Baudelaire, Wilde, Freud, Eliot, Spengler se refirieron a la decadencia en términos muy distintos, a veces del todo contrapuestos. Y en el Chile de la primera mitad del siglo XX: Enrique Mac-Iver, Alejandro Venegas, Francisco Antonio Encina, Tancredo Pinochet Le Brun, Jenaro Prieto, Inés Echeverría, Joaquín Edwards Bello, Fidel Araneda, entre otros.
La decadencia es como una extinción que no sabe por dónde empezar. Lo son las formas que se pierden, pero también el exceso de ellas. Las primeras no tienen ganas de nada; las segundas, de que nada sea realmente importante.
Decadencia es la envidia de lo que no se hizo a tiempo y que ahora hace otro, se supone, aunque erróneamente, peor. Es andar pensando que el mundo se derrumba, tal vez porque no se haya ido a mirar más lejos.
No sentir curiosidad por los ancestros. Y más aún, enterarse solo de los que tienen aquí y ahora desempeño social. Es desconfiar de todos o confiar en todos. Es tomar decisiones de acuerdo con fuerzas ínfimas. No querer saber de nada nuevo y, aunque parezca extraño, tampoco de nada viejo. Que los ciclos se repitan cada vez más pronto, de tal suerte que deje de existir algo narrativo y singular que se llama historia.
Despreocuparse de la belleza lo es bastante (tanto como moverse exclusivamente por ella). Es considerar ridículos a los ingenuos y admirar como hábiles a los descarados. Que cada persona viva y muera en el sitio donde vino al mundo.
Decadente es pretender que lo que ocurra por fuera no exista y, si es imposible negarlo, que su único destino sea el fracaso. Que nadie haga nada, diga nada, piense nada, crea nada, sueñe nada. Es pensar que todos piensan en uno, o sea, en lo mismo y al mismo tiempo.
Es controlar en los hechos o mentalmente lo que los otros hacen. Es odiar lo raro como también idolatrarlo. Que solo la boca trabaje y las manos sean casi vírgenes. Querer seguridad total y omitir a quienes la necesitan como si fuesen peticiones de mal gusto.
Decadencia es evitar el esfuerzo de leer. Es el amor al pasado por inconfesable odio al presente. Es el odio al pasado por creerlo ajeno. No ser leal o serlo exageradamente, casi seguro por cobardía.
Decadente es mirar la realidad solo a través de anteojos de sol (léase: telescopios, microscopios, etc.). Ir siempre escuchando música para no tener que escuchar el mundo. Ignorar el nombre de cerros, ríos, caminos, plazas, parques, pájaros, insectos, flores, arbustos, hierbas, piedras. Exigir que todos sean amigos o que nadie lo sea.
Soñar con ser notario, diplomático, consorte, como equivalencia de ganarse la lotería. Es menospreciar la patria propia y admirar otras sin un mínimo escepticismo, entre lo cual está tatuarse un ideograma (o algo que no sea legible y idealmente eterno).
No soportar tener la culpa es muy decadente. Ser exclusivamente víctima. También querer ser otro sin dejar de ser sí mismo.
Escribir, leer esta columna, no entenderla o entenderla demasiado. Es pensar obsesivamente en la decadencia. En fin, decadente no lo es todo, sí mucho.
Por Joaquín Trujillo, investigador del CEP





