La secuencia de hechos en torno a la expresidenta Michelle Bachelet comienza más o menos en el verano de 2025. La campaña presidencial está en curso. Las encuestas dan la primera opción a Evelyn Matthei, seguida a bastante distancia por Bachelet, José Antonio Kast y Johannes Kaiser. Solo que Bachelet no es candidata. Pero en esos días recuerda, como al pasar, que el presidente de Brasil, Lula, le dijo que una tercera candidatura presidencial es divertida, que él disfrutó la del 2022.
Donald Trump acaba de ganar su segunda elección en Estados Unidos. Lula aún no sabe lo ingrata que será su tercera presidencia. Aunque la incitación de Lula parece muy seria, Bachelet mantiene una ambigüedad que paraliza al Socialismo Democrático, en especial a quien podría ser su mejor representante, la ministra Carolina Tohá.
Hacia mediados del año, Bachelet gira hacia otro interés: la Secretaría General de la ONU, cargo que será elegido, probablemente, hacia fines del 2026. Amigas chilenas y no chilenas le dicen que su candidatura sería un éxito, que muchos la añoran en la sede de la ONU. Parece un buen lugar para pasar el trago amargo de haber tenido que dejar una tercera campaña presidencial en Chile.
La idea también es apoyada por Lula, que se convierte en su principal promotor en Latinoamérica. Nunca Brasil había tenido tanta injerencia en Chile. Pero Bachelet no se agita mucho. Su jefa de campaña in pectore, Paula Narváez, transmite perspectivas entusiastas, pero se necesitaría más actividad. Bachelet parece cómoda con las conferencias internacionales a las que dedica buena parte de su tiempo.
Dicen algunos conocedores que de esta parsimonia nace también la tardanza en hablar con los partidos de derecha, lo que se torna más difícil cuando la ventaja de Evelyn Matthei empieza a retraerse y al final nadie hace nunca nada. En el circuito del presidente Boric dicen que no importa, que la derecha se verá obligada a apoyarla.
Nadie le da importancia, tampoco, a que uno de los cinco “superelectores” con poder de veto, el Estados Unidos de Trump, se propone desmantelar todas las funciones y agencias que Bachelet querría ampliar. Las posibilidades de superar ese veto son iguales a cero. Los promotores confían en que logrará los nueve votos que podrían desafiar (aunque no anular) el veto.
Kast gana las elecciones de fines del 2025 y demora más de tres meses en informar a Bachelet que no la apoyará. En realidad, no hay ninguna otra posibilidad. Ni el electorado de Kast, ni sus partidos ni el algo más duro circuito discursivo del nuevo gobierno le dan la opción de apoyar a una figura que para entonces ha pasado a ocupar el centro de sus denuncias, incluso más que el Frente Amplio. Para esa derecha, el Frente Amplio es como un accidente generacional, que terminará por subsumirse en una porción de izquierda radical (“neomirista”, como la llama Pablo Ortúzar) y un par de porciones de socialismo histórico; por lo tanto, el adversario permanente es el PS; al menos, el PS de Bachelet.
Bachelet sí ha percibido este clima. Ya durante la campaña le ha empezado a preocupar el giro de la derecha en contra de su segundo gobierno, a cuyas medidas más notorias –reforma tributaria, reforma educacional, inmigración– se asocia el mal estado de las finanzas públicas, el sobregasto del estado y el clima de inseguridad, todos temas centrales de la campaña de Kast. ¿Que no hay autocrítica? Pamplinas. Eso se hace en privado.
Bachelet rechaza las compensaciones que le ofrece Kast. Hace ya muchos años que tampoco se lleva bien con quienes la contradicen; esa etapa de su vida se hunde en la niebla del pasado.
A fines de julio se realiza el primer straw poll, la votación informal secreta por los candidatos a la Secretaría General de la ONU. La sorpresa es más que mala: solo seis de quince votos, cuarto lugar. En agosto viene la siguiente: dos votos, séptimo lugar. La candidatura está desfondada. Para Lula tiene cierto costo, pero no mucho, reconocer un fracaso en medio de una campaña presidencial; lo deja en manos de Bachelet. La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, es más recia: demora todo lo que puede en recibirla y deja claro que México está sin candidatura.
En una decisión que solo puede explicar la infatuación del orgullo, Bachelet se somete al tercer straw poll, donde ya obtiene un solo voto. Enojada, dolida, ofendida, decide por fin anunciar el retiro de su candidatura. No espera que nadie diga que está herida y se curará en casa. En las semanas siguientes, repite una y otra vez que no piensa retirarse. Quizás le quiere quitar un gusto a la derecha, pero en realidad paraliza a la izquierda… a tres años de las siguientes presidenciales.
Apenas unos días después firma con Boric una declaración que pide el retiro de Chile del Escudo de las Américas, una inusual intervención en las facultades exclusivas del Jefe del Estado; puede ser el anuncio de que será un tábano para Kast. Boric también –¿no se ve?, es la izquierda quien la trata como si estuviese herida– la acompaña a un acto de desagravio en La Pintana, donde los aplausos se reparten entre ambos en volúmenes similares. Eso tampoco le puede gustar.
Y luego viene lo de la tercera vez, justo cuando Lula termina su tercera presidencia en un fracaso. Esta tercera vez, ¿sería contra Boric? En ese caso, probablemente no lo hará. No querría dividir a la izquierda, ni destruir a su creación. Si postula, será porque Boric se hace a un lado. Entre los dos cubren el prado. Otra vez Carolina Tohá considera que los tiempos son inadecuados. Es un déjà vu al revés, desde el pasado al futuro. No habrá renovación en la izquierda.





