“No hay otra manera de protegerse de la adulación que hacer entender que decirte la verdad no te ofende”.

Nicolás Maquiavelo, El príncipe

Presidenta, le propongo un ejercicio sin los dichosos encuestadores: quite por un momento a Clara Luz Flores y ponga a Omar García Harfuch. Quite Nuevo León y ponga la sucesión presidencial de 2030. Ahora imagine que una encuesta resuelve el reparto, la estrategia y toooodo el proceder de Morena. Encima, que los perdedores desconocen el resultado y el Verde ofrece al excluido la candidatura que Morena le niega. ¿Todavía le parece que lo de Nuevo León es un pleito entre aspirantes?

Ahí tiene un ensayo de lo que puede ocurrir cuando un partido le entrega a un cuestionario / reactivo / batería / ejercicio demoscópico la responsabilidad de conducir sus disputas. La encuesta —la de Morena, en lo oscurito— proclama una ganadora; alguien más tiene que conseguir que el sentir ciudadano se acople a ella y que los derrotados trabajen para su proyecto. Si eso no se consigue, ya podrá usted presumir un método impecable mientras pierde elecciones, incluida “la grande”.

Voy por partes. Lo de Clara Luz todavía puede corregirse. Pero antes le aconsejo revisar qué información llega a los escritorios de Morena. Porque a una mala decisión se le pueden poner números, gráficas y sellos de casas encuestadoras —internas y externas, para el caso da igual—. Sigue siendo una mala decisión, aunque venga engargolada.

Vea la entrevista de Rodrigo Galván de las Heras en Grupo Fórmula. Que conste: es solo un ejemplo. No tengo nada contra él ni contra de su magnífica casa demoscópica.

El conductor presenta su último ejercicio referente a Nuevo León como levantado “hace unos días”. Rodrigo no corrige esa referencia. Más adelante explica que Clara Luz tiene 33%, Mariana Rodríguez 30% y Adrián de la Garza 24%, y describe una elección “el día de hoy”, con ligera ventaja para Morena y Clara Luz. Todo muy fresco. Casi recién salido del horno. Ajá.

Solo al final, cuando le preguntan al entrevistado expresamente si la medición se hizo antes o después de anunciarse la “coordinación estatal de Morena”, reconoce que fue antes. No dice cuándo (si bien tengo entendido que el levantamiento se sitúa a mediados de julio).

Que Clara Luz sea clienta de De La Heras Demotecnia no es pecado. Pero presentar apenas ahora aquellos resultados sin precisar su antigüedad sí merece una explicación. Sobre todo cuando las fechas que aparecen en otros ejercicios de la casa aquí convenientemente brillan por su ausencia…

La entrevista ofrece su propia ironía: al principio, conductor y encuestador coinciden en que una encuesta refleja el momento en que fue levantada. Después hablan del panorama “hoy” sin identificar aquel momento. Rodrigo incluso compara la encuesta con un retrovisor. Perfecto: entonces, que avise hasta dónde está mirando hacia atrás. Tres meses en carretera pueden incluir una designación, una rebelión y un partido que ya no viaja junto.

Esa medición no puede mostrar qué pasó con el respaldo a Morena después de elegir a Clara Luz ni cuánto pesa la inconformidad que vino después. Si la levantaron antes, los entrevistados todavía no podían reaccionar a lo que no había ocurrido. Pero se difunde ahora, en plena disputa, como argumento para tranquilizar a quienes dudan de la apuesta. La encuesta de julio llega a octubre con cambio de vestuario.

Y si el problema alcanza a Morena, ¡vaya problemón!, presidenta. Si esa medición le llegó como actual para reforzar la decisión tomada mediante las encuestas internas, eso olería muy mal. Ejercicios distintos, utilizados para blindar la misma apuesta… ¿Quién consideró irrelevante explicarle que la fotografía precedía a la designación y a la fractura? Sus colaboradores en el partido estarían defendiendo una decisión ya tomada mientras usted recibe la cuenta política.

En mi columna “Clara…mente, la derrota tiene método" planteé que Morena pedía a gritos perder Nuevo León y aun así influir en quién lo ganara. En “Tatis: la traición era para otros” cuestioné la conciencia que Tatiana Clouthier estrenó después de quedarse sin coordinación. Mantengo ambas lecturas. Pero ninguna resuelve la pregunta que le toca contestar a usted: ¿quiere disputar la gubernatura o ya decidió sacrificarla? Lo pregunto muy en serio. O, dicho de otra manera —ya ve que soy muy mordaz si me lo propongo—: usted, usted, usted mismísima, ¿en estos momentos a quién vería menos peor gobernando y teniendo que trabajar con usted, a Mariana o a Adrián? También lo pregunto muy en serio.

Y antes de seguir, una aclaración para usted, pero sobre todo para mis lectores habituales: no me he vuelto morenista. No seamos ridículos. Lo que sucede es que entre los morenistas hay gente nefasta y otra gente menos nefasta; como crítica del régimen, prefiero ver compitiendo al menos a quienes no sean taaaaaan nefastos. Porque quien gane gobernará también para quienes no votamos por Morena. Mi interés en que haya mejores opciones no termina donde empieza el partido que critico. Si de paso mis recomendaciones le sirven, presidenta, aprovéchelas: vienen sin factura y sin encuesta de acompañamiento.

Si quiere sacrificar esa gubernatura y arriesgar también el Congreso local y las alcaldías, no haga nada: conserve a Clara Luz. Yo no le veo posibilidades de disputar el primer lugar y sí muchas de quedarse en el último. Si quiere competir, dé el manotazo. Mi apuesta en un nuevo proceso sería Waldo Fernández: le veo mayor margen para crecer, menos negativos entre sus otros contrincantes y oportunidad de competir decorosamente. Una nominación que necesita tanta defensa antes de comenzar la campaña ya está avisando algo. Solo digo.

Mi propuesta es concreta: Waldo al frente del proyecto estatal; Tatiana Clouthier y Andrés Mijes en otras posiciones. El acomodo de Andrea Chávez en Ciudad Juárez muestra que Morena sabe encontrar otro destino a quien pierde una disputa estatal. El talento para repartir cargos existe. Falta usarlo para sumar votos.

¿Y Clara Luz y Abel Guerra? Tienen estructura, pero no veo una fuerza que vuelva imposible su relevo. Me cuesta entender que Morena tema más a su enfado que a una derrota electoral. Si alguien sostiene que son indispensables, que explique qué votos se perderían sin ellos y cuáles se podrían recuperar con otra candidatura.

Además, usted sabe que la encuesta se puede mover del altar. En noviembre de 2023, García Harfuch ganó la medición de la Ciudad de México y Clara Brugada recibió la candidatura por el ajuste de paridad. Había otra regla y se aplicó. Entonces Morena pudo explicar por qué el primer lugar no se quedaba con la postulación. Ahora el movimiento—una parte de este, al menos— pretende que nadie toque el resultado. ¡Qué versátiles resultan los mandamientos cuando cambia el beneficiario!

Y usted ya conoce el costo de confiar demasiado en la marca: en 2021, mientras gobernaba la Ciudad de México, la oposición ganó nueve de las dieciséis alcaldías y Morena sufrió un retroceso también en la elección federal capitalina. Había estructura, popularidad presidencial y una maquinaria que parecía suficiente. No alcanzó. Con ese antecedente, ¿por qué habría de ser inmune Nuevo León a una candidatura cuestionada, una encuesta envejecida y una dirigencia empeñada en no corregir?

Por eso regreso a 2030. Imagine a García Harfuch, un colaborador leal, con respaldo y aspiraciones, apartado por un mecanismo que él y los suyos consideran cargado. Imagine al Verde ofreciéndole competir por cuenta propia. No hace falta que hoy exista ese acuerdo para que usted entienda el riesgo: los aliados también hacen cuentas y los excluidos también encuentran puertas.

La “operación cicatriz” de Nuevo León todavía cabe en una mesa. Una ruptura por la presidencia movilizaría gobernadores, legisladores, recursos y estructuras nacionales. Si ahora enseña que nadie puede corregir una apuesta equivocada, estará invitando a los grupos a buscar desde hoy quién les garantice lo que mañana Morena podría negarles. La disciplina aguanta hasta que aparece una alternativa.

Cuando escribí “Morena se dividirá antes de que termine el año” —ya van tres columnas que, si no han leído, les sugiero consultar— no imaginaba necesariamente una estampida de renuncias. Hay una forma más rentable de romper: quedarse, conservar las posiciones y dejar de obedecer. Las campañas pueden traducir esa fractura en apoyos a medias, operadores que desaparecen y votos que nunca llegan. La foto de unidad sale preciosa porque el sabotaje no posa.

Y antes de 2030 viene 2027. Las tensiones con el Verde en San Luis Potosí y los agravios en Chihuahua o Baja California Sur no se evaporan porque la dirigencia declare cerrado el proceso. Cada grupo observará qué ocurre en Nuevo León. Ese estado puede hacerla de “efecto contagio”. Si la lección es que una mala candidatura resulta intocable, cada uno buscará salvar su parcela.

Por eso la revisión, al igual que después de la debacle electoral de hace cinco años, debe incluir a quienes le recomendaron la apuesta, presidenta Sheinbaum. Los mismos que ahora hacen peripecia y media para justificarla. Cambiar a la coordinadora dejando intacto el equipo que equívocamente la postuló sería conservar la fábrica del siguiente desaguisado. Necesita distinguir quién defiende la competitividad del partido y quién está defendiendo a una clienta, a un grupo o su propia recomendación.

Presidenta, todavía puede corregir Nuevo León y evitar que la encuesta se convierta en coartada para todos. Si decide conservar a Clara Luz, hágalo sabiendo lo que está apostando. Cuando en 2027, Morena entregue resultados, que sí incluyan la fecha. No vaya a ser que también la derrota la presenten como una victoria de hace unos días.