Desde primera hora quedó claro que el Festival Neutral, realizado en Matucana 100, sería más que una mera vitrina de artistas independientes en auge.
Desde las 15 horas de este sábado y hasta casi la medianoche, el recinto de Estación Central se transformó en un verdadero hervidero de talento y propuestas muy distintas entre sí, pero, por sobre todo, en un espacio para conectar con una audiencia sedienta de música, dispuesta a saltar, gritar, armar moshs, levantar en andas a asistentes en sillas de ruedas y sumarse a una vorágine que por momentos no dio respiro.
Aunque era imposible asistir a todo, ya que las presentaciones se repartían en paralelo entre cuatro escenarios diferentes de M100, y durante la tarde incluso era fácil quedarse fuera de algunas zonas que alcanzaban su capacidad máxima, la gracia del Festival Neutral fue precisamente que siempre existía otra alternativa a la que echar mano. De ese modo, fuese cual fuese la grilla que eligieras, siempre había algo nuevo por descubrir y una propuesta capaz de mantener en movimiento la jornada.
Así, podías llegar a primera hora para ver el rock sureño de la Cámara Chilena de la Destrucción y constatar cómo, pese a los graves problemas de sonido, lograban echarse a la audiencia al bolsillo con temas como GTA Santiago.
Porque su sonido punzante, visceral y por momentos desbordado, de esos que parecen salir de las entrañas más que de la cabeza, tiene la fuerza suficiente para imponerse incluso cuando las condiciones juegan en contra.

Poco después, en el escenario central de la explanada, si te quedabas fuera del acceso a Estoy Bien, podías constatar el desplante, desparpajo y solvencia musical de Javiera Electra.
La artista comenzó advirtiendo que la audiencia estaba medio apagada, pero poco a poco consiguió encenderla con una atractiva propuesta que fusiona estilos disímiles y eleva constantemente la intensidad de su puesta en escena, hasta llegar incluso a lanzarse sobre el público para hacer bodysurfing.

Por supuesto, esos son apenas ejemplos de una jornada en la que a cada momento era posible comprobar la rica variedad de la música chilena, con una programación que parecía escogida con pinzas para construir una amalgama musical diversa, inquieta y difícil de encasillar en un solo molde.
Una gran demostración de aquello fue lo hecho por María y los Templos en el escenario principal, con una excelente mezcla de jazz, pop y rock que reflejó cómo incluso una audiencia inicialmente sentada podía terminar volcada hacia el escenario, entre saltos y una ebullición de energía que fue creciendo canción tras canción.
En medio de todo aquello, una aparición especial de Javiera Electra también dejó varios momentos de complicidad sobre el escenario que reforzaron ese espíritu colectivo que atravesó toda la jornada.

Posteriormente podías pasar por el punk rock de poesía hablada de TeodioTeodio, un espectáculo tan inclasificable como magnético; ir al fondo de M100 para apreciar el sonido denso e implacable de Congelador; o volver al escenario principal para presenciar la explosión generada por una banda como Hesse Kassel, que día a día gana más fuerza en su conexión con la audiencia.
Su arrollador desfile de canciones demostró por qué hoy por hoy son una de las bandas más convocantes y efervescentes de la escena independiente chilena.
Pero, por supuesto, en una jornada que ofreció presentaciones como la de Nando García, quien repletó el teatro hasta hacer muy fácil quedarse fuera, o propuestas tan diferentes entre sí como Déjenme Dormir y Asakusa Mon Amour, el plato de fondo era, sin duda, la banda del momento de la música chilena: Candelabro. Al igual que Hesse Kassel, además, tenía la ventaja de no compartir horario con ninguna otra banda del festival.

Y como era de esperarse, Candelabro se plantó mientras de fondo sonaba una canción de Los Prisioneros, tomó el control del escenario y no lo soltó gracias a esa rica propuesta musical que terminó de explotar con el éxito de su segundo disco.
De ahí que, apenas sonaron los primeros acordes de Las Copas, la audiencia entrara en un estado de efervescencia que creció en sucesivas oleadas de intensidad con canciones tan celebradas como Domingo de Ramos, Prisión de Carne, Fracaso y Pecado. Claro, en esta noche Dios literalmente estuvo perdido en una calle de Estación Central.
Y aunque en esta ocasión la presentación fue menos teatral que aquella del excepcional lanzamiento de su segundo disco en el Parque O’Higgins hace un par de meses, la banda reveló que esta semana y la próxima estará grabando su tercer disco, por lo que la jornada fue la ocasión ideal para hacer gala de tres nuevas canciones: Corazón, Esperanza y, para cerrar la noche, Espinas.
Todas fueron un potente anticipo de lo que viene y dejaron claro que la banda mantiene el pie en el acelerador, sin planes de reducir su intensidad creativa.

Con todo lo anterior, Candelabro terminó siendo el broche de oro para una gran jornada musical que superó las expectativas y confirmó que el Festival Neutral fue mucho más que una vitrina de nombres en ascenso.
Fue, ante todo, una potente demostración de lo que hoy se está haciendo en Chile de la mano de una nueva generación de artistas que, con propuestas diversas, inquietas y cada vez más convocantes, dejaron claro que en muchos casos no corresponde hablar de ellos como promesas. Son parte del presente de nuestra música y, por lo visto y escuchado en Matucana 100, también de su atractivo futuro.





