El diputado Javier Olivares (PDG) no pierde oportunidad para ofender. Las busca. Antes lo hizo usando una capa estilo Pinochet. Esta vez fue atacando a la expresidenta Bachelet y a la exalcaldesa Matthei. Tras el “no hay segunda sin primera”, la frase que dejó dando vuelta la idea de una tercera candidatura a la presidencia, el diputado la mandó de vuelta a la cocina. A la chilena que más lejos ha llegado en la esfera pública en nuestro país, él la envió al espacio de lo doméstico. “Ojalá que la señora Bachelet se vaya a su casa y que disfrute a sus nietos, que esté con ellos y que esté lo más alejada posible del debate político”. Y luego fue más allá: “Le deseo mucha suerte, podría seguir los mismos pasos de la señora Matthei, cocinar y hacer unas buenas cazuelas para enseñarle a la gente”, añadió.

Me dirán: ¿para qué contestarle a alguien que solo hace esto para provocar, para llamar la atención, tener unos retuiteos y unos like? Es un punto válido. Hablar de él, describir en esta columna sus frases, es darle más repercusión a algo que quizás sería mejor omitir o bajarle el perfil. No darle la atención que tanto anhela y que busca desesperadamente.

Sin embargo, si se deja sin respuesta cada barbaridad machista que emerja, es posible que el backlash en curso, esta ola de intento de retroceso en igualdad de género, avance. Y que por guardar silencio se corra el riesgo de que se vaya moviendo la vara de a poco, hasta que, como con la rana en agua hervida, las alertas se levanten cuando ya sea tarde. (De hecho, siguieron después las frases del senador Carter contra Matthei –“ojalá que cuando llegue yo a su edad no termine así”–, y de Kaiser contra Bachelet, a quien considera que está mayor y “deteriorada”.

La frase del diputado Olivares es ofensiva hacia ambas, pero no solo hacia ellas. Constituye un ejemplo de hostilidad y discriminación hacia las mujeres, especialmente hacia las que habitan el mundo del poder. En vez de discutir lo que ambas piensan, hacen, postulan –hoy y antes–, traslada el debate hacia el ninguneo de sus figuras, hacia su banalización. Ambas, personas clave de sus respectivos sectores. Bachelet, dos veces Presidenta; Matthei –lo olvidan quienes hoy, desde su sector, la trolean– fue la figura mejor evaluada de la derecha por años. Olivares las ningunea y las manda de vuelta a la cocina a hacer cazuelas. Hace suyo aquello que postula la “manósfera”: que las mujeres han alcanzado demasiadas posiciones de poder, y que hay que devolverlas al lugar de donde nunca debieron salir: el espacio de lo privado. Es difícil encontrar una frase tan químicamente pura de misoginia como la suya. Trasunta el desprecio desde el machismo hacia las mujeres con poder y trayectoria. De ese machismo deriva que las líderes politicas sean tan severamente juzgadas cuando se equivocan, y tan ambivalentemente celebradas cuando aciertan. (Y para qué decir cómo eso se viraliza en redes sociales). No es raro que por eso mismo haya mujeres que no quieren estar en espacios de poder, doblemente duros si se es mujer.

Y en segundo lugar, Olivares banaliza las labores de cuidado, a las que ve como plan “b”, tras fracasar o quedar fuera de juego. Como un premio de consuelo, algo para “perdedores”. “Que se vaya a cuidar nietos”, su frase, ofende a abuelas y abuelos que cuidan y quieren a sus nietos, no porque no tengan nada más que hacer, sino porque lo consideran un regalo de la vida. No el espacio de lo devaluado, sino de lo valioso. La frase de Olivares refleja el prejuicio que obstaculiza que los hombres ejerzan más las labores de cuidado: que es visto, al menos para personas como Olivares, como labor subalterna, de segunda categoría, sin importancia social ni personal. Qué miopía social y personal. Como si la sociedad entera no dependiera de quienes cuidan, y nos cuidaron, y que lo hicieron no porque no tuvieran nada más que hacer, sino porque lo consideraron importante, gratificante, maravilloso, pese a su complejidad. Y significativo, profundamente significativo, tanto para quienes lo reciben como para quienes lo dan.

Lo que la sociedad necesita es mostrar a mujeres como hombres que cuidan a otros, y que lo hacen porque es importante, como parte de un proyecto de vida que también incluye, por cierto, el trabajo, el que debe ser compatible con cuidar. Si no se sale del esquema en que o se trabaja o se cuida, la sociedad no tendrá destino, será una sociedad sin niños. Si compatibilizar ambas cosas continúa siendo un malabarismo agotador para las mujeres, Chile seguirá cuesta abajo en su tasa de fertilidad, hoy de niveles de país asiático, la peor de la región.

El diputado de la capa intentó reírse de Bachelet y de Matthei, exponerlas y ridiculizarlas.

Pero el único que ha quedado expuesto y en vergüenza ha sido él.