Todos conocemos la historia. Un viajero, perdido en el desierto, angustiado por la sed, desesperado por el látigo del sol que cae vertical sobre él, lo divisa de pronto.

Es un oasis, con vegetación, una laguna y hasta palmeras. Agua y sombra.

Pero, cuidado: ¿es realmente el milagroso alivio que necesita, o es solo un espejismo producto de la ilusión óptica alimentada por su propia desesperación?

El progresismo atraviesa ya varios años de penosa travesía por el desierto. Desde el desplome del proceso constituyente, ha ido de paliza en paliza. Una y otra vez, los chilenos han dejado en claro que la izquierda es minoría y que perdió la confianza que alguna vez depositaron en ella para construir un país mejor.

Si el panorama nacional es desesperado, el internacional es terminal. La socialdemocracia se contrae, mientras la ultraderecha campea por el mundo occidental, ganando uno y otro casillero, desde Colombia hasta Francia, y desde Bolivia hasta ¡Alemania!

Es tierra arrasada. Y los últimos dos referentes que quedan en pie (Lula y Sánchez) parecen a punto de caer en las batallas electorales de las próximas semanas en Brasil y España.

Entonces, en el horizonte aparece el oasis.

Una querida expresidenta vuelve a Chile, liberada, tras su fracaso en la ONU, para ponerse los guantes y entrar a pegar combos al ring político local. Por primera vez en el año, los partidos progresistas se ponen de acuerdo en algo: organizan un acto de homenaje, este se llena con un ambiente de fervor y, para llevar al paroxismo la esperanza, la expresidenta coquetea con la idea de ser, tal vez, en una de esas, candidata a La Moneda para 2030.

Esperanza. Euforia. Bachelet está de vuelta, la derecha tiembla, a Kast le tiritan las piernas. En el horizonte aparece al fin el oasis de agua y sombra que un sector político al límite de sus fuerzas tanto anhelaba.

Pero, cuidado: ¿es realmente el milagroso alivio que necesita, o es solo un espejismo producto de la ilusión óptica alimentada por su propia desesperación?

Creo que es lo segundo.

Y es que volver al lugar en que se fue feliz es siempre la forma más cómoda de autoengaño.

Bachelet simboliza eso: una época en que la izquierda era capaz de encarnar el sentido común de un país que se había liberalizado y en que corrían nuevos vientos en temas como la igualdad de género y las libertades individuales. También, en que el consenso neoliberal se agrietaba, y aparecían por doquier las demandas por un rol sustancial del Estado en corregir al mercado y atacar las desigualdades sociales.

Bachelet lideró esas batallas, ganó dos elecciones presidenciales y le dio a la centroizquierda ocho años en el poder.

Pero ese Chile ya no existe. Hoy, después de una larga sucesión de crisis, tenemos un país crispado en medio de un mundo convulso. En la última década, la izquierda regaló a la derecha, por negligencia y por soberbia, los temas fundamentales en la mente de los chilenos, como el combate a la delincuencia, el orden migratorio, el crecimiento económico y el empleo.

Para ser una opción, el progresismo tiene que partir por volver a ser creíble en esas materias. Y hoy tiene una ventana de oportunidad única, considerando el monumental fracaso del actual gobierno en sus temas supuestamente fuertes, que hoy tienen a Chile con un millón de desempleados, la economía en recesión técnica, una conducción exterior pusilánime frente a amenazas contra nuestra soberanía, una política de seguridad caótica, y cuestionados recortes sociales.

Hay esfuerzos en curso: exministras, alcaldes y alcaldesas están hablando sin tapujos de seguridad, empleo y costo de la vida. Buscan, a tientas, articular un discurso creíble en temas del presente y del futuro.

El presidente y sus ministros rehúyen por todos los medios contestar sobre su propia gestión y sus promesas incumplidas. Kast pasó sus primeros seis meses echando la culpa de todos los males a Boric. Ese discurso se agotó. Ahora intenta repetir el truco intentando culpar de todos los males a las reformas de Bachelet, y así desviar la conversación.

No, a Kast no le “tiritan las piernas”, como dijo el secretario general del PS, con la aparición de Bachelet. Más bien se está aferrando a ella como un náufrago a una tabla, confiando en que esa confrontación con el pasado lo salve de dar explicaciones por el desastre del presente.

Es un discurso que ordena a sus huestes, cada vez más impacientes, contra un adversario común, y, sobre todo, gana tiempo al cambiar de tema. Lo que sea, menos hacerse cargo de la realidad actual.

¿Desempleo? ¿Recesión? ¿Inseguridad? Mejor hablemos de Bachelet y de cómo sus reformas nos trajeron hasta aquí.

Michelle Bachelet tiene un lugar ganado en la historia de Chile, y tiene, por supuesto, todo el derecho a participar en el debate público y ejercer un rol relevante en la oposición. Pero su irrupción arriesga distraer al progresismo de su tarea urgente: consolidar una opción de futuro, y no de pasado, tanto en sus líderes como en su enfoque de los temas.

La nostalgia entibia el cuerpo, pero no es un arma para disputar el poder en el mundo real.

El efecto paralizante de Bachelet, por lo demás, el progresismo ya lo conoce. Entre 2010 y 2013 se congeló, a la espera de que la expresidenta llegara a salvarlo desde Nueva York. El resultado fue que volvió al poder, pero sin haber hecho nunca el análisis, la renovación y la autocrítica por el fin de la Concertación.

Tomaron el atajo fácil, y el resultado es que nunca más ha podido reestablecerse una alianza sólida del centro y la izquierda.

Luego, la ex-Concertación volvió a paralizarse en 2024 y el verano de 2025, sobreinterpretando cada respuesta ambigua de la expresidenta como una esperanza de que sería candidata. Cuando finalmente dijo que no, el daño sobre la postulación de Carolina Tohá ya era irreversible; Tohá partió tarde y con un gigantesco cartel de “Plan B” sobre sus hombros.

Ahora, un progresismo desesperado comete de nuevo el mismo error. Confunde la nostalgia con el futuro, se entusiasma con recrear un pasado que ya no volverá, y se convence de que tal vez puede tomar el atajo fácil de colgarse de la expresidenta en vez de transitar el camino arduo y pedregoso de la autocrítica y la reconstrucción.

Sediento, agotado y al límite de sus fuerzas, el progresismo intenta refugiarse en un oasis que no es más que un espejismo.