Imagine que está en una situación donde a usted o a alguien muy cercano le recetan medicamento para el dolor. Créame que encontrarlo es una gran complicación.
La primera, no hay. Desde hace ya tiempo, no sé si fue por la normalización de las leyes de importación, porque se condenaron a proveedores o simplemente por demostrar brazo político, se ha vuelto bastante complicado conseguirlas. Hay ciertos medicamentos controlados que representan una fórmula imposible para poder conseguirlos, pues no hay o tienen un montón de requisitos para poder venderlos.
Hay un medicamento que me viene a la mente que es buenísimo para poder controlar el dolor y bien manejado hacen que la vida de las personas con dolor crónico pueda ser soportable.
Hablemos de uno que no hay a nivel nacional, HIMOP. Este medicamento es clorhidrato de hidromorfona mejor conocido como un opioide. ¿Sabe quién tiene acceso a este medicamento? Nadie, ni los fifís, mucho menos la raza de los hospitales y clínicas públicas.
Si uno de los médicos del dolor busca disminuirlo mediante este medicamento, nadie lo tiene. El HIMOP es como esos animales en peligro de extinción que puede ser que lo haya visto en un zoológico, pero que es el último de su especie. Y lo mismo pasa con otros medicamentos menos complejos como la morfina que es un medicamento noble si se sabe manejar de una manera adecuada.
¿Quién gana con el negocio del dolor? La verdad, nadie. Las personas que tienen dolor crónico busca en la medicina alternativa y en otro tipo de medicamentos o drogas el alivio que no puede encontrar en una receta médica.
Las personas que no tienen dolor, en ocasiones no entienden el tema del dolor en los demás. Están los políticos que en años no han podido hacer algo por la normalización del surtido de medicamentos para el dolor. Se entiende que no “curan” nada, pero sirven para mitigar el sufrimiento de muchos. Las personas con cáncer sin medicamento para el dolor viven un sufrimiento enorme.
Le cuento una experiencia de hace muchos años para explicarme.
Hace ya tiempo me tocó estar en un hospital en Monterrey donde había dos pacientes en cuidados paliativos, es decir, esperando a que fallecieran, con dos indicaciones diferentes. En una de las habitaciones estaba un paciente con medicamentos para el dolor que hacían sus últimas horas más llevaderas. Tal vez no se comunicaba mucho, pues el efecto sedante mantenía a esta persona con poca interacción con los demás. En la habitación contigua estaba otra persona con cuidados paliativos también pero sin medicamentos para el dolor. Desconozco si era un tema religioso o algo que tenía que ver con que la familia quería que estuviera alerta para poder hablar con las personas que lo visitaban.
La noche que me quedé en ese hospital estuvo terrorífica porque mientras de un lado había una persona con la sedación necesaria para poder pasar su últimas horas tranquilo, a unos cuantos metros había otra que estaba pegando unos berridos de dolor impresionantes. Gritos y llantos de una persona que en verdad prefería morir que sufrir y que seguro ha de haber tenido unas últimas horas del terror. Los parientes que pidieron que se le quitaran las medicinas del dolor no estaban presentes esa noche de los gritos de dolor y pues no se enteraron del sufrimiento de esta persona, pues ni siquiera lo escucharon.
La siguiente noche ya no se escucharon los gritos por lo que supongo que esta persona falleció. En la habitación donde estaba la persona que sí recibió medicamentos para el dolor estuvieron agradeciendo la decisión de la familia de esperar lo inevitable pero con una persona sin dolor.
Así como la familia de la persona que dejó que esta persona sufriera sin enterarse o sentir el dolor de su familiar, así me imagino a los políticos del sector responsable para que se surtan estos medicamentos. Ellos propusieron un castigo a la industria farmacéutica sin pensar en las consecuencias del desabasto de estos medicamentos en personas que realmente lo necesitan.
La historia que le cuento es de hace casi 20 años donde la familia o el mismo paciente podía decidir si le administraban o no el medicamento para el dolor. Ahora no es decisión del paciente sino un problema de desabasto.
Si hubiera una manera de conectar a los involucrados de la escasez de estos medicamentos al dolor de las personas que los necesitan, seguramente ya hubieran hecho algo. Lo mismo si estas personas hubieran tenido un pariente sufriendo por dolor en un hospital. Pero como no les duele y no hay nadie en su familia con dolor le dan largas para probar un punto que no se tendría que probar.
¿Qué falta para que estos medicamentos puedan estar disponibles para todos? ¿Hay alguna fecha tentativa para que esto deje de ser un problema?
Esperemos que alguno de los involucrados en este tema se toque el corazón y logre que esto se mueva de manera rápida. A diferencia de los vecinos, en México este tipo de medicamentos está controladísimo y el problema de adicción a los medicamentos al dolor tiene un riesgo muy bajo.
Si el problema fuera la falta de ingredientes o fabricantes para el Bacacho o el Tonayita, seguro ya se hubiera resuelto.
¡Ánimo!





