Donald Trump nunca ha ocultado que quiere el Premio Nobel de la Paz. El galardón ocupa un lugar curioso en su imaginación, entre resolver los conflictos del mundo, ganar todas las discusiones y poner su nombre en otro edificio. Así que imaginemos la posible irritación en la Casa Blanca ahora que se habla del primer ministro canadiense, Mark Carney, como posible ganador.

Hay un detalle: el Comité Nobel Noruego no revela los nombres de los nominados y el plazo para proponer candidatos al premio de 2026 cerró hace meses. Las especulaciones públicas no nos dicen siquiera si Carney figura en la lista. Pero el experimento mental es demasiado bueno para dejarlo pasar.

Carney ha dedicado buena parte del último año a presentar a Canadá como un país decidido a defender su soberanía, diversificar sus alianzas y cooperar con otros gobiernos sin esperar el permiso de Washington. México, por favor, tome nota. En septiembre, durante la Asamblea General de la ONU, se sumó a una nueva coalición en defensa del multilateralismo y anunció otros 100 millones de dólares canadienses para Palestina, principalmente en asistencia humanitaria.

Su gobierno afirma que Canadá ha cerrado más de 20 acuerdos económicos y de seguridad en cinco continentes. Durante la presidencia canadiense del G7, en 2025, Carney incorporó al diálogo a países como Brasil, India, México, Australia y Sudáfrica. Después, Canadá se convirtió en el primer país no europeo en participar en el mecanismo de adquisiciones de defensa SAFE de la Unión Europea. En casa, su gobierno impulsa inversiones en energía, electricidad, infraestructura y minerales críticos. Habrá que ver cuántos acuerdos cumplen sus promesas. La diferencia es que intenta hacer de la soberanía canadiense algo más útil que un discurso.

¿Basta eso para ganar el Nobel de la Paz? Difícilmente. Diversificar el comercio y comprar equipo militar no equivale a firmar tratados de paz, y hay personas que hacen un trabajo extraordinario para poner fin a guerras reales. Pero el método de Carney ofrece un contraste incómodo con la manera en que Trump busca reconocimiento internacional: anuncia que resolvió un conflicto, se atribuye el mérito y recuerda al mundo que nadie más habría podido hacerlo. Cuanto más compleja la guerra, mayor la victoria retórica.

Y ahora viene la pregunta deliciosamente incómoda: ¿qué pasaría si Carney ganara?

El premio iría al líder de un país vecino cuya soberanía Trump ha tratado como si fuera negociable. Peor aún: Carney obtendría precisamente el reconocimiento internacional que Trump tanto ha buscado para sí mismo. Casi se puede oír la protesta presidencial: Yo lo hice famoso.

Por fortuna para Trump, existe un precedente de consolación. En diciembre de 2025, la FIFA le entregó la primera edición de su recién creado Premio de la Paz. Gianni Infantino se lo concedió durante el sorteo del Mundial. No era exactamente Oslo, pero había medalla, trofeo y un maestro de ceremonias suficientemente entusiasta.

Si Carney se lleva el Nobel, Trump siempre podría inventar otro galardón: el Premio Trump de la Paz para la Paz. Sin comité noruego. Sin incómodas reglas de confidencialidad. Sin esperar los votos de nadie. Bastarían una orden ejecutiva, un trofeo dorado más grande que la medalla del Nobel y un jurado compuesto por Donald J. Trump.

¿El primer premiado? Donald J. Trump, por sus “contribuciones excepcionales a la paz, la estabilidad internacional y el esfuerzo general por impedir que los premios se entreguen a cualquier otra persona”.

Incluso podría haber un beneficio inesperado para Canadá. Trump tendría que reconsiderar aquella fantasía de convertirlo en el estado número 51. Imaginen la humillación: el gobernador del nuevo estado gana el Nobel de la Paz mientras el presidente tiene que conformarse con el de la FIFA.