Por Ian Bremmer, presidente de Eurasia Group y fundado de GZero Media.

En la Asamblea General de la ONU, el presidente Donald Trump pronunció un discurso de victoria. Una década después de decir a sus seguidores, durante la campaña electoral, que acumularía tantas victorias que “quizá incluso se cansen de ganar”, presentó una lista de logros, entre los que se incluyen la resolución de ocho guerras, las medidas contra “el matón de Medio Oriente” en Irán, un acuerdo con Dinamarca sobre Groenlandia y la detención del “dictador fuera de la ley” Nicolás Maduro. Hay que reconocer que algunas de estas victorias son significativas: una paz frágil, pero importante en Gaza y una Venezuela que avanza lentamente hacia unas elecciones por primera vez en más de diez años.

Pero su discurso de victoria también reveló algo más: las crecientes limitaciones de su poder a medida que entra en una etapa de “pato cojo” de su presidencia, ve cómo se desploman sus índices de popularidad e interactúa con líderes cuyos mandatos se prolongarán mucho más allá del suyo. Trump, que antes era la fuerza más poderosa e impredecible del escenario internacional, ha superado ya el punto más alto de su capacidad para alterar el orden internacional.

Las pruebas del declive de la influencia de Trump se pueden encontrar en todas sus principales prioridades: los aranceles, la guerra con Irán y la aplicación de la ley en materia de inmigración.

A principios de este año, la Corte Suprema anuló el uso que Trump había hecho de los poderes de emergencia para imponer aranceles, en una sentencia por 6 votos contra 3. Incluso antes de esa decisión, Trump se enfrentó a los límites de su poder en su breve guerra comercial con China, cuando intentó obligar a este país a hacer concesiones con un arancel del 145 %, antes de tener que dar marcha atrás para evitar graves daños a la economía estadounidense, ya que China respondió con un arancel del 125 % y la suspensión de las exportaciones de minerales esenciales. Ahora, Trump no solo ha moderado sus políticas respecto a China, sino que ha dado un giro casi total a su postura, como se puso de manifiesto en la reciente visita del presidente Xi Jinping a Washington, en la que Trump recibió a Xi en el aeropuerto (la primera vez que un líder estadounidense ofrece tal bienvenida en una visita de Estado desde 1962) y se ofreció a vender armas a China (incumpliendo la legislación estadounidense).

Cuando Trump intentó intensificar la presión comercial sobre Canadá, el primer ministro Mark Carney respondió con aranceles de represalia y una nueva estrategia de “potencia intermedia”. Trump interpretó correctamente que disponía de influencia económica sobre Canadá (dado que más del 70% de las exportaciones canadienses se dirigen a EE.UU.), pero subestimó el desequilibrio de poder entre él mismo —un líder impopular al que solo le quedan dos años de mandato— y Carney, a quien apoya más del 60% de los canadienses, una oleada de apoyo que probablemente lo mantendrá en el cargo durante los próximos años. Ahora, Canadá está pensando a mayor escala: forjando una conexión más estrecha con la Unión Europea e intentando que otros países, como Australia y Reino Unido, se sumen a esta iniciativa.

Trump se ha topado con límites similares en la guerra con Irán. Tras intentar orquestar un cambio de régimen rápido, sin las tropas sobre el terreno necesarias para ello, la administración estadounidense se vio sorprendida por el control iraní del estrecho de Ormuz y se ha visto incapaz de alcanzar un acuerdo duradero para reabrir el estrecho. La tarea de Trump para resolver esta guerra se ve dificultada por el hecho de que los iraníes ya no confían en los acuerdos estadounidenses, dada la decisión de Trump de romper el acuerdo nuclear original del presidente Barack Obama en su primer mandato y, posteriormente, atacar a Irán mientras negociaba activamente uno nuevo en su segundo mandato. Como resultado, la estrategia de Irán consiste en esperar a que termine el mandato de Trump, con la esperanza de que la presión económica derivada del cierre del estrecho y su capital político en declive le obliguen finalmente a ofrecer mayores concesiones. Aunque Trump ha intentado transmitir el mensaje de que no dará marcha atrás —amenazando con “aniquilar” el país, subrayando que una derrota en las elecciones de mitad de legislatura no alterará su estrategia y enviando nuevas fuerzas a Medio Oriente—, Irán no se ha convencido.

A nivel nacional, las políticas insignia de Trump en materia de control de la inmigración también se enfrentan a una fuerte oposición. A principios de este año, la “Operación Metro Surge” en Minnesota desencadenó tal oleada de violencia y disturbios que el “zar de la frontera”, Tom Homan, tuvo que poner fin a la iniciativa. Ahora, los republicanos de la Cámara de Representantes y del Senado —muchos de los cuales se presentan a la reelección este noviembre y se enfrentan a pocas posibilidades de éxito debido al descenso de los índices de aprobación de Trump— se están distanciando de él. Incluso el senador Jim Justice, aliado de Trump desde hace mucho tiempo y que está barajando presentarse a gobernador de Virginia Occidental, sostiene ahora que las políticas de inmigración de la Administración “están haciendo algo mal”.

Trump, por supuesto, sigue siendo una figura influyente en la escena internacional —al frente del ejército más poderoso y de la economía más dinámica del mundo en una época en la que apenas existen barreras de protección a nivel global—. Sin embargo, la brecha entre sus ambiciones y sus capacidades se está ampliando. Como resultado, el nivel de riesgo global asociado a Trump está disminuyendo en todos los ámbitos excepto en uno: la inteligencia artificial.

La IA es la única excepción en la que la capacidad de Trump para alterar el orden mundial está aumentando. Su decisión de descartar la regulación de la IA con el fin de “ganar” la carrera de la IA frente a China, a pesar de los incidentes de seguridad cada vez más frecuentes documentados por empresas como OpenAI y Anthropic —desde intentos de desarrollar armas biológicas utilizando la IA hasta campañas de piratería informática por parte de gobiernos sin escrúpulos—, hace casi seguro que, tarde o temprano, surgirá una crisis impulsada por la IA. Dicha crisis, al igual que las medidas de Trump en materia de comercio, Irán y la aplicación de las leyes de inmigración, se agravará de formas que actualmente son imprevisibles y pondrá aún más de manifiesto los límites de su poder en los últimos años de su presidencia.