Pues bien, henos aquí: en el Correo Español, en el barrio de La Lagunilla. Hemos hecho una pausa estratégica en nuestro recorrido para que mi amigo conozca, aunque sea a ojo de pájaro, este añejo y libérrimo lugar fundado en 1943, auténtico oasis y abrevadero de prosapia en la calle Peralvillo. Apostados en la serpenteante barra, con nuestros tintineantes vasos jaiboleros colmados de Bacardí, nos recuperamos de la asoleada, refrescamos el gañote y gozamos de la apacible soledad del lugar.
De suntuosas pero pasadas formas, El Correo guarda en su interior un aire de rancio oropel. Las mesas, vacías, forradas con manteles pulcros y percudidos, las vitrinas de turbios cristales de polvo adherido, los cuadros destartalados, las sillas de ebanista, melladas y torcidas… Mientras nos bajamos nuestros traguitos, aprovecho para contarle a mi amigo un episodio que, de acuerdo con las crónicas, sucedió en las postrimerías de la Batalla por Tenochtitlan.
“Como ya hemos comentado, Tenochtitlan cayó con la captura de Cuauhtémoc, el 13 de agosto de 1521. Pero desde días antes, la batalla comenzó a inclinarse a favor de los conquistadores. La tarde del 28 de julio de ese año, Hernán Cortés al fin logró hacerse del control total de la Calzada Tepeyac, una de las más importantes de la ciudad y la última en resistir el asedio europeo. Nervioso, el capitán y escritor extremeño cabalgó despacio en su caballo por esa vía, empapada por una lluvia de tres días, con dirección al norte. Lo seguían sus oficiales a caballo y más atrás, a pie, buena parte de sus huestes. Algunos hombres llevaban un kilo de barro en las suelas”.
¡Salúd, amigo! Continúo: “Poco antes de llegar al punto en el que la calzada se bifurcaba –hacia Tlatelolco y el Tepeyac–, Cortés sofrenó su caballo alazán y miró, con horror, un siniestro hallazgo: el tibio y humeante tzompantli que los mexicas habían levantado al pie de la calzada, sobre el embarcadero de Yacacolco, en una zona de casas de “magnates” tlatelolcas, que en los últimos días había funcionado como cuartel del tlatoani Cuauhtémoc”.
¡Ah, pero qué bien me está cayendo este Bacardí! Y a mi amigo igual.
Tomo, brindo y retomo: “En su mayoría, la sangrienta empalizada estaba conformada por cabezas de soldados españoles, identificables por sus barbas y por las testas de sus caballos también estacadas. Cortés, con el rostro desolado por el horror, sintió que una de esas cabezas sangrantes de pellejos renegridos lo miraba con ojos ardientes como farolas de otro mundo. Y una corriente de miedo le erizó la piel. A juzgar por la frescura de los restos, el ritual de sacrificio habría sido no hace mucho. Ante la escena, el ejército español que acompañaba al conquistador hizo un silencio absoluto. Un silencio espantoso, como de muerto”.
“Al cabo de un rato, Cortés recuperó la vertical. Recobró el control de sí mismo y el miedo se tornó furia. Con ahínco, se apoyó en su espada, taloneó violentamente a su caballo y tiró de las riendas para retomar el trote. Así llegó a un pequeño puente que cruzaba una acequia –que más tarde será conocida como de Santa Ana–, para tomar, hacia la izquierda, el camino que conducía a Tlatelolco. Doscientos metros adelante lo esperaba uno de sus más insignes capitanes: el brutal Pedro de Alvarado, que en días previos –entre el 25 y el 26 de julio– había tomado la Calzada de Nonoalco, así como el control del Recinto Sagrado de Tlatelolco. Los mexicas tenían contados los días”.
Bien sorbidos nuestros tragos, pedimos la dolorosa y salimos del Correo. Afuera, una solitaria nube borra las sombras. Reanudamos nuestro andar por Peralvillo y llegamos, nuevamente, a la Plaza Santa Ana. “Aquí, en esta plaza, estuvo el embarcadero de Yacacolco –le comparto a mi amigo–, del que acabamos de hablar. Fíjate cómo la banqueta sigue la traza como la de un atracadero. Y al centro, más o menos donde está esa banca –señalo–, estuvo el tzompantli que le puso la piel de gallina a Cortés”.
Caminamos y nos encontramos de frente con la Iglesia de Santa Ana Atenantitech, de barroca fachada y áureo retablo. “Ahí tuvo su asiento el último cuartel de Cuauhtémoc”, anoto. Así, pasando la taquería Los Panchitos, llegamos al cruce de Matamoros y Peralvillo. Desde esa esquina le señalo a mi amigo otras referencias del episodio:
“En este cruce estuvo el puente por el que atravesó Cortés. Debajo, por lo que hoy es Matamoros, corría la acequia de Santa Ana. También en este punto la calzada se dividía: derecho, Peralvillo se extendía hacia el Tepeyac y, a la izquierda, por la ahora calle Parcialidad, que antes se llamó Camino a Santiago, se llegaba a Tlatelolco. Sobre ese camino, más o menos a la altura de avenida Reforma, se encontraron Alvarado y Cortés”.
Seguimos nuestro andar por Matamoros, hacia el oriente, y entramos en los territorios del barrio de Tepito. Conforme más nos adentramos, los toldos de los puestos van cerrando el azul del cielo abierto. Matamoros se oscurece, se transforma en una serie de negros y densos pasadizos paralelos, por los que discurren cientos de almas y siluetas enfebrecidas.
En un punto la oscuridad es casi total. Y algunos locales aprovechan las tinieblas para ambientar, a de las 3 de la tarde, álgidas tomadurías con cariz de antro. Mesas periqueras, luces estrobo y, sobre todo, música a todo lo que da. Algunos antros incluso ofrecen música en vivo. Salsa, cumbia, reguetón…, por aquí y por allá crujen bocinas a reventar.
Cual bíblico milagro, un claro de luz se presenta ante nosotros. Es la salida a la calle Jesús Carranza, lo que indica que hemos llegado a nuestro destino: La Principal. Salimos del sonoro underground de puestos, y nos topamos cara a cara con el último reducto cantinero de Tepito. “¡Está cerrado!”, anota con frustración mi amigo.
Pero no es así. Desde hace algunos años, La Principal trabaja a puertas cerradas. Escondida de los ojos del mundo. El “Ábrete Sésamo” es tocar tres veces rasgando la cortina. Una diminuta puerta se abre y un aguzado mesero nos da acceso. Detrás de la barra art decó, nos recibe don Eduardo Patiño, dueño y anfitrión de este congal y una leyenda viva del barrio, pues es famoso por sus amplias habilidades quijotescas de “enderezar tuertos y desfacer agravios”, o sea: curar crudas apocalípticas. El asunto le ha valido el afectuoso apodo de Dr. Lalo. En una de esas proezas, por cierto, fue que don Lalo inventó los afamados “Azulitos”.
Continuará…





