You don't have to burn books to destroy a culture. Just get people to stop reading them

Ray Bradbury

En la misma quincena, The Economist publicó dos textos que parecen de periódicos distintos. El 10 de septiembre advirtió que las máquinas se vuelven más brillantes mientras los adolescentes se apagan. El 24 pasó los discursos del Parlamento británico por un detector de texto sintético y encontró que una de cada diez palabras ya sale de un modelo. En la Cámara de Representantes de Estados Unidos, una de cada siete. En 2024 era casi cero.

Son la misma historia. El decenio en que la máquina aprendió a escribir es el decenio en que dejamos de entrenar la lectura que cuesta.

El dato que más me incomoda viene de PISA 2025: los lectores apresurados. Jóvenes de quince años que leen a toda velocidad, terminan antes y fallan. Esa proporción casi se duplicó entre 2018 y 2025: de 6.6% a 11.4%. En 35 países ricos, PISA dio el peor resultado desde 2000. Un joven de quince lee hoy como uno de catorce hace una década, y la caída no rebotó al terminar el encierro. Se aceleró.

Conozco la objeción, porque también la hago: cada generación acusa a la siguiente de no leer. Por eso importa la fecha. La curva empezó a caer alrededor de 2012, antes del TikTok del sobrino y mucho antes de ChatGPT. La máquina llegó cuando ya íbamos cuesta abajo y nos ofreció el atajo perfecto.

Esa paradoja también vive en la tribuna política. En junio, el laborista Steve Yemm preguntó en los Comunes “quién moldea a quién”, con un discurso que el detector marca completo como escrito por IA. Michael Gove, exministro y hoy director de The Spectator, dice que quien usa IA para escribir discursos paga con moneda falsa. Los británicos aceptan que la usen los publicistas y hasta los maestros. Lo que más les molesta es que sus políticos la usen para un discurso, más aún que para una nota de pésame. Intuyen algo correcto: hay textos cuyo valor es que alguien se hizo cargo de cada frase.

México llega a esta conversación desde el sótano. El 14 de septiembre escribí aquí sobre el 47% que usa IA cada semana y los 414 puntos en ciencias; hoy toca lo que no cupo. En matemáticas sacamos 388 puntos, el nivel más bajo en más de veinte años, indistinguible del de 2003. Cuatro de cada diez estudiantes de quince años no alcanzan lo básico en ninguna de las tres materias. En un salón de 40 alumnos de la OCDE, unos cinco llegan a los niveles más altos. En México hay que juntar cinco salones para encontrar a uno. La OCDE matiza que parte de la caída viene de algo bueno: más jóvenes de hogares marginados llegaron a la escuela y la cobertura subió de 63.5% a 69% entre 2022 y 2025. Esa cuenta rebasa el aula y la paga un país que por fin sienta a todos y todavía no sabe enseñarles a leer.

En septiembre celebramos racks, agentes y la “era de la IA” con discursos de secretario y de CEOs (también lo mencioné en del teléfono al rack). Importamos la herramienta más poderosa que existe para escribir y razonar, y la entregamos a una generación a la que le cuesta leer un recibo de la CFE y sostener la idea de un párrafo. Ese contraste es el #ruidoblanco de la temporada: el atajo llegó antes de que aprendiéramos el camino.

Hay un dato que me impide cerrar como tío gruñón. PISA midió por primera vez la resolución de problemas computacionales. México sacó 453 contra 500 de la OCDE, pero 63.9% de nuestros estudiantes rindió mejor de lo que su puntaje en ciencias hacía prever. Ahí hay otra ruta, una que el aula no está viendo. Falta el camino largo, el que se recorre leyendo despacio, equivocándose y volviendo a empezar, en un entorno que lo permita.

La discusión útil distingue tres cosas: la IA que investiga contigo, la IA que piensa por ti y el aula que ya no exige que pienses tú. La primera es herramienta. La segunda es atajo. La tercera es la que nos está costando PISA.

El Parlamento británico ya tiene quien le escriba. Aquí seguimos sin saber quién le va a enseñar a leer a quien mañana firme lo que la máquina redactó.

@ricardoblanco

*La opinión es personal y no refleja la del medio ni la de la empresa para la que escribe.