.

Desde niño, he tenido una impulsividad innata que me viene de familia y que no ha hecho más que crearme problemas. Una vez, en la escuela de primaria, salté desde la ventana de un primer piso y no pude andar durante una semana”. Este era Botchan, un joven nacido en Tokio y protagonista de la novela de Natsume Sōseki, que lleva precisamente por nombre Botchan. Sōseki es considerado uno de los grandes maestros de las letras japonesas. Tal es su reconocimiento que su retrato apareció en los billetes de 1.000 yenes y cualquier escolar debe conocer su obra. De tremenda popularidad, Sōseki comenzó escribiendo cortos relatos en formato de cómico en conocidas revistas como Hototogisu. Allí se publicó su gran éxito, Soy un gato, donde semanalmente la mascota relataba la vida de una familia de la burguesía de la era Meiji del siglo XIX. Hoy esta obra figura entre los libros más destacados de la literatura japonesa. Sōseki no tuvo una infancia fácil. Heredero de una saga de samuráis, fue educado por la familia de su sirviente. Se licenció en la Universidad de Tokio en Filología Inglesa, y es ahí donde comienza su carrera docente. En el año 1897 es enviado a la remota isla de Shikoku, un lugar donde el tiempo y la civilización seguían con paso retrasado la evolución de un creciente Japón. Este capítulo de su vida inspira su obra Botchan. Todo transcurre en una pequeña escuela rural de la prefectura de Ehime, a la que un joven profesor tokiota es enviado para alfabetizar a unos niños asalvajados. Allí se enfrenta a infinitas e imprevisibles travesuras, a compañeros arrastrados por la fatiga, el desánimo y la desmotivación. Pero Botchan sigue aferrado a su soberbia, a su exaltado sentido de superioridad social e intelectual. De nada le sirve allí, en esa remota isla apartada de la modernidad. Poco a poco su honestidad y sentido del respeto a uno mismo se abren paso. Botchan recupera su presencia, aquella que debe permanecer aquí y allá.

Seguir leyendo