La muerte de mi papá la he vivido de una manera muy distinta que mis cuatro hermanos. Nunca me provocó esa tristeza evidente que muchos esperan ver cuando alguien pierde a un papá. No porque no sintiera dolor, ni porque su ausencia me fuera indiferente, al contrario, creo que simplemente aprendí a llevarla como él me enseñó a enfrentar la vida: con humor.
Y sí, el humor a veces puede ser una careta, pero también puede ser un refugio, una forma de atravesar la pena sin dejar que lo ocupe todo; una manera de recordar los buenos momentos por sobre los últimos.
Tenía apenas 12 años cuando mi papá murió. Tuvo un cáncer que hizo metástasis y que, durante gran parte de ese año, mi familia me lo ocultó. Mis cuatro hermanos mayores y mi mamá no encontraron las palabras para explicarle a una niña que su papá se estaba despidiendo.
Durante mucho tiempo me pregunté por qué me ocultaron su enfermedad. Hoy, casi quince años después, los entiendo. ¿Cómo se le explica a una niña que la persona que le enseñó a contar chistes, a reírse fuerte y a mirar el mundo con curiosidad ya no va a estar? Yo tampoco sabría hacerlo. No los culpo, también fue un acto de amor.
Con el tiempo aprendí una idea que me acompaña hasta hoy: las personas se van cuando uno las olvida. Frase de algún personaje histórico que escuché y no solté más. Por eso, en cada celebración familiar, mi papá tiene un puesto reservado en la mesa. Todos saben que nadie puede sentarse ahí. En cada reunión, cumpleaños o fiesta, me tomo una foto con él, o mejor dicho, con el espacio que ocuparía. Suena extraño, incluso descabellado, pero es mi forma de decirle al mundo que sigue siendo parte de nosotros.
Cuando alguien habla de su papá, suelo hacer algún chiste oscuro y decir: “Yo no tengo papá”. La gente suele quedarse en silencio por unos segundos, después me ven reír y entienden que está bien, que no me estoy burlando de su ausencia, sino que me estoy aferrando a una de las cosas más lindas que me dejó: la capacidad de encontrar luz incluso en los momentos difíciles.
Quizás lo necesito porque, a diferencia de mis hermanos, ya he vivido más años sin él que con él. Y cuando pasa tanto tiempo, uno empieza a temer que los recuerdos se desgasten, que su voz se olvide, que su risa se vuelva borrosa, que una historia deje de contarse.
A mi papá le encantaban las películas, por eso, en nuestra cuenta familiar de Netflix todavía existe un perfil llamado “Papá”. Su imagen es un ánfora. No tiene ningún uso práctico, está simplemente porque nos gusta saber que sigue teniendo un espacio. Porque a veces el amor también se expresa así: guardándole un lugar a alguien que ya no está físicamente, pero que sigue habitando nuestra vida.
La vida me ha enseñado que el duelo no siempre se parece al silencio o a las lágrimas, a veces se parece a una silla vacía, a una fotografía tomada al aire, a un perfil de Netflix que nadie usa o a pequeños rituales que parecen insignificantes para los demás, pero que para uno contienen un universo entero.
Con los años entendí que las personas no nos dejan solo recuerdos, también nos dejan formas de amar, de mirar el mundo y de relacionarnos con otros.
Lo que más me dejó mi papá no fue su ausencia, sino una forma de habitar la vida. Quienes lo conocieron suelen decirme que tenemos un humor parecido, que contamos chistes de la misma manera y que nos relacionamos con las personas desde la risa antes que desde la solemnidad. Y quizás ahí está su legado.
Porque aunque ya no pueda escuchar sus historias ni verlo reír, hay días en que me sorprendo diciendo algo que él habría dicho. Riéndome de algo que seguramente le habría causado gracia. Encontrando esperanza donde otros solo ven problemas. Y en esos momentos siento que el amor trasciende cosas que ni siquiera entiendo.
Entonces comprendo que no se ha ido del todo, sigue apareciendo en cada carcajada que se escapa en los momentos menos oportunos, como lo fue en el 2013 en pleno funeral de mi abuelo, el papá de mi papá.
Alejandro, mi papá, sigue sentado en ese puesto vacío. Sigue viviendo en las historias que contamos sobre él y en las enseñanzas que dejó sin proponérselo. Porque al final, el amor no desaparece cuando alguien muere, cambia de lugar. Empieza a vivir en quienes se quedan, se convierte en una costumbre, en una frase, en una forma de reír, se vuelve parte de uno.
Y mientras siga encontrándolo en esas pequeñas cosas, mientras siga guardándole un puesto en la mesa y una cuenta en Netflix, mientras siga riéndome como él, de alguna manera mi papá seguirá aquí. No porque haya vencido a la muerte, sino porque el amor que dejó fue más grande que ella.





