Una madre, ciertamente agotada, llega con una declaración que duele: «El amor no es suficiente con un hijo adolescente».

Y es que, el ejercicio de la crianza es una altísima responsabilidad, en ocasiones llena de frustraciones, desafíos y una sensación de callejón sin salida que recorre las horas, los días y los años que dura la adolescencia.

Mientras que el amor puede ser incondicional e inagotable, la paciencia es otra historia.

Los desafíos de la maternidad atraviesan circunstancias muy particulares; en los hogares monoparentales, las cargas que se podrían distribuir recaen en la mayoría de los casos, sobre la madre.

A esto se suman las presiones económicas, las exigencias laborales y la responsabilidad académica en un mundo con cada vez más obstáculos para la educación formal.

Hoy lidiamos con la desesperanza de los jóvenes respecto al beneficio del estudio, una mala interpretación de lo que constituyen sus derechos y la presión de una generación volcada a vivir experiencias en el presente, sin pensar demasiado en el futuro.

Es cierto que, de alguna forma, la prioridad que suponen los hijos hace difícil que la mujer sostenga el ideal de su propio proyecto de vida. La pausa personal que exige la adolescencia es mayor, y la falta de recompensa —de reciprocidad amorosa— se puede vivir como una afrenta difícil de asimilar.

Esto ocurre, en gran medida, por una pobre comprensión de los procesos mentales de esta etapa.

El desafío constante a la figura primaria de cuidado es, incluso, una apuesta biológica: la investigación ha encontrado que durante la adolescencia se produce un desplazamiento en la respuesta cerebral hacia voces no familiares, mientras disminuye la respuesta preferencial a la voz materna.

Se trata de un sistema complejo, a ratos doloroso, que favorece la separación necesaria para el proceso de individuación.

El adolescente migra su prioridad hacia la red de amigos.

Sus pares se convierten temporalmente en su nuevo centro; los riesgos surgen bajo esa misma presión grupal y temas verdaderamente difíciles se instalan en la conversación diaria: consumo de sustancias, conductas de riesgo, sexualidad y un despertar afectivo que descoloca la figura de la madre.

Además, aquello que durante generaciones pareció casi una obligación hoy, a la luz de las nuevas formas de relación, comienza a entenderse de otra manera.

La maternidad puede ser una elección; pero una vez asumida, la responsabilidad no desaparece con el cansancio, la frustración ni la falta de reciprocidad.

Esto puede desgastar no solo a la mujer, sino también la relación con sus hijos.

Quizá la frustración de muchas madres no sea que sus hijos dejen de necesitarlas, obedecerlas y acompañarlas, sino descubrir cómo necesitan aprender a necesitarlas de otra manera.

El adolescente es un sujeto en crecimiento, cuyos desafíos son también las bases de la vida adulta.

La crianza amorosa supone límites firmes, pero no menos afectuosos.

Evitar discusiones no significa renunciar a principios ni a valores.

Las madres necesitan la colaboración del padre, de la familia extendida, de los hermanos y, en ocasiones cuando estos no están, del Estado.

Acompañar la maternidad debería ser una de las políticas públicas con mayor impacto social, porque, querámoslo o no, sobre ellas sigue recayendo muchas veces la última trinchera de protección de las infancias y adolescencias.

Cierto, el amor, aunque indispensable, no es suficiente.

Con un hijo adolescente hace falta paciencia, límites, acompañamiento, comunidad y, sobre todo, comprender que amar también significa aceptar que aquel hijo que alguna vez encontró refugio en nuestra voz, tendrá que aprender a vivir sin ella.

La tarea no consiste en evitarle el mundo, sino en acompañarlo hasta que pueda enfrentarlo.

Y quizá ahí esté lo más doloroso de la maternidad: cuando más necesitamos que nuestros hijos nos escuchen, ellos comienzan precisamente a necesitar dejar de hacerlo.