Hay una experiencia tan cotidiana que rara vez pensamos en ella: escuchar nuestro nombre.
Alguien puede llamarnos desde otra habitación. Podemos reconocer una voz sin ver a quien habla, escuchar una advertencia detrás de nosotros o seguir una conversación mientras hacemos otra cosa.
Buena parte de nuestra vida cotidiana está diseñada alrededor del sonido.
Pero no todas las personas habitan ese mundo de la misma manera.
Más de 1,500 millones de personas viven actualmente con algún grado de pérdida auditiva, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud. Alrededor de 430 millones requieren rehabilitación por una pérdida auditiva discapacitante y, para 2050, casi 2,500 millones podrían presentar algún grado de pérdida de audición.
Esas cifras, sin embargo, no significan que existan 1,500 millones de personas sordas que utilicen una lengua de señas.
La distinción es importante.
La Federación Mundial de Sordos estima que más de 70 millones de personas pertenecen a comunidades sordas signantes. En conjunto utilizan más de 300 lenguas de señas.
NO EXISTE UNA LENGUA DE SEÑAS UNIVERSAL
Éste es uno de los grandes mitos.
Una persona que utiliza Lengua de Señas Mexicana no necesariamente puede mantener inmediatamente una conversación con otra que emplea la Lengua de Señas Americana o la Japonesa.
Las lenguas de señas nacieron y evolucionaron dentro de comunidades diferentes, igual que las lenguas habladas. Poseen vocabulario y estructuras gramaticales propias e incluso pueden presentar variaciones regionales.
Existe un sistema de señas internacional utilizado en reuniones y encuentros entre personas de distintos países, pero Naciones Unidas señala que es una forma de comunicación más limitada que las lenguas de señas naturales.
Y las manos son solamente una parte del lenguaje.
La posición y el movimiento del cuerpo, la dirección de la mirada y las expresiones faciales también pueden intervenir en la construcción del significado.
Una conversación puede estar ocurriendo prácticamente de pies a cabeza.
MÉXICO TIENE SU PROPIA LENGUA
La Lengua de Señas Mexicana (LSM) está reconocida legalmente como una lengua nacional y forma parte del patrimonio lingüístico del país.
La legislación mexicana la define como una lengua tan rica y compleja en gramática y vocabulario como cualquier lengua oral.
No es español convertido en movimientos.
Tiene estructura propia y variaciones regionales. Por eso memorizar algunas señas tampoco equivale a hablar LSM, del mismo modo que aprender unas cuantas palabras de francés no significa dominar ese idioma.
La diferencia incluso está en el nombre: Lengua de Señas Mexicana, no simplemente “lenguaje de señas”.
Porque no estamos hablando de una colección de gestos.
Estamos hablando de una lengua.
Para muchas personas sordas, además, una lengua de señas no es una solución provisional ante algo que les falta. Puede ser su primera lengua, una parte fundamental de su identidad y el medio con el que construyen relaciones, conocimiento y comunidad.
La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad reconoce las lenguas de señas y promueve su uso, así como el acceso a información, educación y servicios mediante ellas.
CUANDO EL PROBLEMA TAMBIÉN ESTÁ EN EL ENTORNO
Una alarma que sólo suena.
Una consulta médica sin interpretación.
Una clase impartida únicamente de forma oral.
Un video sin subtítulos.
Un cambio de puerta anunciado únicamente por altavoz.
Una reunión en la que varias personas hablan al mismo tiempo.
Son situaciones aparentemente ordinarias que permiten mirar la sordera desde otro lugar: la barrera no siempre está en quien no oye; también puede estar en la manera en que diseñamos la información y el entorno.
Una señal visual puede complementar una alarma sonora. Los subtítulos pueden convertir un video inaccesible en información disponible. Un intérprete puede abrir una conversación que de otra manera estaría cerrada.
No se trata únicamente de tecnología. Se trata de permitir que la misma información pueda llegar por caminos diferentes.
Y el asunto trasciende a las comunidades sordas. Más de 1,000 millones de jóvenes están en riesgo de sufrir pérdida auditiva debido a prácticas de escucha inseguras, de acuerdo con la Organización Mundial de la Salud.
La pérdida auditiva no atendida tiene además un costo mundial cercano a un billón de dólares cada año.
CUANDO EL OTRO TAMBIÉN APRENDE
Hay otra idea que suele quedar fuera de la conversación: las lenguas de señas no son utilizadas únicamente por personas sordas.
También pueden aprenderlas y utilizarlas padres, hijos, hermanos, parejas, amigos, docentes, intérpretes y compañeros oyentes.
Cuando eso ocurre, cambia algo fundamental.
La responsabilidad de comunicarse deja de recaer únicamente sobre la persona sorda.
No es ella quien siempre tiene que adaptarse a una conversación construida para quienes oyen; quienes la rodean también pueden aprender otra manera de conversar.
Cada 23 de septiembre se conmemora el Día Internacional de las Lenguas de Señas. La fecha recuerda la creación, ese mismo día de 1951, de la Federación Mundial de Sordos.
En 2026 hay además una coincidencia especial: se cumplen 75 años de la Federación Mundial de Sordos y 20 años de la adopción de la Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad.
En el planeta se hablan miles de lenguas.
Más de 300 se pueden ver.
Quizá comprenderlas empiece por una idea sencilla: comunicarnos no debería significar obligar siempre al otro a entrar en nuestro mundo.
A veces también significa aprender a entrar en el suyo.


