Esta regla de oro para la vida misma es también la invitación más honesta que podemos hacernos en la política. Los partidos en general han perdido credibilidad, y es momento de reflexionar sobre por qué seguimos confiando en los mismos patrones de siempre esperando un resultado distinto.

A menudo deseamos un cambio profundo, pero en cada ciclo electoral terminamos aceptando las mismas propuestas de siempre. Esta distancia entre las promesas y la realidad ya no solo la siente la ciudadana y el ciudadano. También la vive la propia militancia, esos hombres y mujeres que trabajan por convicción y ven cómo sus esfuerzos no se reflejan en las decisiones de las cúpulas.

El verdadero reto no es señalar culpables, sino evaluar nuestra propia coherencia. Si en el día a día valoramos a las personas por sus acciones y no por sus palabras, la política no debería ser la excepción. Priorizar las conductas reales por encima de los dobles discursos es el único camino para devolverle el verdadero valor a la política.

Juntas y juntos impulsemos una ciudadanía activa y analítica que valore los hechos por encima de las promesas, que fortalezca el respeto a la trayectoria y que construya puentes hacia un futuro donde la confianza mutua sea el eje de toda acción.

Jennifer Islas. Política y conferencista.

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