El abuelo de la poeta Gladys González (1981) solía llamarla “animalito salvaje”, el típico mote donde se funden el cariño y la raigambre popular. Pero ese “animalito salvaje” sufrió cuando vio a ese hombre enfrentar las devastadoras consecuencias de un cáncer a la próstata, que finalmente terminó por costarle la visa. Ese proceso lo describe en clave poética en el volumen titulado justamente Animalito salvaje (Libros del Cardo).

“El rostro / de mi abuelo / está cubierto / de tierra / es un fantasma / que se refugia / y solloza / descalzo / en el jardín”, escribe González, en un volumen que ronda entre la memoria, el afecto, la ternura, el dolor, pero también la denuncia ante las precariedades del sistema de salud.

González, doctora en Letras y Filosofía con mención en Filología Hispánica por la Universidad de Valladolid, ha publicado Gran Avenida (2005), Aire Quemado (2009), Hospicio (2011), la compilación Vidrio Molido (2012), Calamina(2014) y Pequeñas Cosas(2015). Gestora cultural, en el año 2017 creó la Feria Internacional del Libro Valparaíso (FILVA). En el 2019 fue galardonada con el Premio Pablo Neruda de Poesía Joven. Este volumen es quizás uno de los más desgarradores y personales de su trabajo.

Animalito salvaje surge como el tercer libro de una trilogía, que parte con Ruido blanco y Estado de emergencia, y que fueron escritos a partir del trabajo de la memoria y la fragilidad, entrelazados con elementos como la pandemia, un confinamiento a nivel global, luego la revuelta social, una violencia permanente y latente, el estado de sitio, el excesivo control biológico por un virus y finalmente la muerte por cáncer prostático de mi abuelo”; cuenta a Culto.

“Este libro conllevó también una labor de investigación, que es esencial en la escritura, y se creó a partir de las lecturas de otros escritores y escritoras, que se han vinculado con el tópico de la enfermedad, y de lectura de textos sobre biología, que es una disciplina apasionante. Me parece fundamental hacer nexos con las ciencias, medicina y la literatura, desde donde se han tomado conceptos de uso común para nombrar la enfermedad desde las metáforas de lo bélico, tales como ‘atacar’, ‘armar’, ‘luchar’ o ‘invadir’. Lo que transforma al cuerpo del paciente en un campo de batalla”.

- El libro es crudo, pero también tierno y político, ¿cómo se logra el equilibrio en todos esos tonos?

-Ese equilibrio de los tonos es un trabajo que me propuse desde el primer libro que publiqué, que fue Gran Avenida. Inicialmente tenía que ver con poder expresar la ira, la rabia, la precariedad de lo periférico y los elementos que la componían desde la arquitectura hasta los modos de vida desde una perspectiva cercana, afectiva y que dignificara los distintos paisajes socioculturales. En este libro esa modulación del lenguaje es una bitácora sensible y humana respecto del tránsito hacia la muerte. Me interesaba que en este libro estuviera presente el tema de la pérdida, de los recuerdos, también crear conciencia respecto de las problemáticas durante la vejez sin el velo de asepsia y poder ir estableciendo un imaginario que fuera parte de la cultura popular, uniendo los tres libros, yendo hacia atrás, hacia series de los 80 y 90 del imaginario doméstico, y en espacios también que corresponden a la clase media, como los veranos en Cartagena, y que fueran reconocibles desde lo sentimental. Creo que los libros que denuncian, que debería ser el ejercicio político constante de la literatura, tienen que tener una cierta crudeza, pero a la vez deben poder generar redes de empatía con los y las lectoras para poder ser una suerte de proyección, porque lo que le aqueja a una parte de la población es parte también de un proceso colectivo, y es lo que hace a la literatura un hecho de comunalidad. Por lo tanto, también me importaba mucho poder esbozar una mínima guía, un archivo, una suerte de proceso informativo de lo que le pasa a alguien cuando tiene cáncer, de lo que, en este caso, las cuidadoras realizan, porque hay cierto desconocimiento inicial cuando hay una enfermedad, a quién acudir, cómo conseguir el dinero, cuáles son los planes, programas estatales o municipales de ayuda. Entonces, me interesaba colocar todos esos elementos dentro del libro.

- “Para los viejos no hay cuidados especiales”, cuentas no solo la experiencia de tu abuelo sino también criticas lo que pasa con la vejez y el sistema de salud. ¿Te lo planteaste como un libro que también hiciera denuncia?

- El carácter de interpelación del libro hacia la invisibilidad del abandono burocrático y afectivo en la vejez me interesaba como eje fundamental, como un muestrario del estado de las cosas en una sociedad que mide el valor de las personas basado en la productividad, la estética o el poder adquisitivo. Situar a la vejez, y la enfermedad, como ejercicio de escritura es una forma de resistencia emotiva, que reconoce y reconstruye la historia de quienes levantaron una memoria viva, que protesta contra la obsolescencia etaria. La escritora Annie Ernaux tiene una cita clave, en este punto desde la escritura y su trabajo de “autosociobiografía”, que le acompañó en la creación de los poemas: “Tengo la impresión de que, en la medida en que mis libros cuestionan la sociedad y su funcionamiento, no se han percibido nunca como únicamente literarios. La hostilidad que provocaron se adornaba con motivos literarios, pero se trataba claramente de razones políticas”. La vejez debería ser una etapa contemplativa, un legado colectivo, una época de ser honrado, y no una urgencia crítica de protección social, un impacto psicológico solitario, penalizado por la edad, el género y la situación económica.

- El cáncer está muy presente, pero no parece funcionar únicamente como una enfermedad individual: también aparece el hospital, los procedimientos, las deudas, las esperas y la burocracia. ¿Qué querías mostrar sobre la experiencia de enfermar y morir dentro del sistema de salud?

-Me interesaba trabajar el libro desde tres perspectivas: desde la memoria y lo afectivo, la dimensión clínica y el abandono de la tercera edad o de las personas que están enfermas, lo que conlleva un costo económico y emocional. Desde esas tres dimensiones quise construir una discursividad honesta y vívida. El cáncer funciona como un motor, pero también es una enfermedad colectiva. Usamos permanentemente un lenguaje sobre la enfermedad que hace analogías y representaciones metafóricas a la guerra desde el siglo XIX, y se agudizó e instaló en el vocabulario común cuando Richard Nixon, firmó el Acta Nacional del Cáncer como el inicio de la llamada “Guerra contra el Cáncer” estableciendo una hegemonía léxica desde las corporaciones médicas. Entonces, las metáforas militares dominan estos discursos. Me planteé el establecer una historia paralela, no solo del cáncer, sino también de la vida de una persona, en donde la fragilidad no nace solo a partir de una enfermedad, sino también de un origen y de la discriminación de una clase sociocultural sobre otra, que es una herida generacional de la algunos se alejan y otros que se quedan. Ese lenguaje de enfermar, confrontar y crear estrategias de supervivencia y escritura en una época en donde existen enfrentamientos militares televisados permanentemente, cuyo peso se observa en los cuerpos, me parecía una herramienta de conducción productiva para poder ir desarrollando un imaginario en este libro.

-“Mi abuelo nunca fue un hombre común y corriente. Fue un sobreviviente”. ¿Qué historias de resistencia (migrante, obrera, de la dictadura, del hambre) quisiste rescatar y por qué?

- Quise rescatar primero desde lo historiográfico las grandes crisis económicas, mundiales y nacionales, que han afectado a Chile, la Gran Depresión de 1930, la caída del PIB de 1982, la cesantía masiva, el colapso financero, la Crisis Asiática de 1998 a 1999, la Crisis Financiera Global entre 2008 y 2009, el impacto económico durante la pandemia de COVID-19. Cuestiones que han atravesado al menos a 4 generaciones. Quienes tenemos más de cuarenta años podemos recordar claramente las dificultades económicas y las estrecheces vividas. Esa línea de tiempo es importante mantenerla fresca para que esas acciones de resistencia sean parte de nuestra identidad, que nos permitan honrar en la vejez a quienes tuvieron que lidiar con colapsos financieros, pobreza, profundas inquietudes y no se desmoronaron en la superación del día a día para sostener a una familia. Esas historias de resistencia abundan en la mayoría de las familias chilenas. A muchas de ellas les da vergüenza el situar sus orígenes en estos contextos. Yo creo que se debería hacer todo lo contrario. El ejercicio de memoria debería hacernos dar cuenta de que todo lo que se ha logrado no es individual sino compartido y fruto de una reinvención constante. Mi abuelo y mi abuela contaban historias de despojo de bienes materiales, costumbres y prácticas colectivas. Entonces me parece muy significativo el escribir de esto porque da pie a que otras personas también puedan ir reafirmando en un marco histórico su genealogía, restableciendo y creando memoria. Por eso también el jardín, los elementos espaciales que componen un cuerpo y regresan a la tierra, es un elemento importante que está dentro del libro. La idea de lo ruderal, esa botánica silvestre que permanece a pesar del extractivismo, y que crece a través de las grietas del pavimento, se asimila a la memoria profunda que emerge y resiste aún en lo inhóspito. A veces la herida no se repara, muta hacia algo que prospera en la fisura. Como escribe Cristina Rivera Garza: “lo roto precede a lo entero”.

- Hay otro personaje colectivo muy importante: las mujeres que cuidan y sostienen. ¿Por qué te parecía necesario que las cuidadoras ocuparan un lugar tan central en el libro?

- Me parecía central que las personas cuidadoras tuvieran un reconocimiento porque cumplen un rol social fundamental que es invisibilizado, no se toma el peso real de lo que implica entregar asistencia permanente, de manera no remunerada, a alguien que tiene una dependencia severa. No solo es cuidar, es también observar diariamente el proceso degenerativo de una enfermedad. Las consecuencias emocionales y físicas, la enfermedad del cuidador, termina también con todo el entorno dañado. Hay muchas mujeres que son cuidadoras, que lo hacen durante toda su vida, sin que su rol sea asociado a un ejercicio agobiante, y a una trama fundamental de la sociedad, que es el estar presente. Lo que significa también dejar atrás sueños, abandonar su propia historia para convertirse en el sostén de una persona o una familia. Si no existieran las cuidadoras, el sistema público no daría abasto para la cantidad de personas enfermas que actualmente existen. El cuidar no significa solo atender, o estar a cargo de una economía precaria, es también ir de madrugada para conseguir un número de atención en un hospital, pagar mensualmente un ELEAM (Establecimientos de Larga Estancia para Adultos Mayores) y los cuidados paliativos, buscar constantemente pañales, medicamentos, cremas, alimentos que sean accesibles para un presupuesto acotado, que muchas veces no llega a completar la cantidad de elementos necesarios para persona enferma. Las cuidadoras no solo acompañan, aplican tratamientos, administran las tramas burocráticas y lidian con su propio dolor en silencio.

- Tu abuelo aparece atravesado por la migración, el trabajo, la pobreza, la dictadura y el hambre. ¿Qué relación encuentras entre su biografía y la historia social de Chile durante el siglo XX?

- Creo que su biografía resume, como acto de restitución, la historia social de Chile, es una síntesis que devuelve a las vidas comunes el lugar central que siempre han tenido en la historia social del país desde la microhistoria. La infancia no era un espacio protegido sino que se conectaba directamente al mundo laboral de la clase trabajadora de la primera mitad del siglo XX, eran parte esencial de la economía familiar. La literatura chilena expuso estas realidades desde la literatura social con exponentes como Augusto D’Halmar, Baldomero Lillo, Armando Méndez Carrasco, Alfredo Gómez Morel, Luis Cornejo Gamboa, Nicomedes Guzmán, Manuel Rojas, Marta Brunet, dando voz a los sectores marginados. También es importante comprender que la dictadura proscribió palabras fundamentales —obrero, compañero, pueblo— lo que revela como se operó sobre el lenguaje para borrar la identidad colectiva e instalar la vergüenza de clase. Creo que también los procesos políticos como las marchas del hambre, las matanzas obreras, las crisis económicas, los plebiscitos, las protestas, fueron parte de su historia. Y todo ese malestar, que es como un susurro, muchas veces provoca que las familias se separen porque es demasiada la carga emotiva que existe, el rencor y la memoria de la escasez. La vinculación de este libro, junto a Ruido Blanco y Estado de emergencia, encarna mi compromiso ético y social con la literatura y cierra un época de escritura.

- En la literatura chilena hay una larga tradición de escrituras sobre la enfermedad (Enrique Lihn, Gonzalo Millán, Lina Meruane, Roberto Merino, etc.). ¿Con cuáles de estas voces sentiste mayor afinidad o conversación mientras escribías?

- Tuve muchas afinidades lectoraas en el proceso de creación, por ejemplo con Lina Meruane, que tiene un libro llamado Viajes virales, un ensayo sobre el SIDA, que releí, porque me interesa mucho cómo enfrenta el tema de la enfermedad también en su literatura. También a Gonzalo Millán, a quien conocí en los años 2000, y Jorge Díaz, que es escritor y biólogo. A la vez, mucha literatura médica, que es algo que me fascina desde la infancia. Creo que es muy importante utilizar, reitero, las metáforas de la biología, de la química, de las ciencias, y escribir con ese mismo rigor. También releo constantemente a Cristina Rivera Garza. Me interesa mucho el concepto de lo geológico y toda la teorización que crea en base a la desaparición, cómo finalmente los elementos de los que está compuesto un cuerpo son también los elementos estelares, espaciales y también por ende los que componen el sustrato donde todo se regenera. En esa larga tradición también me interesa mucho la literatura sobre sobre la locura, la enfermedad y lo sobrenatural, las expresiones, diagnósticos, síndromes y representaciones que las emociones tienen a lo largo de la historia social, donde aparecen personajes como Carmen Marín, por ejemplo. Eso junto con otras escrituras que hablan sobre patologías, todas ellas penetran en lo biológico, lo político y en lo en lo familiar, que siempre está presente, pensando en una enfermedad que genéticamente puede manifestarse como una marca biológica inscrita en las células.

- ¿Sientes este libro como parte de esa tradición?

- Lo siento como parte de esa tradición en cuanto la enfermedad es el motor, porque como decías anteriormente, no solo es el cáncer el leitmotiv del libro, sino que es también lo procesal, lo residual, son las emociones que van quedando, cómo también se enferma el entorno. También está la temática del duelo, cómo se vive con la enfermedad, con el que ha muerto, y cómo también esa suerte de hauntología o elementos fantasmales permanecen de manera inconsciente y se genera un trauma. Se genera un daño con el que se debe lidiar, que muchas veces es posible trabajarlo desde lo terapéutico y otras veces no. Creo que hay ciertos trastornos del ánimo o ciertas cosas que ha tenido que aguantar un cuerpo que no necesariamente son curables. Se puede vivir con eso de otra manera, buscando otras formas de resistencia, que era también una idea que me interesaba mucho mantener en el libro, de manera constante. A veces no se sana, a veces no se cura ni el cuerpo ni las emociones. Y creo que la literatura puede entregarnos un lugar de resguardo, que es la riqueza finalmente de la cultura y de las distintas manifestaciones de las prácticas artísticas, darnos la sensación de no estar solos. Hay muchísimas lecturas, edición de textos, observación de imágenes, de trabajo de investigación, para que un libro tenga un tono particular. Creo que desde esa perspectiva me siento parte de esa tradición y también de la literatura social. Desde mi pequeño lugar, creo que el libro Gran Avenida generó un cambio importante en la manera de leer y escribir desde lo barrial durante los 2000, con una sujeta femenina como protagonista en tránsito y mutación permanente.

Escritura y edición

- Celebras con este libro 22 años de publicaciones. ¿Qué ha cambiado en tu forma de escribir desde Papelitos o Gran avenida hasta ahora, y qué se mantiene intacto?

- Este año celebro 22 años de publicaciones, de escritura muchos más. Decidí a los 14 años que iba a ser escritora, y ya a los 16 sabía que que iba a dedicarme a la poesía. Eso también gracias a los talleres de Balmaceda Arte Joven, antes Balmaceda 1215, donde descubrí un mundo de ensueño para alguien que quería dedicarse a la escritura. Fue un despertar mágico en la adolescencia a otros mundos sin tener que trasladarse de esas salas en Estación Mapocho. Hubo una conjunción de encuentros con otras personas con quienes todavía mantengo una profunda amistad. Yo ingresé a esos talleres a los 16 años cuando cursaba educación media, dejé de asistir a los 25. Es un lugar muy preciado Balmaceda 1215 y el apoyo que dio a muchas generaciones hasta la actualidad de manera gratuita. Desde Gran Avenida hasta ahora he recorrido un largo camino. Son ya 22 años, Papelitos fue una publicación que se hizo en Eloísa Cartonera en la época del corralito en Argentina, que fue la primera publicación fuera de Chile, en un formato experimental. El que considero como primer libro es Gran Avenida, Marcelo Montecinos, editor de Libros La Calabaza del Diablo, me dio la oportunidad de publicar y también de tomar decisiones que eran importantes para mí. Siempre tuve una proyección de trabajo bastante clara, del tipo de escritora que quería ser, el tipo de literatura que quería escribir, cómo enfrentarme a los espacios culturales donde existía un machismo que era mucho mayor que el que hay ahora. Y en este caso, una de las primeras decisiones fue escribir sobre el barrio, el entorno y su arquitectura, y colocar mi fotografía situada en Gran Avenida en la portada del libro. También se repitió aquello en Aire quemado porque entendía la importancia dar cuenta de que los textos estaban escritos por una mujer, que no parecía una escritora convencional, sino que estaba más cercana a la estética punk. El tema de la imagen era relevante porque también era una lectura inicial performática, multidimensional, que le entregaba otro valor al libro desde el paisaje sonoro que se vislumbraba, y el tipo de escritura más sintética se vinculaba a esa fotografía escueta pero clara en su construcción discursiva y estética. Lo que se ha mantenido intacto ha sido la creencia de que la literatura es profundamente política. Eso es algo que me ha costado sostener porque el tener una convicción tan fuerte genera resquemor, a veces rechazo y hostigamiento. Y la idea de hacer este tipo de escritura era siempre seguir adelante a pesar de las circunstancias, siendo el propio cuerpo un laboratorio creativo. No ha sido sencillo, pero es algo que me lo planteé como una exigencia también personal y es un homenaje a otras escritoras que han mantenido también esa coherencia de la que yo he aprendido como Elvira Hernández, Eugenia Brito, Soledad Fariña, Verónica Zondek, Patricia Espinosa, Diamela Eltit, Lorena Amaro, Malú Urriola, Nadia Prado, Stella Díaz Varín, a quien conocí cuando yo era muy joven y me pareció absolutamente impresionante. Siempre intento nombrarlas porque me parece que es vital hablar de nuestras maestras, hay que darles el respeto y lugar que merecen. El campo de la literatura en ocasiones es volátil, también responde a modas y prácticas sociales. Como en cualquier trabajo, esas cosas influyen. Pero siento que existe una noción de consideración y deferencia a la trayectoria, hay talleres literarios dirigidos por personas muy jóvenes que comprenden la importancia del arrojo y el trabajo periodístico es esencial para la promoción y el desarrollo de circuitos de pensamiento crítico. Lo que ha cambiado ha sido la mirada de lo que observo, ahora prefiero fijarme en la maleza, en lo ruderal, las humanidades ambientales me tienen escribiendo sobre naturaleza y literatura latinoamericana. Si lo veo en perspectiva, esa joven muchacha que escribió Gran Avenida, creo que acertó en su decisión y no cambiaría nada de lo que he hecho. No ha sido fácil, pero me ha dado también grandes alegrías y profundo vínculos de amistad. Creo que cerrar esta trilogía con el libro que habla de mi abuelo, cierra también un ciclo personal.

- En otro plano, además de poeta eres editora al frente de una editorial independiente (Libros del Cardo) ¿cómo ha sido la experiencia para ti?

- Lo principal ha sido constatar al libro como un vínculo, como un ejercicio de pensamiento transformador colectivo. La riqueza de la literatura latinoamericana es impresionante y poder publicar libros de distintos puntos como Ecuador, Guatemala, El Salvador, México, Argentina, Perú, Bolivia ha sido una experiencia enriquecedora que agradezco. Es una gran responsabilidad y muchas veces para poder publicar libros de otras personas he tenido que estar en las sombras y ese ejercicio me ha permitido contemplar con más tranquilidad los giros del campo cultural. Es un oficio lento, precario, muy físico, que se sostiene por ímpetu y el apoyo solidario constate que nos damos entre quienes realizamos esta labor que es parte de un ecosistema laboral amplísimo.

- ¿Qué es lo que te gusta y qué no del oficio de la edición?

- Lo que más me gusta es encontrar estas lecturas, sentir que estamos unidos por emociones tan profundas que traspasan las geografías y el lenguaje, que las palabras tienen una magia transformadora y renovadora que interpela independientemente de la época en que fueron escritas. Poder reencontrase con textos del siglo XIX e investigar para la colección sobre Gabriela Mistral ha sido gratificante. Lo que no me gusta es la inestabilidad del oficio, que crea redes orgánicas y de afecto importantes y permanentes, pero también cansa con el tiempo. La oscilación económica que afecta al sector independiente, a menudo obliga a reestructurar planes de trabajo o postergar publicaciones

-¿Cómo ves actualmente a la literatura chilena?

-Creo que la literatura chilena es sumamente prolífica y rica. Hay un entendimiento de la literatura no solo como ficción, desde quienes escriben y leen, sino como una herramienta de investigación afectiva y social, que es precisamente lo que permite que exista un testimonio sensible de nuestra época. Lo familiar como territorio de indagación, las geografías descentradas, la observación de nuestra idiosincrasia en tensión constante, la ampliación de la memoria hacia lo doméstico y social me parece maravilloso. Siempre hay una fuerte carga testimonial que se moldea a los géneros, es permanente la preocupación por la memoria histórica y política reciente. Creo que hay muchas escritoras y escritores que están creando a partir de eso, de la revuelta social y sus implicancias, de la pandemia, del confinamiento, y por cuestiones etarias del duelo familiar. Las ferias del libro, las organizaciones del libro, las librerías, las gestoras culturales y el campo periodístico cultural han fomentado mucho movimiento editorial, difusión de ideas y es algo que debe protegerse siempre.