La derrota de Luiz Inácio Lula da Silva en las elecciones en Brasil del domingo pasado tiene consecuencias sísmicas para la política mexicana. Falta la segunda vuelta, que será el próximo 25 de octubre, pero en esta primera vuelta no sólo Flávio Bolsonaro obtuvo 2.3 millones de votos más que Lula, sino que se quedó con la mayoría de los estados, con el Senado y con la Cámara de Diputados. Si por alguna extraña razón, el PT de Lula pudiera ganar en la segunda vuelta (no se ve de dónde pudiera sacar los más de seis puntos que necesitaría para ello) tendrá dificilísimo gobernar en una situación de minoría en un país radicalizado y en el cual todos los centros políticos y económicos, todas las grandes ciudades, han quedado bajo el control de Bolsonaro.
Es un fracaso total del hombre que ha sido el mayor representante de la izquierda latinoamericana en las tres últimas décadas y que iba por su cuarto periodo presidencial. Y es un fracaso también de una izquierda que, incluso en contra de lo que fueron los primeros años de Lula en el gobierno, se fue radicalizando cada vez más y convirtiendo su proyecto en excluyente y carcomido a lo largo y ancho por la corrupción.
Tuve oportunidad de conocer personalmente a Lula cuando yo era un muy joven estudiante, viviendo unos meses en Brasil, y él un dirigente del sindicato metalúrgico de Sao Paulo. Un hombre que venía de la mayor de las pobrezas, que había estudiado hasta tercero de primaria, pero que tenía, ya entonces, un enorme instinto político para moverse en aquellas épocas de dictadura en Brasil.
Tenía en aquellos años, lo conservó, mucho apoyo de sectores jesuitas y de organizaciones de izquierda radical. Pero se fue conformando como un dirigente que, luego de dos derrotas en sucesivas campañas presidenciales, fue moderando el lenguaje y sus posiciones políticas. Durante sus primeros años en el gobierno abrió Petrobras al capital privado, logró muchísimas inversiones extranjeras y se benefició de los precios muy altos de las materias primas. Le alcanzó para dos periodos de gobierno y para dejar en el poder a Dilma Rousseff, una mujer que venía de la izquierda, que había participado en la lucha armada, que fue presa política y que era la más disciplinada discípula de Lula.
El PT, el partido que creó Lula, no es una fuerza disciplinada, es un movimiento con diferentes y encontrados sectores y, además, Dilma se mantenía en el poder con un cuadro de alianzas en el Congreso, donde confluían diferentes fuerzas. Fue perdiendo apoyo en la misma medida en que quedaba al descubierto la corrupción que carcomía al gobierno y que se puso de manifiesto en el caso Odebrecht, que tuvo repercusiones en Estados Unidos y en toda América Latina. Dilma terminó perdiendo casi todos los apoyos y tuvo que dejar el poder luego de un juicio político, y Lula terminó en prisión domiciliaria. Luego de una época de mucha turbulencia, partiendo desde las antípodas de Lula, Jair Bolsonaro, el padre del actual candidato Flávio, se hizo con el poder.
Lula fue dejado en libertad, se volvió a presentar en 2023 y ganó, por un margen ajustadísimo, las elecciones en segunda vuelta. Pero ya era otro, mucho más radical, con el instinto político deteriorado y con una economía que ya no tenía los recursos de antaño, y estrechamente ligada a China. Hizo detener a Jair Bolsonaro acusándolo de un intento de golpe de Estado y cuando se presentó su hijo Flávio acusó a Estados Unidos de intervencionismo. Pero apostó tarde y mal sus cartas: se alejó de los empresarios, apoyó a Maduro, a Cuba, a Nicaragua, la distancia con Trump se volvió insondable y la candidatura del hijo de Bolsonaro, que estaba hace unos meses a diez puntos de distancia, fue creciendo hasta ganar el domingo pasado, arrasar en el Congreso y los estados, y tener casi asegurada la segunda vuelta.
México también apostó mal todas sus cartas. Apoyó a Gabriel Boric en Chile, a la candidata de Rafael Correa en Ecuador, a Gustavo Petro en Colombia, ahora Lula y todos perdieron. Apoyó a Nicolás Maduro, que terminó en una cárcel de Nueva York. Cuba es un régimen que se desploma solo y al que sólo México sigue respaldando; y el apoyo a Nicaragua es vergonzoso, ante la dictadura brutal de Daniel Ortega. Como país nos hemos quedado solos en América Latina.
Y seguimos sin entender que el destino geopolítico de México está en América del Norte, con las implicaciones que ello conlleva. El gobierno federal, empeñado en el discurso antiestadunidense, se equivoca una y otra vez, y sus propios asesores exhiben a la presidenta Sheinbaum sin darle el apoyo necesario.
Ayer le sembraron, vía los youtubers del bienestar, una pregunta sobre la presencia del embajador Ronald Johnson en la inauguración de un centro de adiestramiento policial en Querétaro, diciéndole que se había realizado sin autorización y sin invitación a funcionario federal alguno, tras una larga filípica sobre el intervencionismo estadunidense.
Era falso: el embajador sólo develó la placa; desde hace días la Cancillería tenía la información oficial del evento y de la participación del embajador. En el acto hubo presencia de la FGR, de la Defensa, de Guardia Nacional y de las áreas de seguridad federal. Ahí están los oficios, las fotos, los testimonios. Quedó exhibida la Presidenta y, una vez más, desgastada la relación bilateral. Fue el mismo día que el único aliado que le quedaba al gobierno en América Latina, comenzaba a desaparecer del mapa político.




