
“¡Despierta, Link!”. En lo alto de su casa en el árbol, un niño de orejas puntiagudas despierta al llamado de un hada. Es el único habitante del bosque Kokiri que no tiene una compañera alada, hasta que Navi irrumpe en sus sueños para anunciarle que su destino está lejos de aquel rincón protegido entre los árboles. Así comienza un viaje que lo llevará ante una princesa, frente a una amenaza para cubrir de oscuridad el reino de Hyrule y, siete años después, a salvar un mundo que ha sucumbido a las garras del mal. Se trata de The Legend of Zelda: Ocarina of Time, el videojuego que en 1998 revolucionó el mundo digital y que, aun a día de hoy, es considerado el mejor videojuego de la historia por la plataforma metacritic, referente en el sector. El 14 de noviembre Nintendo publicará un remake que, desde que se anunció por sorpresa en junio, se ha convertido (con permiso de GTA VI) en el juego más esperado del año. EL PAÍS ha podido jugarlo pero, más allá del juego en sí, el nuevo Ocarina funciona como ejemplo perfecto de una industria que periódicamente debe poner apunto sus grandes obras para conservar su legado y llegar nuevos públicos.







