Hay cuatro países alrededor de la revisión del T-MEC, aunque solamente tres tengan silla. México, Estados Unidos y Canadá negociarán formalmente el futuro del tratado, pero China estará presente en prácticamente cada decisión importante sin necesidad de entrar al salón. Estará cuando se discutan automóviles, baterías, acero, semiconductores, minerales críticos, inteligencia artificial, inversión, reglas de origen y cadenas de suministro. Estará detrás de buena parte de las exigencias estadounidenses y también de numerosas decisiones industriales mexicanas. Y hay una contradicción que México no debe perder de vista: mientras Washington nos exige disminuir dependencias chinas, Estados Unidos negocia directamente con Pekín cada vez que hacerlo conviene a sus intereses. Ésa debería ser la primera lección antes de sentarnos a revisar el acuerdo: el T-MEC podrá seguir llamándose tratado entre tres países, pero geopolíticamente China ya es el cuarto participante.
México debe entenderlo antes de aceptar que la revisión del T-MEC termine convirtiéndose en una política estadounidense de contención a China pagada por la industria mexicana. Nuestra integración económica con Estados Unidos es fundamental y debe preservarse, pero una cosa es fortalecer América del Norte y otra muy distinta aceptar que Washington decida unilateralmente qué puede comprar México, de quién puede recibir inversión o qué relaciones comerciales debe limitar sin que exista una estrategia regional capaz de sustituir aquello que pretende excluir.
La preocupación estadounidense tiene fundamentos comprensibles. Washington no quiere que empresas chinas utilicen México como plataforma para introducir mercancías al mercado estadounidense beneficiándose de las ventajas del T-MEC sin generar verdadero contenido regional. Tampoco quiere que sectores considerados estratégicos —vehículos eléctricos, baterías, telecomunicaciones, semiconductores, inteligencia artificial o minerales críticos— terminen dependiendo de cadenas controladas desde Pekín. Desde la perspectiva de seguridad económica estadounidense, el planteamiento tiene lógica.
Pero México no puede limitarse a adoptar automáticamente esa lógica como propia, porque nuestra estructura productiva utiliza desde hace años maquinaria, componentes, electrónicos, insumos y bienes intermedios provenientes de China. Muchas empresas mexicanas y extranjeras instaladas aquí dependen de ellos para producir bienes que después se venden en México, Estados Unidos, Canadá y otros mercados. Sustituir esas importaciones puede ser conveniente en determinados sectores, pero hacerlo abruptamente o sin una alternativa competitiva podría aumentar costos, deteriorar productividad y reducir precisamente la capacidad manufacturera que América del Norte pretende fortalecer.
Ésa es la primera distinción que necesitamos hacer: no todo lo importado de China representa la misma clase de dependencia. Hay productos que México podría y debería fabricar aquí, otros que podrían producirse regionalmente, insumos cuya sustitución sería relativamente sencilla y componentes tecnológicos que hoy China produce a escalas, costos o capacidades difíciles de reemplazar inmediatamente. Una política industrial seria no puede resolver esa complejidad mediante una consigna. Necesita identificar sector por sector qué dependencia conviene reducir, qué tecnología debemos desarrollar, qué producción podemos atraer y qué importaciones continuarán siendo necesarias mientras construimos alternativas.
Si Washington quiere una América del Norte menos dependiente de China, debe entender que eso cuesta dinero, inversión, infraestructura y tiempo. No basta con levantar barreras y esperar que aparezca mágicamente un proveedor norteamericano. Alguien tendrá que construir las plantas, financiar nuevas capacidades, formar técnicos e ingenieros, producir la energía, desarrollar proveedores y asumir el riesgo de invertir durante años. México debe exigir que una parte considerable de ese esfuerzo ocurra aquí.
Ésa debería ser nuestra gran posición negociadora. Estados Unidos quiere contenido regional; México debe pedir inversión regional. Estados Unidos quiere menos componentes chinos; México debe pedir transferencia tecnológica, desarrollo de proveedores y nuevas plantas. Estados Unidos quiere cadenas más seguras; México debe exigir infraestructura fronteriza, energía suficiente, reglas estables y compromisos de largo plazo. Porque sustituir una dependencia china por una dependencia estadounidense no constituye autonomía productiva. Sólo cambia el país del cual dependemos.
Y México necesita aprovechar esta revisión para producir más por sí mismo. La coyuntura ofrece precisamente esa oportunidad. Estados Unidos y China continúan enfrentados en tecnología, comercio, Taiwán, inteligencia artificial y seguridad económica, pero al mismo tiempo ambos gobiernos demuestran una y otra vez que cuando encuentran un terreno donde sus intereses coinciden negocian, flexibilizan posiciones y preservan canales económicos. Las grandes potencias pueden confrontarse durante meses y sentarse al día siguiente cuando hacerlo les resulta conveniente.
México debería comportarse con el mismo pragmatismo: defender sus intereses sin convertir ninguna relación internacional en cuestión sentimental. No somos estadounidenses ni chinos. Somos mexicanos, y nuestra política económica debe definirse desde lo que conviene a México.
Eso implica reconocer que Estados Unidos continuará siendo nuestro principal socio económico y que ninguna estrategia responsable debe poner gratuitamente en riesgo esa relación. La geografía no cambia y décadas de integración productiva tampoco pueden sustituirse de la noche a la mañana. Una parte enorme de nuestra industria está conectada con empresas, consumidores, inversiones y cadenas estadounidenses. Preservar el acceso preferencial a ese mercado sigue siendo una prioridad nacional.
Pero integración no significa subordinación. Hace apenas unos días hablábamos de Corea del Sur y de la necesidad de que México diversifique relaciones con Asia, Europa y otras economías. Esa idea sigue siendo válida. Corea mantiene una alianza estratégica con Estados Unidos y al mismo tiempo negocia, invierte y comercia con numerosos países. Canadá profundiza su relación con Europa sin abandonar América del Norte. Estados Unidos compite ferozmente con China y aun así negocia con Pekín cuando le resulta conveniente.
¿Por qué México tendría que comportarse con menos pragmatismo que todos ellos?
Nuestra relación con China debería ser selectiva, no ingenua. No tiene sentido abrir indiscriminadamente sectores estratégicos donde pueda existir riesgo de dependencia tecnológica o seguridad nacional. Tampoco tendría sentido cerrar la puerta a inversiones productivas simplemente por su nacionalidad si cumplen las reglas mexicanas, generan empleos, transfieren conocimiento y no pretenden utilizar nuestro país únicamente como plataforma para evadir restricciones comerciales.
La pregunta no debería ser si una empresa es china, estadounidense, europea, coreana o japonesa. La pregunta debería ser qué deja en México. Si invierte realmente, si construye capacidad productiva, contrata proveedores nacionales, transfiere tecnología, paga impuestos, forma personal mexicano, genera investigación, cumple nuestras reglas y produce aquí o simplemente triangula.
México necesita inversión que agregue valor, no banderas.
La discusión sobre China puede convertirse además en una oportunidad extraordinaria para corregir una debilidad histórica de nuestra economía. Durante décadas hemos sido extraordinariamente exitosos como plataforma manufacturera, pero mucho menos exitosos en desarrollar empresas nacionales capaces de producir los componentes de mayor valor tecnológico dentro de esas cadenas. Exportamos enormes cantidades, pero importamos también enormes cantidades de insumos. Ensamblamos vehículos sofisticados, aparatos electrónicos, dispositivos médicos y maquinaria, pero una parte importante de la tecnología, propiedad intelectual y componentes avanzados sigue viniendo de otros países.
Ahí está la verdadera dependencia que deberíamos combatir: no únicamente la dependencia de China, sino la dependencia tecnológica de cualquiera.
México necesita pasar de ensamblador eficiente a productor de mayor valor agregado. Eso implica desarrollar semiconductores especializados, electrónica, baterías, productos farmacéuticos, equipo médico, componentes aeroespaciales, tecnología energética, software industrial y maquinaria avanzada. No vamos a producir todo; ningún país lo hace. Pero sí podemos elegir sectores donde ya existe una base industrial y construir alrededor de ella capacidades mexicanas mucho mayores.
El T-MEC puede ser instrumento para conseguirlo, pero primero debe dar estabilidad. La incertidumbre alrededor de la revisión afecta decisiones empresariales porque una fábrica no se construye para dos años ni una cadena de proveedores se organiza pensando en revisiones permanentes. Las inversiones industriales requieren horizontes largos, certeza jurídica y reglas previsibles.
México debe llegar a la negociación reclamando precisamente eso: horizonte. Si América del Norte quiere competir con Asia necesita certeza de largo plazo. No puede construir una estrategia industrial continental con la amenaza permanente de que cada año regresaremos a discutir si continúan las reglas fundamentales. Estados Unidos puede obtener concesiones mediante incertidumbre, pero una región no puede desarrollarse mediante incertidumbre.
Hay además una contradicción que México debería colocar diplomáticamente sobre la mesa. Washington pretende que sus socios reduzcan dependencias económicas de China mientras sus propias empresas, bancos e inversionistas continúan haciendo negocios significativos con ese país. No hay nada necesariamente reprochable en ello. Es exactamente lo que hacen los Estados cuando protegen sus intereses. Pero entonces México también debe proteger los suyos.
No sería razonable que Estados Unidos conserve para sí el derecho de negociar con Pekín cada vez que lo considere conveniente mientras exige a México una separación económica que Washington mismo no practica completamente. La revisión debe establecer reglas comunes, no obligaciones asimétricas.
Canadá también tiene mucho que decir. Ottawa necesita diversificar mercados y fortalecer vínculos europeos precisamente porque comprendió que depender demasiado de Estados Unidos aumenta su vulnerabilidad. México acaba de plantearse algo parecido. Ninguno de los dos pretende sustituir a Estados Unidos; sería absurdo. Pretenden ampliar sus opciones, y eso fortalece, no debilita, a países soberanos.
Una Norteamérica fuerte tampoco debe significar una Norteamérica cerrada. Puede ser una región altamente integrada que comercie con Europa, Asia y América Latina desde una posición industrial mucho más sólida. El objetivo no debería ser construir una muralla económica contra China, sino construir capacidades suficientes para no depender críticamente de China. No es lo mismo. Una muralla encarece; una capacidad propia fortalece. Una prohibición puede resolver una dependencia estadísticamente; una fábrica la resuelve realmente.
Ésa es la diferencia entre proteccionismo y política industrial.
México tiene frente a sí una oportunidad excepcional. La competencia entre Estados Unidos y China está obligando a rediseñar cadenas de suministro que durante décadas parecieron inamovibles. Empresas buscan producir más cerca de sus mercados, gobiernos quieren disminuir vulnerabilidades y sectores enteros serán relocalizados. Nuestra ubicación geográfica nos coloca en una posición extraordinaria, pero la geografía por sí sola no garantiza nada.
Necesitamos energía, agua, infraestructura, seguridad, Estado de derecho, talento, certidumbre jurídica, capacitación, proveedores nacionales y una política industrial que sepa exactamente qué quiere atraer. De lo contrario, otros países aprovecharán la oportunidad.
Trump sabe qué quiere de México: una frontera comercial más controlada frente a China, mayor contenido norteamericano, menor déficit y cadenas de suministro alineadas con la estrategia estadounidense. Xi sabe qué quiere de México: mercados, inversión, acceso productivo, materias primas y un socio relevante dentro de América Latina y América del Norte. Canadá sabe qué quiere. Corea sabe qué quiere. Europa sabe qué quiere.
La pregunta vuelve a ser la misma: ¿México sabe exactamente qué quiere?
Porque ése será el verdadero examen del T-MEC. No si conseguimos conservar cada párrafo del tratado tal como existe hoy, sino si utilizamos la negociación para construir una economía mexicana más productiva, más tecnológica, más diversificada y menos vulnerable.
China está sentada en la mesa aunque no aparezca en la fotografía. México no puede ignorarla, pero tampoco puede permitir que Washington decida por nosotros qué relación debemos tener con ella. Podemos fortalecer América del Norte y reducir dependencias estratégicas sin renunciar a comerciar inteligentemente con el resto del mundo. Eso hacen las potencias. Eso hacen los países que conocen sus intereses.
Y ahí está la advertencia central: México no puede permitir que los dos gigantes negocien entre ellos mientras cada uno pretende decirnos con quién debemos negociar nosotros. Estados Unidos defenderá a Estados Unidos. China defenderá a China. Nadie llegará a la revisión del T-MEC pensando primero en el interés mexicano.
Eso nos corresponde exclusivamente a nosotros.
Si Washington quiere una América del Norte menos dependiente de China, que ayude a producir en América del Norte —y particularmente en México— aquello que hoy compramos en China. Si quiere reglas más estrictas, debe ofrecer también inversión, tecnología, certidumbre y oportunidades industriales. Y si México acepta restricciones sin obtener nuevas capacidades a cambio, habrá cometido un error que pagaremos durante años.
Porque el verdadero peligro no consiste en que China esté sentada sin silla en la mesa del T-MEC. El verdadero peligro sería que México, teniendo silla, llegue sin estrategia propia.
En una negociación entre gigantes, el país que no define sus intereses no permanece neutral: termina convertido en parte de los intereses de los demás. Y si México sale de esta revisión dependiendo menos de China pero más de otro país, no habrá ganado soberanía económica. Solamente habrá cambiado de dueño de la dependencia.
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