SEÑOR DIRECTOR:

Las redes sociales nos han dado la posibilidad de denunciar injusticias y exigir responsabilidades, pero también han creado una forma de juzgar donde muchas veces no existen los matices.

Hoy una frase mal dicha, una opinión desafortunada o un error puede transformarse en una condena pública. Y no se trata de justificar acciones incorrectas, sino de recordar algo básico; detrás de una pantalla sigue existiendo una persona.

Me preocupa que hayamos normalizado que alguien pueda quedar definido para siempre por su peor momento. Hablamos constantemente de empatía y salud mental, pero cuando aparece una polémica muchas veces somos los primeros en atacar, compartir y juzgar.

Claro que nuestros actos deben tener consecuencias. Pero quizás deberíamos preguntarnos si esas consecuencias buscan que una persona aprenda y repare su error, o simplemente destruirla públicamente.

Las redes sociales nos enseñaron que todos tenemos una voz. Tal vez ahora nos falta aprender a usarla.

Antonia Dabanch

Periodista