Luego de la renuncia de Michelle Bachelet a dirigir la Secretaría General de la ONU se ha hablado más de las razones que condujeron a este fracaso que del significado de la expresidenta para la centroizquierda. Aunque parezca difícil pensar hoy en una tercera candidatura de Bachelet a la Presidencia de la República, revisar su trayectoria puede ayudar a examinar algunos de los problemas que ha enfrentado el actual Socialismo Democrático.
Una primera clave es de carácter factual: durante su segundo gobierno, Bachelet abrió las puertas del gobierno al Partido Comunista, mediante el reemplazo de la Concertación por la Nueva Mayoría. Pero hay una segunda dimensión, de carácter más sustantivo: Bachelet encarnó la realización práctica del llamado “otro modelo”, a través de un conjunto de reformas en materia educacional, laboral y tributaria, entre otras. Más allá de sus propósitos declarados, varias de estas reformas han sido objeto de fuertes críticas por sus negativos efectos en materia de educación, empleo y crecimiento económico.
Todo lo anterior contribuyó a que el actual Socialismo Democrático fuera abandonando, pese a su nombre, algunos de los rasgos que históricamente lo habían vinculado con la socialdemocracia de la Tercera Vía: la apuesta por la combinación entre un Estado de bienestar y una economía de mercado y, en la provisión de derechos sociales, por un régimen de cooperación público-privada. Como se observó durante el segundo mandato de Bachelet y, con mayor fuerza aún, en el proceso constitucional de 2021-2022, la centroizquierda fue desplazándose hacia una concepción del Estado que cuestionaba la provisión de bienes sociales a través del mercado y que, en algunos sectores, recuperó incluso una valoración del Estado empresario y de ciertas políticas asociadas al modelo de sustitución de importaciones.
Aquí aparece, finalmente, una de las principales paradojas del factor Bachelet. Su figura permitió durante años articular a la centroizquierda con las izquierdas propiamente tales, pero ese mismo proceso contribuyó a desdibujar las fronteras entre ambas. Hoy el Socialismo Democrático parece atrapado en esa herencia: reivindica una tradición política distinta de la del Frente Amplio y del Partido Comunista, pero en cuestiones de fondo comparte buena parte de sus premisas y, sobre todo, carece de un proyecto diferenciado que le permita reconstruir una identidad propia.
En ese sentido, la centroizquierda, más que expresar una adhesión emocional hacia Bachelet, debería hacerse la pregunta acerca del rol que la expresidenta ha jugado en el retroceso de un proyecto que en el pasado fue exitoso y que nada impide que sea retomado y actualizado en el presente. Quizás el verdadero desafío para la centroizquierda sea, precisamente, desprenderse de Bachelet: no para negar su legado, sino para dejar de hacer de su figura el punto de referencia de un proyecto que necesita diferenciarse y mirar hacia el futuro.
Por Valentina Verbal, Horizontal





