Para Tochtli Bouchain
Un edificio ha captado la mirada de mi amigo, de aficiones estéticas y arquitectónicas (o quizás sólo sea el Efecto Tequila). Se trata de un conjunto departamental, que seguramente data de la última década del siglo XIX, ubicado en la esquina de Libertad (antes calle De La Viña) y la orilla poniente de Peralvillo, la rue por la que ahora mismo vamos andando.
El inmueble parece anodino, cotidiano, de lo más gris de la grisura: de apenas dos pisos y una planta baja, destacan sus cándidos ventanales de madera de piso a techo, enmarcados con cantera chiluca de arco de medio punto, cerrados por una clave tallada en forma de hoja de acanto. Algunos de esos ventanales aún conservan sus toldos de tela destartalada, y de sus balcones, cercados con garigoleada herradura carcomida, cuelgan macetas con plantas de un verdor terrible.
Quién sabe qué será, pero algo en ese inmueble decrépito, de extraño carisma, destila una especie innoble belleza. O a lo mejor son los tequilas que ya nos estallaron en fondo del fondo del alma. “Fíjate que justo en los bajos de ese edificio –extraigo a mi amigo del paroxismo– estuvo la cantina Salón Mayo, que habrá cerrado sus puertas por ahí de la década de 1970”. (Y le muestro una fotografía que conservo en mi celular al respecto).
Antes de seguir nuestro andar, rumbo a la cantina La Principal, cambiamos de acera y, desde los pies del edificio en cuestión, miramos a lontananza rumbo al poniente, cerrando un ojito a la manera de Odín, para ver más lejos: “¿Alcanzas a ver esa casa colorada? –le consulto a mi amigo–. Es el número 61 de Libertad. Ahí tuvo su real una casa de citas, en la que, se dice, Agustín Lara se granjeó aquella legendaria herida que le produjo la cicatriz en la mejilla izquierda y que lo transformaría en el feo más codiciado de México”.
Es cierto que Agustín se dedicó a contar mil versiones y mentiras acerca de ese hecho. Dijo, por ejemplo, que el médico (ortopedista) y cantante Alfonso Ortiz Tirado, “El Tenor de las Américas”, fue quien le hizo la cirugía para reparar la herida (que iba de la boca al pómulo). Dijo después que quien le propinó la cuchillada fue una prostituta de nombre Marichú, en un burdel de Córdova, Veracruz, Dijo también que la tajadura fue resultado de una riña de cantina con un amante celoso…
Pero uno de los más cercanos amigos de Lara, el licenciado Galindo, aseguraba que en la casa de la señora Rosario, en Libertad 61, fue donde Lara obtuvo esa épica cortadura, propinada por una prostituta llamada Marucha que se había enamorado de él y que, en el marco de una escena de histeria y celos digna de la mejor tradición de Dostoievski, sacó una navaja de barbero –otros dicen que fue una charrasca de zapatero– y le soltó al Flaco de Oro una atinada puñalada en el rostro, destartalándole y ampliándole la sonrisa a ese genio pianista que se formó en burdeles y prostíbulos, dejándolo marcado para siempre.
Sea como sea, por esa herida Lara también perdió los dientes. Luego se supo que el médico que lo entendió, un joven practicante que le zurció la piel con poca habilidad, tuvo la ocurrencia de aplicarle mercurio en la boca como desinfectante, pero la consecuencia fue que a Agustín se le quemaron las encías y los dientes le estallaron al instante. Desde ese aciago día, el compositor de “Solamente una vez” y “Amor de mis amores” usó dentadura postiza.
Retomamos nuestro camino por Peralvillo, que antes se llamó Real de Santa Ana, y así cruzamos Jaime Nunó, en cuya esquina se halla una de las casonas más antiguas de esta calle en la que, cuenta la tradición, habitó el compositor catalán autor de la música del Himno Nacional. En la acera derecha, descuella la fachada de un edificio (en el número 15 de Peralvillo), de bellos y apolíneos mascarones. Es una vecindad decimonónica dueña de una monumental escalera, en la que, según es fama, vivió Manuel González, “El Manco de Tecoac”, ese que fuera compadre de Porfirio Díaz y presidente (de chocolate) de México entre 1880 a 1884.
Luego pasamos González Bocanegra, en honor al trágico y oscuro poeta potosino que colocara los patrióticos y belicosos versos al Himno, y unos metros más adelante, en Peralvillo 30, nos topamos con un sitio que, carajo, no tenía considerado: El Correo Español. ¡Es una señal del destino! Mientras seguimos andando, cavilo y reajusto los planes mentalmente. Unos pasos más allá llegamos a la Plaza Santa Ana, que en realidad es el antiguo atrio de la Parroquia de Santa Ana Atenantitech.
En tono didáctico, le pido entonces a mi amigo que observe la plaza y sus alrededores y que retenga la imagen en la mente. Mi agudo y habilidoso acompañante, de escrutadora mirada, peina la zona en ángulo de 180 grados. Luego de un rato, damos vuelta en U: “Haremos una parada técnica, estratégica, rápida”, le anoto a mi amigo.
Desandamos nuestros pasos y entramos al Correo Español, de insigne membranza. Doblamos sus puertas de vaivén y un aire rancio y tibio nos sacude el rostro. El lugar, lírico y sentimental, fuera del tiempo, está vacío. Nos dirigimos al fondo, para apostarnos en su barra en forma de S. El Correo fue un sitio de prestigio y talla, frecuentado por la jet set mexicana de las décadas de 1940 y 1950. Presidentes, artistas (incluido Agustín Larín), empresarios, desfilaron por las entrañas de este lugar que ahora se aferra a la vida y que inició sus días como cantina (en 1943), para luego tomar el cariz de restaurante familiar.
En la barra un acucioso gentleman, algo cadavérico, nos atiende. La cava, de empolvadas y pobres botellas, está algo desierta. Para no arriesgarnos pedimos lo infalible: un Bacardí quemado y pintadito. En otros tiempos, el Correo amasó una de las más prestigiosas cavas de vino español de la ciudad. “¿Te acuerdas del Bar Astur que visitamos hace unos días? Bueno, pues este congal fue fundado por el mismo dueño: Florentino Hevia Rodríguez, don Tino”. Y le señalo a mi acompañante un retrato empotrado en la pared que da cuenta de ese bajito español, de rubia y lacia cabellera, ojiazul, descendiente de una numerosa familia de cabriteros asturianos.
Acodados en la barra, asidos a nuestros respectivos bacardís, le cuento a mi amigo algo que me parece fascinante, ocurrido en la Plaza Santa Ana –cuya imagen recientemente ha grabado en la memoria– hace más de 500 años, en 1521, durante la batalla por Tenochtitlan.
Continuará….





