Alejandro Jodorowsky (1929) no podía tener sosiego. La Dirección Federal de Seguridad (DFS)lo vigilaba, las asociaciones católicas de México acusaban a su cine de profano y exigían su deportación y, ahora, la madrugada del 12 de febrero de 1971, estaba preso en los separos de la entonces Procuraduría General de la República. ¿Su delito?: estar en una fiesta a la que no quería ir.
La policía llegó al domicilio del festejo, en Paseo de la Reforma 935, en las Lomas de Chapultepec, y arrestaron a los 140 asistentes. La caravana de patrullas rompía la quietud de la noche. Dentro de las julias iban los dueños de la casa —los hermanos Manuel y Toribio Obregón Moreno—, y los invitados. La mayoría eran actores o artistas, como Isela Vega y su esposo Jorge Luke, o como Arnoldo Cohen, Helen Escobedo o Arturo Vega, que años después diseñaría el escudo de la banda de punk Ramones, y el propio Jodorowsky.
Frío y tenaz, el aire estremecía al cineasta, que sufría los estragos de la gripe. En los separos de la policía rezaba para que no lo deportaran a su natal Chile. A lo sumo decía: "me van a quitar mi casa, me van a separar de mis hijos...", y clavaba la barbilla en el pecho.
En los expedientes que el Archivo General de la Nación (AGN)resguarda sobre Jodorowsky, se lee que la DFS sabía que el creador de la psicomagia se comprometió con los estudiantes de la Universidad Autónoma de Puebla (1970) a ofrecer una conferencia sobre temas hippies. También sabían que, en enero de 1971, voló a la antigua Yugoslavia. Ese mes también asentaron su reciente cambio de domicilio: calle Lerma número 330 interior 10, Col. Cuauhtémoc, de la actual Ciudad de México. Jodorowsky ya tenía suficientes problemas.
Entonces llegaron los periodistas y los fotógrafos. Al amanecer, en los kioscos de revistas se leía en las portadas de la prensa: "Redada en una orgía hippie" o "142 artistas y drogadictos, detenidos".
Esta historia permaneció oculta más de cuatro décadas, hasta que el periodista Rafael Cabrera (1983) la encontró en 2013. "Fue amor a primera vista", confiesa en su libro Redada en una fiesta hippie (Debate, 2026), la crónica en la que reconstruye una noche que se convirtió en el retrato del México autoritario de los años setenta.
Para escribir el libro, Cabrera entrevistó a más de veinte personas, consultó expedientes, revisó una quincena de libros y reprodujo el contexto histórico de la redada. Tras su publicación, el volumen despertó el interés de distintos periodistas.
En entrevista con Confabulario, Cabrera habla de cómo preparó esta historia, pero también sobre Alejandro Jodorowsky, de la persecución a la contracultura en los años setenta y reflexiona sobre la sociedad mexicana actual.
La invitación
Nos encontramos en el vestíbulo del Museo de Arte Contemporáneo (MUAC),en Ciudad Universitaria. En este lugar, antes de la pandemia Cabrera entrevistó a Eduardo Ruiz Saviñón, director teatral que estuvo en la fiesta y también fue detenido.
Esta tarde, Cabrera viste unos pantalones de mezclilla oscuros y una camisa azul cielo de la misma tela. La manga corta deja ver sus brazos con algunos tatuajes: vestigios del adolescente que iba al tianguis alternativo del Chopo para cambiar discos y buscar revistas de música, como La mosca en la pared.
—Siempre quise ser periodista, desde niño; es lo único que he querido ser. Había gente que leía La Jornada, Proceso, y decía: "yo quiero entrevistar al presidente o a políticos", pero lo mío fueron las revistas de música. Para mí la música ha sido como esas cosas que te salvan y dan sentido. Tal vez por eso uno de los personajes que más me gustan [del libro] es Arturo Vega, [aunque] les agarré cariño a todos. Cuando acabé el libro sentí nostalgia y lloré un poco. Dije: "ya se me acabó el verano con mis amigos".
Aunque admite que él se quedaría con Isela Vega y con Arturo Vega, Cabrera vuelve a Arturo. La noche de la redada llevaba una blusa de mujer. Su melena larga y su figura andrógina desconcertaron a los policías y lo raparon.
—Mataron al hippie y liberaron al punk. Es una transformación no solo personal, sino de una década: terminan los 60 y comienzan los 70. Se acaba lo hippie e inicia algo más duro, más agresivo. Incluso las drogas cambian: adiós al LSD, venga la cocaína.
A través del seguimiento policial a Jodorowsky, los archivos que consulté también muestran aquel cambio de época. En los expedientes de la DFS se lee que durante la filmación de La Montaña sagrada (1973) —al parecer en el Panteón Jardín de la Ciudad de México—, "[...] no existió ningún respeto por las tumbas, ya que las utilizaron para tomar sus alimentos, recostarse e instalar equipo".
Jodorowsky también filmó en el atrio de la Basílica de Guadalupe. Los registros del AGN dicen que, tras el estreno de la película, la Unión de Católicos Nacionalistas Mexicanos exigió la deportación del chileno y se manifestó en contra del abad Guillermo Schulemburg, que dio los permisos de grabación.
Además, en el desaparecido Cine Roble un grupo de desconocidos detonó un cohetón. Una inspectora del gobierno dijo que, previo al atentado, hubo llamadas anónimas advirtiendo que "harían explotar una bomba [...] debido a que esta persona [Jodorowsky] filmó algunas escenas en el atrio de la Basílica de Guadalupe". A diferencia de aquellos fanáticos, Cabrera sí comprendió y apreció a Jodorowsky:
—Las Fábulas pánicas me gustan mucho. De sus películas, La montaña sagrada me encanta. Visualmente se nota que es la época en la que [Jodorowsky] probó LSD. No creo que él haya estado dentro de la contracultura juvenil (era un hombre de 41 años que no estaba en la misma onda que los chavitos), pero sí desafiaba el arte tradicional mexicano: hizo El topo (1970) y a muchos jóvenes les voló la cabeza. Vaya: tenía ganada su reputación de hombre escándalo y fue un chivo expiatorio ideal, porque lo agarraron como si fuera el líder de la fiesta; Charles Manson dirigiendo el culto satánico de esa noche... y el señor ni quería ir.
La fiesta
Durante algunos años, Cabrera reunió información y entrevistas para narrar la fiesta, pero pensaba que no tenía material suficiente y no podía escribir.
—Me decía: "No mames, ¿cómo vas a hacer un libro sobre una fiesta que duró dos horas?". Hubo momentos de pánico —confiesa.
Cuando colaboró en el libro La casa blanca de Peña Nieto (Grijalbo, 2015), los coautores intervenían en la redacción y en la corrección del texto. Cuando escribió Debo olvidar que existí: Retrato inédito de Elena Garro (Debolsillo, 2017), estaba muy familiarizado con el relato porque fue tema de su tesis.
En cambio, con Redada en una fiesta hippie eran otras circunstancias: Cabrera atravesaba un estado de depresión, su salud estaba disminuida y tuvo problemas con el consumo de sustancias.
—La editorial me persiguió los últimos años: "¿Ahora sí vas a entregar?". Y yo: "Sí, por supuesto", pero me hice bien pendejo.
Él escribía, pero sin una estructura definida. Afortunadamente, en este camino estuvieron su familia y su círculo cercano. Así fue como entre 2024 y 2025 se encerró en su casa, próxima al bosque del Ajusco, y empezó a escribir. The Velvet Underground acompañaban sus madrugadas de escritura.
—Lo que destrabó las cosas fue que empecé a colaborar con el podcast Escándalo mexicano. En algún momento dije: "¡Güey, deja de darle vueltas y escribe como si fuera un podcast!". Lo que la gente quiere es ver acción. [También] quería escribir un libro divertido, porque estaba muy aburrido del periodismo. Después de La casa blanca me cayó mucha mierda.
Aunque reconoce el impacto de aquel reportaje, Cabrera temía que su trabajo se ciñera a investigar temas de corrupción y a revisar contratos. Ahora cree que los periodistas han alejado a las audiencias del periodismo, por aburrido y monotemático. Por eso cree que el periodismo debe sorprender.
—Creo que las historias frívolas y ligeras también se escriben con seriedad y profundidad. Y siento que mi fortaleza está en reportear; para investigar soy bueno y es lo que me da vida. Además, quería contar algo que alegrara.
Entonces volvió a sus apuntes y se dio cuenta de que la historia era más amplia: cómo Manuel Obregón Moreno organizó la fiesta, o cómo se propagó la invitación por la ciudad. Así se dio cuenta de que tenía "círculos concéntricos" y los personajes se conectaban.
—No tenía la gran historia de cada uno de ellos, pero sí podía acomodar sus historias individuales, cortarlas en momentos dramáticos y dosificarlas.
Y como escenario, Cabrera plasmó los ecos de la masacre de Tlatelolco de 1968, el halconazo del 10 de junio de 1971, el mandato de Luis Echeverría e, incluso, José Agustín hace cameo: él no estuvo en la fiesta, porque estaba preso en Lecumberri, donde coincidió con los hermanos Obregón Moreno.
Durante la escritura, Cabrera se dio cuenta de que la crónica se parecía al baile de los 41 homosexuales que ocurrió en la Ciudad de México a finales del porfiriato: también hubo una redada y los asistentes fueron exhibidos en la prensa. Incluso, recuerda que en 2025 el Ejército, la Guardia Nacional y la policía irrumpieron en el clásico Multiforo Alicia, en la alcaldía Cuauhtémoc de esta ciudad, y suspendieron un concierto del artista catalán Fermín Muguruza; Además, desalojarón a los 400 asistentes.
—Yo dije: "¿Estamos en los 80?". Siento que el conservadurismo está asomado en una esquina. Simplemente no podemos dar por sentado que ya tenemos todas nuestras libertades: necesitamos cuidarlas.
Mientras Cabrera recuerda estos eventos, dice que México es un país conservador que finge ser progresista, aunque haya una parte liberal de la sociedad. "Esta dualidad mueve al país", sentencia. Como ejemplo, habla de los hermanos Obregón Moreno: mientras Manuel organizó aquella fiesta de 1971, Toribio se oponía.
—Ellos también representan esas dos fuerzas que siempre van a existir. Se puede ver dentro de las propias expresiones de Morena: según son un gobierno progresista, pero está lleno de evangélicos.
El después
Tras la publicación del libro, distintas personas que directa o indirectamente estuvieron involucradas en la fiesta buscaron a Cabrera. Uno de ellos fue Iván Lipkies, hijo de María Elena Velasco, la actriz que dio vida al personaje de la India María. Él tenía el recuerdo de que su madre estaba indignada por la forma en que la prensa exhibió a los detenidos, porque muchos eran amigos suyos.
Así que Lipkies revisó los archivos de su madre de esos años, que daba un sketch en Siempre en domingo. Lo que encontró fue un guion que escribió la actriz sobre la redada en la fiesta hippie.
Cabrera busca el guion en su celular y me enseña la fotografía de aquella tarjeta. El personaje de la India María pregunta cómo era posible que la policía arrestara a 140 personas en una fiesta, mientras que había criminales sueltos.
—Tenía la esperanza de que una vez publicado el libro, más personas levantaran la mano. Ahora tengo como cinco personas identificadas que quieren hablar.
Una de ellas es la artista Terry Holiday. Después de leer el libro, le dijo a Cabrera: "Todo lo que cuentas fue lo que vivimos". Y además de los testimonios, del AGN surgieron más fotografías.
—Te las muestro. Son una cosa bellísima, pero no vienen en el libro y me da coraje, es que las tengo desde abril.
Mientras desliza las fotografías en la pantalla de su celular, hablamos de cómo el gobierno federal continúa fabricando enemigos culturales, y luego la plática se desvía al proyecto México canta. Con esta iniciativa, "México y Estados Unidos quieren crear nuevas narrativas musicales", se lee en el sitio oficial.
—Esa qué. Es superñoño. Que lo diga un panista o un priísta, ¿pero estos güeyes? Lo mejor que pueden hacer es despenalizar la marihuana y dar buena información, porque la gente no sabe cuál es la diferencia entre cristal, fentanilo o LSD. Además, ¿dónde han sonado esas canciones?
Con respecto a la contracultura actual, Cabrera opina que el rock diluyó su capacidad de escandalizar, aunque todavía hay artistas provocadores. Recuerda a Fabián Cháirez, autor de la pintura en la que Emiliano Zapata aparece desnudo, con tacones y montado sobre un caballo blanco. La obra se exhibió en el Palacio de Bellas Artes, donde distintos grupos se manifestaron en su contra. Hoy puede verse, en formato mural, en el antro El Marra, un espacio emblemático de la comunidad LGBTIQ+.
—Desde mi entorno: shows de dragas, fiestas pervert, música tecnológica... todavía hay un pequeño underground un underground mexicano —concluye Cabrera.
Antes de salir del MUAC, confiesa que, para él, investigar y armar historias es una necesidad emocional y espiritual. "Es como un motor de vida", dice. Por eso ya trabaja en una nueva crónica que se conecta con Redada en fiesta hippie. La diferencia es que ahora no firmará contratos anticipados y escribirá sin presión en compañía de sus tres perros a la orilla del Ajusco.




