SEÑOR DIRECTOR:
En su columna “Una demanda social con nombre, apellido y título profesional”, Tatiana Klima advierte que el desempleo de 15% entre universitarios de 25 a 29 años, con una tasa nacional de 9,5%, es una promesa incumplida. Coincido en la urgencia, pero para profundizar en la discusión y avanzar en propuestas es conveniente separar dos responsabilidades que suelen confundirse.
Los datos de Mifuturo para las cohortes 2014 a 2023 muestran que la empleabilidad de los recién titulados sí sigue a la economía. Su correlación con el desempleo nacional es de -0,72. Igualmente, entre 2015 y 2019 subió la desocupación, y la proporción de titulados que al primer año ganaba al menos el sueldo mínimo cayó de 74% a 61%. Ninguna institución escapa a un mercado laboral débil y reactivar el empleo es tarea del país.
Sin embargo, el ciclo económico explica sólo un 15% de las diferencias entre universidades. Cerca del 71% son brechas que se repiten año tras año, con buena o mala economía. Ello tendría más que ver con las carreras que se ofrecen, con su pertinencia, el grado de vínculo con empleadores y la calidad de la formación. Por esa razón, las universidades hemos tomado con gran responsabilidad el desafío de mejorar los niveles de empleabilidad de las carreras que ofrecemos.
La frustración que describe la columna tiene, por tanto, dos destinatarios. Culpar solo a la economía exime a las instituciones de responder por lo que sí controlan, como la transparencia en la empleabilidad de cada programa y el ajuste de su oferta. Culpar solo a las instituciones ignora que, en un mal año, retroceden incluso las carreras con mejores resultados.
Ricardo Carbone B.
Universidad Católica de Temuco




