México acaba de abrir una discusión que parece jurídica, pero en realidad toca una pregunta mucho más profunda: ¿quién puede representar legítimamente a la nación? El Senado aprobó una reforma constitucional para exigir nacionalidad mexicana única a quienes aspiren a la Presidencia de la República, a una gubernatura o a la Jefatura de Gobierno de la Ciudad de México. Quien posea otra nacionalidad tendría que renunciar a ella antes de registrarse como candidato y, ya en el cargo, no podría utilizar pasaporte extranjero, ejercer derechos políticos de otra ciudadanía ni acogerse a protección diplomática de otro Estado. El argumento es potente: quien gobierna México debe tener una sola lealtad. El problema es que una sola nacionalidad no garantiza necesariamente una sola lealtad, y una segunda ciudadanía tampoco demuestra por sí misma una lealtad dividida. Ahí está el verdadero debate.

La justificación del gobierno es sencilla y poderosa en términos simbólicos: quien encabeza el Poder Ejecutivo representa a México y debe tener una sola lealtad jurídica y política. Claudia Sheinbaum lo ha expresado de manera muy clara: no se pueden tener dos banderas ni dos juramentos cuando se ejerce la máxima representación del Estado mexicano. La lógica detrás de esa posición es comprensible. La Presidencia concentra atribuciones en política exterior, seguridad nacional, defensa, conducción del gobierno y representación internacional. Las gubernaturas, aunque en otra escala, también encarnan soberanía y autoridad política en sus entidades.

Pero la discusión no termina ahí, porque una cosa es exigir lealtad exclusiva en el ejercicio del poder y otra asumir que poseer una segunda nacionalidad significa necesariamente una lealtad dividida. Millones de mexicanos han adquirido otra ciudadanía por razones laborales, familiares, migratorias o de residencia sin dejar por ello de sentirse profundamente vinculados con México. Durante décadas, el propio Estado mexicano construyó políticas para conservar ese vínculo con quienes emigraron y con sus descendientes. La doble nacionalidad fue precisamente una forma de reconocer que emigrar, naturalizarse en otro país o nacer fuera de México no obliga necesariamente a romper con la nación de origen.

Ahí aparece la primera gran contradicción del debate. México celebra a sus migrantes, reconoce su contribución económica, defiende sus derechos en el extranjero, facilita la transmisión de la nacionalidad a sus hijos y les pide mantener vivo el vínculo con el país. Pero ahora establece que, si alguno de ellos aspira a encabezar el Ejecutivo, deberá demostrar una exclusividad jurídica que millones de mexicanos no necesitan demostrar para ser considerados plenamente mexicanos.

La oposición ha utilizado precisamente ese argumento. Senadores que votaron contra la reforma sostienen que puede discriminar a mexicanos migrantes o binacionales y que poseer otra nacionalidad no los convierte en ciudadanos de menor categoría. También han cuestionado la coherencia de pedirles participación, voto y compromiso con México mientras se endurecen los requisitos para acceder a determinados cargos ejecutivos.

Pero tampoco conviene caricaturizar la posición contraria. No es absurdo sostener que la Presidencia requiere condiciones excepcionales. De hecho, nuestro orden constitucional ya establece requisitos especiales para numerosos cargos vinculados con representación del Estado y seguridad nacional. No todos los derechos políticos son idénticos para todos los puestos ni todos los cargos implican el mismo grado de responsabilidad institucional.

La pregunta verdadera es otra: ¿renunciar formalmente a una segunda nacionalidad garantiza realmente una sola lealtad? Ahí empiezan las dificultades. Una persona puede tener un solo pasaporte mexicano y actuar sometida a intereses extranjeros. Puede poseer negocios, patrimonio, compromisos financieros, relaciones políticas o dependencias económicas fuera del país sin haber tenido jamás otra nacionalidad. Puede incluso tomar decisiones contrarias al interés nacional siendo mexicano por nacimiento, hijo de mexicanos y sin haber jurado lealtad a ningún otro Estado.

Y también puede ocurrir lo contrario. Un mexicano con doble nacionalidad puede haber vivido buena parte de su vida fuera del país, pero conservar vínculos familiares, culturales, económicos y políticos profundísimos con México. Puede conocer mejor que muchos otros la realidad de nuestras comunidades migrantes, haber defendido intereses mexicanos durante décadas y poseer un compromiso inequívoco con el país.

El número de pasaportes no permite medir automáticamente la lealtad.

Ése es probablemente el punto constitucional más interesante. La reforma pretende resolver mediante una condición jurídica un problema que en realidad es político, ético e institucional. La lealtad no se certifica solamente mediante una renuncia ante una oficina consular. Se demuestra gobernando.

Y tampoco hay que perder de vista el contexto migratorio mexicano. Durante generaciones, millones de mexicanos se vieron obligados a salir del país en busca de oportunidades. Muchos terminaron naturalizándose en Estados Unidos porque necesitaban estabilidad migratoria, derechos laborales, protección legal o la posibilidad de construir una vida familiar más segura. Sus hijos nacieron allá y adquirieron automáticamente ciudadanía estadounidense, pero conservaron nacionalidad mexicana por sus padres.

¿Son menos mexicanos por eso?

Sería difícil sostenerlo.

Las remesas, las familias transnacionales, los clubes de migrantes, las inversiones comunitarias y la participación política muestran que la nacionalidad contemporánea es mucho más compleja que una elección binaria entre dos banderas.

México no es además el único país que enfrenta esta discusión. Las democracias regulan de maneras distintas la doble nacionalidad para sus cargos públicos. Algunas imponen restricciones severas; otras permiten que personas binacionales ocupen puestos muy relevantes mientras establecen mecanismos para evitar conflictos de interés. No existe una fórmula universal porque cada país equilibra de manera distinta soberanía, derechos políticos y realidad migratoria.

Lo importante es definir qué riesgo concreto pretende evitarse. Si preocupa la protección diplomática extranjera, puede restringirse durante el ejercicio del cargo. Si preocupa la participación política en otro país, puede prohibirse mientras se gobierna. Si preocupa el uso de pasaporte extranjero, también puede limitarse. Pero si el objetivo real es evitar conflictos de interés, entonces la nacionalidad es solamente una parte de un problema mucho mayor.

Porque alguien puede renunciar mañana a su ciudadanía estadounidense, española, canadiense o francesa y conservar propiedades, cuentas, sociedades, familiares, compromisos y relaciones en aquel país. La renuncia jurídica elimina una nacionalidad. No elimina automáticamente los intereses.

Por eso sería conveniente que el debate no terminara reducido a una competencia sobre quién es más patriota. La defensa de la soberanía merece algo mejor. Si el objetivo es asegurar que quien gobierne México no esté sometido a otro Estado, existen mecanismos adicionales: declaraciones patrimoniales exhaustivas, transparencia sobre intereses extranjeros, reglas severas sobre conflictos de interés, restricciones a determinados activos, divulgación de obligaciones fiscales y financieras fuera del país y controles institucionales sobre decisiones relacionadas con esos intereses.

Eso probablemente ofrecería una fotografía mucho más completa de la independencia real de un gobernante que simplemente contar cuántos pasaportes posee.

La reforma contiene además una distinción importante: no pretende retirar la nacionalidad mexicana a los binacionales ni prohibir en general la doble ciudadanía. Se concentra en las titularidades de los poderes ejecutivos federal y locales. Esa precisión importa porque evita convertir el debate en una falsa idea de que México está eliminando la doble nacionalidad para millones de personas.

Aun así, el precedente merece atención, porque cada restricción constitucional debe justificarse cuidadosamente. Hoy hablamos de Presidencia y gubernaturas. Mañana alguien podría proponer ampliar el criterio a senadores, diputados, presidentes municipales, jueces u otros funcionarios. Y ahí sí aparecería una cuestión mucho más amplia: hasta dónde puede llegar el Estado en la restricción de los derechos políticos de ciudadanos mexicanos que poseen legalmente otra nacionalidad.

La Constitución no solamente organiza el poder. También protege derechos. Por eso toda limitación debe encontrar un equilibrio entre el interés público que pretende defender y el derecho que restringe.

En el caso de la Presidencia existe un argumento especialmente fuerte a favor de requisitos excepcionales. Quien ocupa Palacio Nacional representa al Estado mexicano frente al mundo, conduce política exterior y ejerce atribuciones directamente relacionadas con soberanía y seguridad nacional. Pero precisamente por la importancia del cargo, la discusión merece más profundidad que una consigna.

“No se pueden tener dos banderas” es una frase políticamente poderosa. Pero la vida contemporánea de millones de mexicanos demuestra que sí se puede pertenecer jurídicamente a dos países sin vivir emocionalmente dividido por la mitad. También demuestra algo más incómodo: se puede tener una sola bandera en el pasaporte y servir intereses que nada tienen que ver con ella.

Ahí debería concentrarse el debate.

¿Qué queremos garantizar realmente? ¿Que el presidente posea únicamente ciudadanía mexicana? Eso puede establecerse constitucionalmente. ¿O queremos garantizar que su única obligación política sea con México? Eso es mucho más difícil. La primera se obtiene mediante un trámite. La segunda exige instituciones, controles, transparencia, ética pública y rendición de cuentas.

Conviene también evitar convertir a los migrantes en daño colateral de una discusión cuyo objetivo declarado es proteger soberanía. México tiene una deuda histórica con quienes salieron del país y siguieron sosteniendo familias, comunidades y vínculos nacionales desde el extranjero. Reconocer esa realidad no significa que todos los cargos deban carecer de requisitos particulares, pero sí exige que cualquier restricción sea explicada con precisión y sin insinuar que una segunda nacionalidad vuelve sospechosa a una persona.

El patriotismo no se mide en pasaportes. Pero la representación del Estado tampoco es una función cualquiera. Las dos afirmaciones pueden ser ciertas al mismo tiempo. Ésa es justamente la complejidad que debería preservar el debate.

México tiene derecho a exigir a quien ocupe la Presidencia una lealtad absoluta a la República. Pero sería ingenuo creer que esa lealtad puede demostrarse simplemente entregando un pasaporte extranjero en una oficina consular. Un presidente puede tener una sola nacionalidad y servir intereses ajenos al país; otro puede haber tenido dos y demostrar durante toda su vida un compromiso inequívoco con México.

La soberanía merece protección, pero también merece inteligencia.

Porque la lealtad no se imprime en un pasaporte, no se acredita con una renuncia administrativa y no se garantiza mediante una cláusula constitucional. Se demuestra cuando el poder obliga a elegir entre el interés propio, el de otro país y el de México.

La traición nunca necesitó un segundo pasaporte. Y el patriotismo jamás dependió de tener sólo uno.

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