El 1 de octubre que viene se cumplirán dos años del inicio del gobierno de Claudia Sheinbaum. Para conmemorar el suceso del triunfo de la primera mujer, ha concluido recientemente una gira nacional. Sus niveles de aprobación, de acuerdo con prácticamente todos las encuestas, se mantienen muy altos. Es una jefa de Estado, que, a pesar de las sombras en áreas como corrupción y seguridad, es bien valorada por la inmensa mayoría de los mexicanos.

Su gestión debe ser reconocida principalmente por dos factores: la continuación de la política social, marcada por la expansión de los programas sociales, y por un aparente viraje en la política de seguridad. En materia de combate contra la pobreza, se ha celebrado la disminución del número de desfavorecidos, a pesar de que la estrategia en curso, sin crecimiento y sin una reforma fiscal, podría no ser sostenible en el largo plazo; pues ha aumentado la deuda, al tiempo que se vaticina un estancamiento económico. En todo caso, el hecho mismo de que millones de mexicanos tengan hoy una vida mejor gracias a las transferencias directas es digno de elogio, amén del aumento en el salario mínimo.

Por otro lado, bajo la guía de Omar García Harfuch, se ha endurecido la política contra los cárteles de la droga. Se han registrado decomisos y se han arrestado criminales. De igual manera, según cifras oficiales, existe un descenso en el número de asesinatos dolosos. Se celebra. Sin embargo, persisten oscuros asuntos relacionados con la impunidad ofrecida a los políticos de alto nivel ligados al crimen organizado, tales como Rubén Rocha o Adán Augusto López.

Lo más inquietante, a mi juicio, de estos dos años ha sido el desmantelamiento de las instituciones democráticas, la captura de las autoridades electorales, y sobre todo, la destrucción del poder judicial. Sheinbaum, quizás contra su voluntad, se vio obligada a dar continuidad a una reforma antidemocrática y profundamente perniciosa que buscó desde un primer momento aniquilar la independencia de la Suprema Corte y del resto de los impartidores de justicia.

En adición, la presidenta Sheinbaum no parece haber cambiado las directrices dejadas por AMLO en materia de educación y de embestida contra los periodistas. El asedio constante contra los medios de comunicación y contra la prensa libre desde las mañaneras ha continuado, así como el golpeteo desproporcionado contra intelectuales, escritores u hombres y mujeres libres que denuncian las fechorías de la clase morenista.

En suma, el gobierno de Claudia Sheinbaum sí que parece haber dado un giro positivo en relación con su antecesor. A pesar de la demagogia y discursos vacíos, se reconocen elementos de progreso en ciertas materias como las señaladas. Sin embargo, los negativos persisten. La impunidad sigue su curso, al tiempo que la languideciente democracia mexicana vive sus peores momentos.