En medio de la discusión sobre la implementación de la nueva norma lumínica, la directora ejecutiva de la Fundación Cielos de Chile, Daniela González, explicó en Hub Sustentabilidad de Radio Duna que el objetivo de la regulación no es reducir la iluminación de los espacios, sino hacer un uso más eficiente de ella. “La norma lumínica no apunta a que nosotros apaguemos la luz o que estemos en espacios mal iluminados”. Según explicó, el objetivo es terminar con un paradigma de sobreiluminación y determinar “la cantidad de luz óptima que nosotros necesitamos para las tareas que estamos desarrollando, en los horarios que los estamos desarrollando”.
Chile cuenta con regulación sobre contaminación lumínica desde hace más de dos décadas. Sin embargo, su alcance inicialmente estaba restringido a las regiones astronómicas de Antofagasta, Atacama y Coquimbo.
La actualización realizada en 2024 amplió el alcance de la regulación a todo el territorio nacional, incorporando además la evidencia científica acumulada respecto de los efectos de la exposición a luz artificial durante la noche. “En Chile hay una norma lumínica hace más de 25 años, solamente que aplicaba a lo que se conocían tradicionalmente como regiones astronómicas, Antofagasta, Atacama y Coquimbo”, explicó González.
La directora ejecutiva de la Fundación Cielos de Chile destacó además que la nueva regulación reconoce a la luz artificial como un contaminante y amplía el foco de protección más allá del patrimonio astronómico. “Esta es una norma que nos cuida”, afirmó. Y esta protección de cielos también tiene un componente cultural. Según recordó González durante la entrevista, una reciente encuesta de Marca Chile e Ipsos mostró que el 87% de los consultados considera que los cielos de Chile están entre los elementos de los que más orgullosos se sienten.
Luz artificial y salud
Uno de los aspectos menos conocidos de la contaminación lumínica es su relación con el funcionamiento biológico de las personas. La luz artificial durante la noche altera señales naturales a las que los seres humanos estuvieron adaptados durante prácticamente toda su historia. “La luz artificial es un invento relativamente nuevo en la historia de la humanidad. Los alumbrados públicos o la masificación de la luz eléctrica tienen menos de 150 años”, explicó González. Por eso, sostuvo, “no hay ningún mecanismo, ni en nuestro cuerpo, ni en el resto de los ecosistemas, que esté adaptado a la luz artificial durante la noche”.
La entrevistada puso el foco también en el ciclo circadiano, que regula procesos biológicos de aproximadamente 24 horas y que usa las variaciones naturales de luz y oscuridad como señales. Durante el día, la luz natural tiene una mayor presencia de tonalidades azules, mientras que al acercarse la noche predominan tonalidades más cálidas. Según cuenta González, replicar esa transición mediante una iluminación artificial adecuada puede contribuir a que las señales que recibe el organismo sean compatibles con sus procesos naturales. “Una de las cosas que busca esta norma lumínica (...) es que a las horas en que yo necesito apoyo de la luz artificial, esta me dé una señal que sea compatible con mi cuerpo y con las funciones que yo tengo durante la noche”.
En ese sentido, la discusión sobre la luz cálida no se limita a una preferencia estética simplemente. Según González, se trata de adaptar la iluminación artificial a los ciclos biológicos y reducir la exposición innecesaria durante la noche. “Esta es una norma que nos cuida. No solamente para este patrimonio mundial astronómico que nosotros tenemos, sino que algo súper importante (...) que es el impacto que tiene la exposición a la luz artificial en la salud de las personas y en la biodiversidad”, recalcó.
También relacionó la alteración del descanso con procesos de restauración metabólica y con enfermedades crónicas. “El descanso lleva consigo una serie de restauraciones metabólicas que se relacionan con otras enfermedades que son crónicas en la población chilena: diabetes, hipertensión, obesidad, Alzheimer”, sostuvo, aunque advirtió que existe un ámbito de estos impactos que todavía no ha sido cuantificado.
El impacto sobre la biodiversidad
Ahora bien, la contaminación lumínica no afecta solo a los seres humanos. Las alteraciones de los ciclos naturales de luz y oscuridad pueden modificar conductas de alimentación, reproducción y desplazamiento de distintas especies. González puso como ejemplo el caso de las golondrinas de mar en el norte del país. “En el Paso Chacalluta, anualmente, 20.000 golondrinas de mar caen solamente por contaminación lumínica”, afirmó.
Por ello, la normativa establece una implementación diferenciada para aquellos territorios donde existen especies particularmente vulnerables o donde se concentra el patrimonio astronómico. En estas zonas, la regulación comenzó a aplicarse desde 2024 y contempla plazos de recambio asociados a la urgencia de proteger estos ecosistemas.
El desafío para los municipios
La aplicación de la nueva normativa también ha abierto una discusión sobre los costos y los plazos que tendrán los municipios para adaptar sus sistemas de alumbrado público. Según González, en Chile existen alrededor de 3,5 millones de luminarias públicas, por lo que el cambio implica un desafío de inversión y mantenimiento. La norma establece, justamente, plazos escalonados para su implementación.
En el resto del territorio nacional, explicó, desde el 19 de octubre las nuevas luminarias deberán cumplir con el nuevo estándar, mientras que en las zonas prioritarias existen plazos de recambio específicos.
La discusión ha incluido solicitudes de asociaciones municipales para postergar los plazos y permitir un período adicional de adaptación. Para González, sin embargo, además de discutir los tiempos, es necesario abordar cómo hacer más eficiente el proceso. “La necesidad o la urgencia más allá de aplazar las entradas en vigencia tiene que ver en cómo generamos mecanismos que mejoren la eficiencia de las licitaciones, cómo mejoramos nosotros también la comunicación a las personas, cómo nosotros capacitamos los equipos técnicos municipales en cuál es el tipo de diseño lumínico, qué luminarias elegir”.
Agregó que el diseño también puede generar ahorros. “A veces no necesitamos tanta luz. Puedo hacer un diseño más discreto, puedo bajar la altura del poste y con eso también generar eficiencia en la cuenta de alumbrado público”. Además, destacó que las luminarias LED tienen una vida útil de entre 10 y 15 años, por lo que las decisiones que se tomen hoy pueden determinar por cuánto tiempo permanecerán instalados sistemas que cumplan o no con los estándares de contaminación lumínica.
El desafío en el sector privado
Por parte del sector privado, González explicó que existen oportunidades para que empresas y particulares adopten buenas prácticas incluso antes de los plazos establecidos por la regulación. “En Chile las normativas siempre establecen plazos máximos, pero eso no quita de que nosotros podamos partir desde ahora y celebrar buenas prácticas”, planteó.
Destacó por ejemplo el impacto de las actividades industriales en el norte del país, donde instalaciones que operan durante las 24 horas pueden generar niveles relevantes de contaminación lumínica. “La principal amenaza es toda la industria que está alrededor de la zona norte”. Según explicó, la contribución lumínica de industrias que funcionan de manera continua “es casi igual al de una ciudad completa como Antofagasta o como Calama”.
También llamó a prestar atención a situaciones cotidianas en las ciudades y los hogares. La Fundación Cielos de Chile cuenta con una aplicación de ciencia ciudadana mediante la cual las personas pueden reportar casos de contaminación lumínica. Según dijo, más del 50% de los reportes corresponden a encandilamiento y luz intrusa, como luminarias de estacionamientos que iluminan directamente hacia viviendas.
La discusión, por lo tanto, se amplía a cuánto, dónde, cómo y cuándo se utiliza la luz. “Cuando hablamos de contaminación lumínica hay formas de contaminación lumínica que están muy subrepresentadas”, señaló González. Por eso, sostuvo, “podemos darnos cuenta de los impactos que tiene la luz artificial en nosotros y obviamente también en los ecosistemas”.
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