Solemos describirnos como personas «de cabeza» o «de corazón», como si razón y emoción compitieran por controlar nuestras decisiones. La psicología ofrece una imagen diferente: ambos procesos interactúan constantemente y pueden ayudarnos o llevarnos a errores dependiendo del contexto. Tenemos que aceptar o rechazar una oferta de trabajo. Sobre el papel, una opción ofrece mejor salario, horarios razonables y posibilidades de crecimiento. Sin embargo, algo no termina de convencernos. Otra alternativa parece menos segura, pero nos ilusiona mucho más. ¿Qué deberíamos hacer? ¿Seguir los datos o confiar en aquello que sentimos? Esta oposición aparece constantemente en nuestro lenguaje. «No pienses con el corazón», «sé racional», «haz caso a tu intuición». Incluso tendemos a describir a las personas como si pertenecieran a uno de dos grupos: quienes analizan fríamente las decisiones y quienes se dejan llevar por las emociones. Sin embargo, la investigación psicológica sugiere que esta separación resulta demasiado simple. **Las emociones participan en nuestra manera de valorar las opciones, mientras que el razonamiento puede ayudarnos a revisar esas valoraciones.** Entender cómo trabajan juntos permite responder mejor a una pregunta aparentemente sencilla: ¿somos realmente racionales o emocionales? @professional(2070446) ## Ser racional y ser emocional no son dos personalidades opuestas En psicología se han estudiado diferencias individuales en la tendencia a utilizar formas de pensamiento más analíticas o más intuitivas. Seymour Epstein y sus colaboradores desarrollaron en los años noventa el *Rational-Experiential Inventory*, un cuestionario diseñado para medir estas preferencias. En sus investigaciones aparecían dos dimensiones: por un lado, la tendencia a disfrutar del análisis y el razonamiento deliberado; por otro, la confianza en las impresiones intuitivas y la experiencia. Lo interesante es que ambas no eran simplemente extremos de una misma línea. **Una persona podía puntuar alto en pensamiento analítico y, al mismo tiempo, confiar bastante en su intuición.** Esto ya introduce un matiz importante. Ser racional no exige ser poco emocional, del mismo modo que confiar en determinadas intuiciones no implica ser incapaz de razonar. Además, nuestras preferencias pueden cambiar según el problema. Alguien puede analizar exhaustivamente una inversión económica y tomar decisiones sentimentales de una manera mucho más intuitiva. Por eso, más que dividir a las personas entre «racionales» y «emocionales», resulta útil estudiar qué procesos utilizamos, cuándo los utilizamos y con qué consecuencias. ## Las emociones también nos proporcionan información Durante mucho tiempo se representó la emoción como una interferencia que debía mantenerse apartada de las buenas decisiones. Hoy sabemos que su función es bastante más interesante. Jennifer Lerner y sus colaboradores revisaron décadas de investigación sobre emoción y toma de decisiones y concluyeron que las emociones pueden influir de manera sistemática en aquello a lo que prestamos atención, cómo interpretamos una situación y cuánto riesgo estamos dispuestos a asumir. Esos efectos pueden resultar útiles o perjudiciales dependiendo de si la emoción aporta información relevante para la decisión. No todas las emociones producen, además, los mismos efectos. Dos estados igualmente desagradables pueden orientar nuestras valoraciones de manera diferente. El miedo suele estar relacionado con una mayor percepción de incertidumbre y riesgo, mientras que la ira puede acompañarse de una mayor sensación de control. Esto ayuda a entender por qué no basta con hablar simplemente de «estar emocional». **Las emociones también permiten asignar valor.** Ante dos alternativas objetivamente posibles, necesitamos alguna forma de determinar cuál nos importa más. El salario de un trabajo puede medirse; la satisfacción que anticipamos, la importancia que concedemos a la autonomía o lo incómodos que nos sentimos con cierto entorno forman parte igualmente de la decisión. ## ¿Podemos decidir bien sin utilizar las emociones? Uno de los experimentos más conocidos sobre esta cuestión fue publicado en 1997 por Antoine Bechara, Hanna Damasio, Daniel Tranel y Antonio Damasio. Los investigadores compararon a personas sin lesiones neurológicas con pacientes que presentaban daños en regiones prefrontales asociadas, entre otras funciones, con la integración de información emocional durante la toma de decisiones. Los participantes realizaron una tarea con varias barajas de cartas. Algunas proporcionaban recompensas elevadas inmediatamente, pero producían pérdidas mayores a largo plazo; otras eran menos atractivas al principio, pero resultaban más ventajosas con el tiempo. Los participantes sanos empezaban progresivamente a favorecer las opciones beneficiosas antes de poder explicar claramente qué estrategia estaban siguiendo. Los pacientes estudiados continuaban escogiendo con mayor frecuencia las opciones perjudiciales incluso después de adquirir cierta información sobre la tarea. El experimento fue importante para plantear que determinadas respuestas corporales y emocionales pueden orientar decisiones antes de que dispongamos de un razonamiento plenamente explícito. Pero no demuestra que «la intuición siempre tenga razón». La interpretación de esta tarea y de los mecanismos que explica ha sido discutida posteriormente. **Lo que sí ayuda a cuestionar es la imagen de una razón pura funcionando mejor cuanto más consigue eliminar las emociones.** A veces necesitamos sentir que una posibilidad es valiosa, peligrosa o relevante antes de poder decidir qué hacer con ella. ## Pensamiento rápido no significa necesariamente pensamiento emocional Otra confusión habitual consiste en asociar automáticamente intuición con emoción y razonamiento con lentitud. Las teorías de procesamiento dual ayudan a introducir una distinción diferente. Jonathan Evans y Keith Stanovich diferencian entre procesos de tipo 1, que funcionan de manera relativamente rápida y automática, y procesos de tipo 2, que requieren más recursos de memoria de trabajo y permiten desarrollar razonamientos hipotéticos y deliberados. Pero «rápido» no significa necesariamente «emocional». Reconocer una palabra, conducir por una carretera conocida o identificar un patrón profesional después de años de experiencia pueden ser procesos rápidos sin tener un componente emocional especialmente importante. Y una decisión profundamente emocional puede, al mismo tiempo, ocuparnos durante semanas y estar acompañada de mucho razonamiento consciente. Por otro lado, pensar lentamente tampoco garantiza acertar. **Podemos dedicar horas a construir argumentos que simplemente justifican una conclusión que ya queríamos alcanzar.** La velocidad con la que pensamos y el papel que desempeñan nuestras emociones son dimensiones relacionadas en algunas situaciones, pero no equivalentes. ## Cuándo conviene escuchar la emoción y cuándo tomar distancia Las emociones pueden aportar información especialmente útil cuando están relacionadas con aquello que estamos decidiendo. Sentir incomodidad repetidamente ante determinados comportamientos de una persona puede merecer atención. También puede ser importante notar entusiasmo ante un proyecto o aburrimiento persistente en un trabajo. El problema aparece cuando trasladamos una emoción de un contexto a otro. Haber tenido una discusión antes de una reunión puede hacernos interpretar como hostil un comentario ambiguo. Un momento de euforia puede aumentar temporalmente nuestra disposición a asumir riesgos. El miedo provocado por una experiencia reciente puede llevarnos a sobreestimar peligros poco probables. Una pregunta sencilla puede ayudar: «¿Lo que estoy sintiendo tiene que ver realmente con esta decisión?». También puede resultar útil aplazar decisiones importantes cuando estamos sometidos a una emoción especialmente intensa, buscar información que contradiga nuestra primera impresión y separar aquello que sabemos de aquello que anticipamos o tememos. **La meta no es ignorar la emoción. Es convertirla en una fuente de información más.** Podemos preguntarnos qué nos está señalando, comprobar si esa señal encaja con los hechos y, después, decidir cuánto peso merece. ## No somos racionales o emocionales: decidimos con ambas cosas La idea de elegir entre cabeza y corazón resulta atractiva porque simplifica un proceso enormemente complejo. Pero nuestro cerebro no toma decisiones mediante una batalla entre una zona racional y otra emocional. Atención, memoria, experiencia, expectativas, valores y emociones interactúan constantemente. Las emociones pueden sesgarnos, pero también ayudarnos a distinguir lo importante de lo irrelevante. El razonamiento puede corregir una primera impresión equivocada, pero también puede utilizarse para justificar una preferencia previa. **Ninguno de los dos procesos garantiza por sí solo una buena decisión.** Por eso, preguntarnos «¿soy más racional o emocional?» puede decirnos algo sobre cómo nos percibimos, pero probablemente no explique demasiado sobre cómo decidimos realmente. Una habilidad más útil consiste en reconocer qué estamos sintiendo, comprender qué información contiene esa emoción y saber cuándo merece la pena detenernos a comprobar si nuestra primera interpretación tiene sentido. **Decidir bien no exige silenciar las emociones ni obedecerlas: exige aprender a conversar con ellas.** @professional(2070446)