Intro

En 2013 publiqué un texto con el título de esta columna. Sin embargo, ha desaparecido del internet. Con “De grandezas mexicanas” hacía referencia a las obras y testimonios de Bernardo de Balbuena y Salvador Novo, y a un libro de René Avilés Fabila aparecido en 2010. Me interesa reproducirlo ahora agregando que, a partir de 2018, con el cambio democrático acontecido entonces en el país, su ratificación en 2024, y la prospectiva en los años por venir, bien vale la pena pensar en una revisión de esa grandeza mexicana. Grandeza contextualizada en el proceso de cambio que hemos impulsado los mexicanos y que estamos viviendo con la expectativa de hacerlo permanente, de no permitir la regresión; naturalmente, tiene que ser una visión sobre todo el país, no sólo sobre su capital.

Por cierto, el expresidente López Obrador publicó en 2025 su libro Grandeza, y la actual presidenta Sheinbaum Pardo ha lanzado con determinación institucional la frase “legado de grandeza”; sin duda, libro y frase se vinculan con esa grandeza ya registrada por Balbuena desde el siglo XVI. ¿Basta con estas perspectivas con base en la personal interpretación política de la historia o hay que aproximarse a una de carácter histórico, filosófico, antropológico artístico y literario? Por lo pronto, va mi texto de 2013:

De grandezas mexicanas

“La casa en que vine al mundo se encontraba en la esquina de las calles de Donceles y del Factor (hoy Allende). Desde los barandales de hierro de los balcones, solíamos contemplar la llegada de Don Porfirio a la antigua Cámara.”

(Jaime Torres Bodet, Tiempo de arena).

Hay infinidad de libros sobre la ciudad de México, sobre la experiencia y aun el “amor” de sus autores por ella; de quienes la han vivido. Hay dos de ellos, sin embargo, que son considerados clásicos y un tercero reciente que en la misma línea evoca a sus predecesores y recrea la ciudad desde su perspectiva.

Aparte de título semejante, los tres comparten en cierto sentido algo en común: aunque con admiración, fueron realizados por encargo:

1. Grandeza mexicana, de Bernardo de Balbuena. Español nacido en 1562, llegó a México en 1584 para alcanzar al padre de quien era hijo bastardo y quien se había alejado de él cuando apenas cifraba los dos años de edad. Se ordena sacerdote y en 1593, a petición de Doña Isabel de Tobar y Guzmán, de quien se dice estaba enamorado (los curas siempre han tenido corazón), escribe Grandeza mexicana, un prolongado poema en tercetos con el cual describe su admiración por la ciudad de México y que aparecerá publicado hasta 1604. Ni el amor ni la pasión por la carne ciegan sin embargo al cura-poeta Balbuena (cuyo apellido sería utilizado en calles, escuelas, colonias y una estación del metro), y regresa a España para jamás volver a suelo mexica. Se dice que, con todo, en la capital del imperio o en su muerte en Puerto Rico, siempre pensó en su estancia en el virreinato español; quizá en la mujer abandonada.

2. Nueva grandeza mexicana, de Salvador Novo (Espasa-Calpe, 1947). Poeta desparpajado, crítico, mordaz, lenguaraz (viperino le han dicho), de la generación de Los Contemporáneos, nacido en 1904. Es uno de los autores más prolíficos y brillantes del grupo al cual se le adhiere, ya sea en poesía o prosa, como crítico o cronista cultural. “En 1946, el Departamento del Distrito Federal convocó a los escritores a un concurso sobre la ciudad de México. Resolví ganármelo… El público lector y la crítica lo acogieron y lo siguen acogiendo con entusiasmo” (Protagonistas de la literatura mexicana. Entrevista de Emmanuel Carballo a Salvador Novo). Es el libro clásico de la modernidad sobre la ciudad.

3. Antigua grandeza mexicana. Nostalgias del ombligo del mundo, de René Avilés Fabila (Porrúa, 2010). Nacido en 1940, novelista, ensayista, periodista cultural, crítico de la política nacional, conoce al nacer el esplendor de la ciudad, de la cual se dice, particularmente durante la década de los cincuenta, fue “maravillosa”. Y quizá así haya sido si se considera el boom mexicano tras la nacionalización petrolera, el crecimiento del mercado interno como consecuencia de la segunda guerra mundial, el continuo florecimiento de las artes, música, cine, pintura, literatura, danza, etcétera (iniciado en la década de los 20 con el impulso de José Vasconcelos como rector de la UNAM primero y creador de la SEP, más tarde). Es pues natural que con el tiempo, si se vive un proceso de reversión, se experimente añoranza por un pasado que, en cierta manera, sí fue mejor (a propósito, qué extraordinaria película, visual y argumentalmente, Media noche en París, de Woody Allen, sobre el tema de “todo pasado fue mejor”).

Aunque fue un impulso personal gestado por años, el autor señala sobre su texto: “Este trabajo es el resultado de una tarea dominical que me encomendó la escritora Silvia Molina, en ese momento, directora del Centro Nacional de Información y Promoción de la Literatura del INBA. Un paseo de recuerdos por el centro histórico lo que me permitió recrear hermosas nostalgias”.

Recorriendo el centro de la ciudad se propone no sólo expresar su admiración, también el concepto de que durante el tiempo de la grandeza perdida o en decadencia, la ciudad fue habitada por grandes personalidades del arte y la literatura que él conoció, vio y/o trató. Sobre todo se explaya en la descripción de la ubicación geográfica de artistas y escritores, incluyendo a miembros cercanos de su propia familia.

El México descrito por Novo es el que de niño, adolescente y joven, conoció Avilés Fabila. Sin embargo, en el tránsito hacia la madurez algo sucedió que cambió radicalmente la ciudad y asimismo la perspectiva del autor. ¿Para bien o para mal? Depende de cómo se vea. Y es en este punto donde encuentro coincidencias y divergencias.

Dos condiciones fundamentales modificaron la íntima ciudad de Balbuena, Novo y Avilés. 1. El paso del tiempo, por supuesto, que a partir de la década de 1970 trajo la superpoblación de la ciudad. 2. El cambio en la condición política de la misma; de ser una ciudad gobernada por un jefe de departamento designado verticalmente por el poder ejecutivo, a vivir un proceso democrático formal en el cual ese jefe es electo por los ciudadanos.

Para René Avilés este cambio ha resultado básicamente negativo, de allí el título de la obra, que exalta la antigua grandeza de la ciudad, aspira a la restauración o retorno de una posible nueva grandeza. Negativo porque la ciudad, las calles, el zócalo, y otros puntos, se han degradado con la llegada de lo que se conoce como izquierda al gobierno de la ciudad (izquierda en términos relativos, en el sentido de Cosío Villegas), cuando la “demagogia y la charlatanería se impusieron”.

Avilés se queja de los políticos de izquierda, por su falta de congruencia, porque muchos de ellos salieron del PRI. Ve con verdadero desprecio el uso que se le ha dado al zócalo, desde el político de concentraciones masivas al de zona de recreación: playa, pista de hielo, antro de mala música, etcétera. Y, naturalmente, lanza una ácida mirada sobre el ambulantaje.

Excepto el primer punto que apelaría a una congruencia ideológica absoluta imposible en este país (por eso hay que someter a escrutinio al individuo, no verlo solamente desde el conjunto del partido), no podría estar más de acuerdo con Avilés en contra del uso del entretenimiento desvirtuado, facilón y aun repulsivo que contradictoriamente se ha impulsado desde Cuauhtémoc Cárdenas a Miguel Mancera. Terrible música, más bien ruido, que ya de por sí es la que se reproduce todos los días en la radio y la televisión comercial a nivel nacional. En relación a la pista de hielo, la crítica es relativa, pues se estila en muchas ciudades del mundo. En cuanto a las concentraciones políticas…, si tan solo México fuera un país de condiciones democráticas plenas; mientras tanto, todo es posible.

El ambulantaje también es un problema aun para ciudades como Nueva York. Hay que decir, sin embargo, que se ha percibido un combate constante en el centro histórico. Las principales calles están ausentes de ellos, excepto de los furtivos. Demandaría yo más bien una limpia del intolerable y peligroso ambulantaje en el sistema del metro, tanto en vagones, como pasillos y entradas; esta sí sería una exigencia urgente e inaplazable.

Y sin embargo, con todo, desde una perspectiva objetiva y considerando la ciudad más allá del centro histórico, se está mejor ahora que en los últimos tres decenios del siglo pasado.

La decadencia de la añorada ciudad de Avilés inició sobre todo en los setenta. Treinta años de olvido, abandono, violencia, corrupción. Venir a la ciudad de México durante esa época era no sólo peligroso, sobre todo anti estético; era una ciudad brutalmente grotesca. Ciudad gris, contaminada (los pajarillos amanecían muertos en las calles), sin obra pública, sin forestación, sin sentido sanitario, con el ambulantaje creciente permitido, estimulado, utilizado por el PRI (los permisos primeros de ambulantes en el metro fueron otorgados por dicho partido).

El que se haya votado al jefe de gobierno, delegados y asambleístas ha permitido la observación y la crítica. Y se ven los resultados: reconstrucción, “embellecimiento” del centro histórico y de colonias como la Roma y Juárez. Calles peatonales; a las que se incorporará 16 de septiembre. Red de metro-bus. Obra pública constante (aunque no guste al “espíritu” de izquierda, incluso “complejos” como el de Santa Fe hablan de crecimiento, de inversión, de empleos; y aunque muchos critiquen también la activa participación de Carlos Slim). Programas sociales (mal vistos inicialmente, para luego ser burdamente copiados por PRI y PAN; ciudades como Nueva York o Berlín también los tienen). Impulso a derechos humanos básicos para todos. Programas de reforestación, uso de bicicletas,…

Elegir a los gobernantes de la ciudad terminó parcialmente con la terrible pesadez de esos al menos 30 años previos a la elección de 1997 que arruinaron la ciudad ideal de Novo y Avilés. Elegir un gobierno relativamente de izquierda permite la crítica; demandar, exigir. Por ejemplo, la obra de Avilés, publicada en 2010, denuncia el descuido, el maltrato, la pérdida de brillo y dignidad, la fealdad, la basura, el ambulantaje de la alameda central (“Afortunado Novo: ya no vio tal descuido de un jardín majestuoso y entrañable para la capital.”). Independientemente de la opinión personal sobre la estética, en 2012 se ha restaurado la alameda, se ha reforestado y vaciado de ambulantes (que sea de manera permanente; al igual que en la nueva línea del metro, la número 12). Durante los años del jefe de gobierno impuesto por el presidente, no hubo buenos deseos para la ciudad, esta era sólo un botín para el saqueo, un trampolín para mejores posiciones en el gobierno federal (por supuesto, nunca se está del todo exento de ello).

Si después de treinta años de abandono, saqueo y abuso de la ciudad ha habido un momento para exigir su restauración, incluyendo el centro histórico, en él estamos. Ahora es cuando se debe demandar todo lo mejor posible para ella y sus ciudadanos, cuando se debe establecer firme el reclamo de extirpar las prácticas tradicionales de México, comenzando con el autoritarismo y la corrupción.

Como estudiante llegado de la provincia, conocí la ciudad en la irrespirable atmósfera de mediados de los ochenta y los noventa (reino absoluto del priismo; con el panismo la asfixia se volvió nacional). De profesores y de textos como el de Salvador Novo y René Avilés Favila, de películas, obras de teatro, fotografías, supe que las décadas de los cuarenta y cincuenta fueron “las mejores” del siglo XX para la ciudad.

Lo único que mis sentidos alcanzan a percibir, por lo ya expuesto, es que la ciudad se vive mejor ahora que durante ese ínterin de brutal y sorda decadencia entre 1970 y 1997. Natural, siempre se puede esperar algo mejor. Sobre todo, si en el núcleo del interés de gobernantes y ciudadanos se ubicara, ideal, utópicamente, el arte y la cultura; como en los cincuenta, los cuarenta, los veinte…

P.d. Y que se impulse una política contra los propietarios que no recogen el estiércol de sus perros y contra taquer@s, garnacher@s y tamaler@s que despachan y cobran al mismo tiempo y con la misma mano.

la grandeza mexicana, libro de bernardo de balbuenazona arqueológica de teotihuacán

Héctor Palacio en X: @NietzscheAristo