pensar por temor a ser crítica. Esto no es nuevo; sin embargo, el mundo digital acentúa tanto la mediocridad como el hermetismo al que se sujeta la sociedad.

Hay una frase atribuida indistintamente al General George S. Patton y a Walter Lippmann que condensa lo que deseo plantear: si todos piensan igual, entonces nadie está pensando. Es nuestro derecho pensar diferente a pesar de los demás. En lo personal no me interesa el populismo, sea de izquierda o de derecha, del mismo modo en que no defiendo el fascismo, sea de izquierda o derecha. Esa distinción resulta impensable para algunos, sobre todo dependiendo de su filiación partidista. Pero, la supuesta izquierda mexicana, por ejemplo, llama fascista a quienes no piensan como el partido en el poder sin detenerse a examinar que los rasgos centrales del fascismo, el rechazo al liberalismo, el control estatal sobre la economía, la industria y la sociedad, describen con bastante precisión lo que ese mismo poder ejerce de manera suave sobre los intereses de la masa que denomina pueblo.

Hace un par de días, el vocalista de Metallica, James Hetfield, interrumpió por unos minutos su concierto en la Esfera de Las Vegas para declarar que al grupo no le interesa lanzar discursos políticos ni adoctrinar a su audiencia con ideas o intereses sociopolíticos. Aplaudo esa postura, sin reservas. No soy partícipe de las celebridades que recorren el mundo declarando sus ideales políticos o de género porque no me interesa lo que suman al debate: no es sustancioso. Con esto no digo que un artista no pueda expresar sus ideas, sino que si quiere lograr esa conciencia política tiene su arte y su forma de expresión para hacerlo, y depende de nosotros tomarlo o dejarlo. Son bastantes los actores con intereses políticos (pero con pobre aparato intelectual) que, cuando los verbalizan, nos repelen de su propio trabajo: Hollywood como ejemplo y en México no nos quedamos cortos. Metallica me agrada como grupo musical. Lo que tengan que decir más allá de sus discos no me interesa lo más mínimo, entre otras razones porque esos discos ya contienen su visión del mundo y su visión humana.

Todos tenemos derecho a opinar, pero nuestra opinión, a pesar de nosotros mismos, es irrelevante dependiendo del contexto. Mi opinión sobre física cuántica, sin ser especialista en esa rama de la ciencia, es completamente irrelevante. Lo mismo ocurre con el artista que vive en la metafísica: no puede opinar solo desde el corazón a un debate sustancial y crítico porque sus códigos son insuficientes, se tornan risibles y generan rechazo. Lo más relevante de William Shakespeare, de Albert Camus, de Bertrand Russell, es su obra artística y filosófica política, que no necesitaron explicarnos nada de forma panfletaria para agradar a la masa en sí. En el caso de Margaret Atwood, con “El cuento de la criada” le basta y sobra para exponernos la relación de poder y control entre hombres y mujeres.

Precisamente en ese punto, tanto Atwood como la escritora inglesa Zadie Smith han sido criticadas en los medios digitales por su postura, respecto al conflicto entre Israel y Palestina. La reportera Nadeine Asballi, en un artículo publicado en Hyphen, señala que sus ídolas literarias le han fallado porque han guardado silencio respecto al tema en cuestión. Yo diría que las escritoras tienen criterio y lo que Asballi critica en sí no es el silencio sino que Atwood y Smith no se declaran a favor de Palestina… es decir, que las escritoras no piensan como ella y no tendrían por qué hacerlo. En el caso de Metallica, veo una tendencia similar hacia la cancelación cultural porque no se declaran respecto a la guerra en Gaza o en contra del partido Republicano en EEUU. Las ideas absurdas que tengamos como personas no podemos ni debemos querer que sean validadas por nuestros ídolos ni por los demás. No sumemos, en este sentido, a la estupidez. Si alguien dice que está de acuerdo en cómo está tanto México como el mundo, está en su derecho y yo en el mío de disentir.

La masa no pierde la fe en la humanidad cuando sus ídolos no piensan como ella, sino que pierde la fe en los otros, en quienes se niegan a validar su propia superioridad moral. Eso es lo que ocurre con Atwood, con Smith, con Metallica: no se trata de silencio ni de cobardía, se trata de que no confirman el relato de quien los necesita para sentirse justificado, y eso nos habla de una soledad existencial profunda. Y también esa necesidad de validación externa, disfrazada de conciencia política, es una de las formas más cómodas de no pensar por cuenta propia… y, me atrevo a decir, de sentirse amados.

Por otra parte, la burbuja de lo políticamente correcto no protege a nadie sino que produce aquello que dice combatir: intolerancia, exclusión y pensamiento único. Quien cancela a un artista, a cualquier persona, por no declararse sobre una guerra o cualquier tema político no está ejerciendo pensamiento crítico. Está exigiendo obediencia. La diferencia entre el fascismo que tanto detestan y su propia actitud es, en ese momento, más delgada de lo que estarían dispuestos a admitir. En este sentido, la mediocridad que señalaba al inicio no es solo la de quienes no piensan. También es la de quienes piensan tan poco que necesitan que sus ídolos piensen por ellos y se indignan cuando no lo hacen. Es el berrinche de quien confundió admirar con poseer.

Respecto a la política: los fanáticos operan con la misma lógica que el fanático de un artista, solo que con consecuencias más graves. Quien vota por un partido y le entrega además su capacidad de dudar ha dejado de ser ciudadano para convertirse en portavoz no remunerado. Defiende lo indefendible, justifica lo injustificable y ataca a quien señala lo evidente, no porque tenga argumentos sino porque cuestionar al líder equivale a cuestionarse a sí mismo y eso es impensable. Esa operación psicológica es la que los partidos, de cualquier signo, más cuidadosamente cultivan porque los fanáticos siempre son un buen recurso.

Lo políticamente correcto y el fanatismo político comparten el mismo miedo de fondo: el miedo a estar equivocado. Por eso necesitan que todos estén de acuerdo, que los artistas se declaren, que los intelectuales tomen partido, que nadie se quede en silencio porque el silencio, en su lógica, es complicidad con el enemigo. El pensamiento crítico, pues, no es una postura de superioridad intelectual: es simplemente la negativa a que alguien más decida por uno; y, en palabras de Metallica: “la arrogancia y la ignorancia van de la mano”… de su canción Holier tan thou.

Hugo Alfredo Hinojosa es filósofo, maestro en comunicación política por la FLACSO y maestrando en Inteligencia Artificial Aplicada por el ITESM.