El problema de la guerra contra Irán, auspiciada por los EE.UU. e Israel, no solo es un pantano del cual no saben cómo salir, sino que quienes la planificaron pasaron por alto que Irán podría cerrar el estrecho de Ormuz, y afectar en forma sustancial el costo del petróleo. Y como si fuera poco, provocan un interés formidable en quienes tienen -o son parte del vecindario- de otros estrechos. Así, los hutíes están cerrando el mar Rojo y el gobierno argentino -a través de sus militares y ministros- pone un inesperado interés en nuestro Estrecho de Magallanes, Paso de Drake, y naturalmente (otra vez) el Beagle.
Viene a Chile Milei a insultar a medio mundo y nuestro gobierno no encuentra nada mejor que apoyarlos en que las islas Falkland y su mar circundante son suyas, y así enemistarnos con el Reino Unido. Anuncian la construcción de bases militares “poderosas” en la Patagonia, que en la práctica tienen solo dos posibles usos: los británicos en las Falkland, o Chile. Cuando se armaron hasta los dientes a mediados de los años 70, fue para atacarnos a nosotros, imposibilitados de comprar armamento por la famosa “enmienda Kennedy”.
El tema de las Malvinas/Falkland, es un asunto bilateral entre la Argentina y el Reino Unido -que ha sido históricamente un aliado de Chile -desde la Independencia y pasando por la Guerra del Pacifico-, a diferencia de los Estados Unidos, cuyo Presidente ahora les dice a los argentinos que si hay un conflicto por las Malvinas, el haría de intermediario, y que los ingleses están a muchos días de navegación de las dichosas islas. Parece ignorar que en 1982, ante la invasión argentina, Inglaterra sí movió su flota y les propinó una paliza memorable.
Por su parte, la relación de Chile con Argentina ha sido de todo, menos tranquila. Mientras estábamos en guerra con Perú y Bolivia, el general Roca nos llevó a negociar la Patagonia Oriental, que ante la imposibilidad de pelear en tres frentes, se la cedimos a cambio del dominio total del Estrecho de Magallanes: tratado de noviembre de 1902. Y ahora, como gran cosa, Milei reafirma nuestro dominio sobre el Estrecho, no aporta nada de nada, y a cambio de eso hace una promesa de suprimir un decreto que declara a la Argentina “un país bioceánico”, una promesa de dudoso cumplimiento, y de posible reincidencia en un futuro gobierno de Kicillof. Bueno, han sucedido cosas peores, como declarar el laudo arbitral británico sobre el Beagle “insanablemente nulo”, o cortarnos el suministro del gaseoducto sujeto a un tratado formal con Chile. Uno no entiende qué estamos haciendo metiéndonos gratis en conflictos que no son nuestros, con una contraparte que es -por lo bajo- impredecible.
El Estrecho es chileno, a pesar de nuestro descuido por la Región de Magallanes y la Antártica Chilena. Mucho Metro para Santiago y un puente gigante para Chiloé, cuando la parte chilena de Tierra del Fuego tiene menos de 10.000 habitantes, frente a la argentina con más de 190.000. Eso lo dice todo respecto a nuestro interés (o desinterés) histórico sobre el Estrecho de Magallanes.
Por César Barros, economista





